06.05.2008 | 11:34
Tom Wolfe: de Paris Hilton a Piazzolla
Breve y detallada crónica sobre la visita del Padrino del Nuevo Periodismo a Buenos Aires
Ahí está Pettinato. Con su traje y zapatos impecables. Con una Rolling Stone americana de 1971, los tiempos en que tenía el viejo logo y era impresa en papel de diario y a dos tintas. Espera para felicitarlo, pedirle una firma... Incuestionablemente, si alguien en el universo periodístico es merecedor de esas actitudes, ese es Tom Wolfe. Digamos que, en una cita remanida pero esta vez apropiada, las vanidades se fueron a la hoguera y el propio Petti optó por confesar que la impronta de sacos estridentes no la tomó de David Letterman sino más bien de este atildado caballero que así vestido, como siempre, tomaba notas de los relatos de los astronautas (para su gran libro
The right stuff,
Lo que hay que tener), salía de juerga con Cassius Clay para una entrevista profunda o merodeaba el famoso micro de los Merry Pranksters (relatado en su
Ponche de ácido lisérgico). Pettinato lo deja claro, como siempre, con frases grandilocuentes: no pudo conocer a Hunter S. Thompson ni a Capote pero aquí, a metros de él, está este hombre clave en su formación cultural...
La escena ocurrió la noche del sábado en la recepción que organizó el embajador De Estados Unidos Earl Anthony Wayne, junto a su esposa y en su propia residencia, en honor a "uno de los mejores escritores de Estados Unidos del siglo XX". Y, finalmente, toda la visita porteña de padrino del Nuevo Periodismo estuvo impregnada de ese trato reverencial. El hombre del traje crema (inmortalizado en un recordado capítulo de
Los Simpson) aprovechó la ocasión para repetir alguna de sus agudas observaciones culturales, pero en ámbitos diferentes.
El viernes, en única conferencia en el Faena Hotel + Universe, aportó alguna de sus descripciones sobre los nuevos medios de esta época: "Los blogs se manejan en el nivel del rumor. Son importantes, en tanto muchos jóvenes prefieren creer lo que allí leen por sobre los medios tradicionales..." También aportó un concepto clave para su escritura y para cualquier intento exitoso de prosa periodística ambiciosa, una de sus observaciones que menos suele tenerse en cuenta: la pretensión de capturar el
volksgeist, el espíritu de la cultura popular de una época. También pidió no distraerse tanto en la psicología de los personajes para, mejor, explicar como encarnan una era.
El sábado, en su extensa y concurrida charla de la Feria del Libro (más de 1.000 personas desbordaron la sala Borges), se despachó con un consejo a escritores y periodistas: "¡Salgan de sus departamentos! ¡Y de la redacción! Basta de novelas de hombres que afrontan sus problemas psicológicos, una separación, qué hacer con sus hijos..." e insistió con las dificultades que tiene la ficción, y especialmente la novela, en estos tiempos: "Tomen el caso de Paris Hilton. Ni el mejor escritor hubiera imaginado esa historia. La de la heredera millonaria a la que filman en un video pornográfico casero... Quizás hubiera imaginado un secuestro, alguien que quería extorsionar a la familia y pedía millones. Pero no: ella se hizo famosa mundialmente gracias a ese video. Y después participó de un exitoso programa de TV llamado
La vida simple. Nadie puede superar eso en una novela. Estamos en una época difícil para eso. En cambio el periodismo, la crónica, tiene una gran oportunidad". En ese punto fue más preciso: sostuvo que los referentes culturales de ciudades como Nueva York o San Francisco (él es de Virginia), a veces se pasan de cosmopolitas y no siempre captan la esencia de la cultura popular.
Ya en la tarde del domingo, en el Malba, habló para estudiantes de periodismo: insistió sobre los cuatro puntos que deben abordarse en un gran reporte -sobre todo en la potencia que agregan al relato el buen uso de los diálogos de los entrevistados y los detalles de status-, ponderó a Rolling Stone como uno de los lugares donde esas historias ambiciosas persisten casi como un género (¡gracias Tom!), destacó la actitud del periodista como motor de la crónica e insistió, provocador, con la muerte de la novela. Sobre el status, claro, aportó su mirada mordaz y cándida: hoy las clases altas intentan lucir harapientas pero desean que sus empleados domésticos se vean impecables. Sobre los detalles dejó saber de sus sopresa (agradable) por el modo de saludar argentino con besos, que le permitió posar sus labios sobre bellas mujeres, algo que no le sería posible en su país. Allí, aprovechó para repasar el affaire Bill Clinton - Mónica Lewinsky y lo contrastó contra sus recientes investigaciones en el universo juvenil y universitario de Estados Unidos: "Realmente, nadie se sorprende ya por un fellatio, por usar una palabra en latin. Es una práctica, digamos, habitual. Hoy es casi considerado apenas un beso… Sin embargo no hay dudas que el presidente Clinton será recordado por protagonizar esa escena en el imponente Salón Oval como un actor de un telefilme erótico de bajo presupuesto".
Sin dudas, el encuentro más cercano fue el de la noche del sábado, agasajado por la Embajada de su país. Allí, escritores (Marcelo Figueras, Ana María Shua, Carlos Gamerro, Juan Terranova), periodistas (Miguel Wiñaski, María O´Donnell, Juan Miceli, Maximiliano Tomas) y algunos (pocos) del ámbito diplomático le hicieron saber de su admiración, cara a cara, con menos estridencias que Pettinato. Caballero y gentil, destacó sentirse tratado "como la realeza, algo raro para un americano" y, una vez más, insistió en aquello que lo hizo sentir orgulloso de estar en Buenos Aires: "Astor Piazzolla es el más grande compositor del siglo XX, aunque sé que aquí han tardado en reconocerlo, y aún hoy no todos lo saben”. El viernes no había perdido la ocasión de ver la reposición del clásico "María de Buenos Aires".
Finalmente, el transcurso de la noche, dejó una escena con algo de extraordinario: Pettinato, el Zorrito Fabián Von Quintiero y otros charlando animados con el embajador Wayne sobre rock de los 60 (se confesó admirador de Spinetta y ha visto importantes shows en esa década en San Francisco como Jimi Hendrix) mientras el propio Wolfe, sentado en úna poltrona, en el otro salón, escuchaba atento el piano que le devolvía una compleja melodía piazzolliana.