Ahora que borré mi cuenta de Facebook puedo volver al bar con mis amigos, olvidarme de mis "friends" maoríes y las lolitas siberianas que me proponían tests del tipo "qué clase de droga sos" o cosas menos excitantes como la tabla de equivalencias de personalidades y especias (yo vendría a ser nuez moscada).
¿Para qué sirve Facebook?, me pregunto después de cuatro meses de participación inactiva. Ya sé: redes sociales, minitas, chabones, grupos de interés, un millón de amigos around the world. Entiendo el punto. Pero si no andás por la vida como una especie de golondrina calentona de las nuevas vías de comunicación, si sos un poco fóbico en tu relación con la especie o al menos razonablemente exigente a la hora de llamar a alguien "amigo", Facebook puede ser algo bastante parecido a un mal sueño.
Un día te llega la invitación de alguien en quien confiás, te dice "dale, sumate a esta movida" y vos ponés "I agree"; subís tu foto y ahí estás, los servicios de inteligencia del mundo rico y el mundo sumergido tienen tu auto-identikit y tu prontuario. Y de pronto empiezan a lloverte las solicitudes de amistad, una cosa que en la memoria de la infancia está vinculada al fracaso existencial más humillante: "¿Querés ser mi amigo?". Pero acá lo preguntás sin vergüenza, y la gente te acepta, y vos aceptás a la gente, a personas que conocés y a las que jamás viste en tu vida. Chinitas emo que caen en paracaídas, vendedores de seguros haciéndose los operadores de bolsa, compañeritos de la primaria que dabas por muertos, compañeros de la secundaria haciéndose los vivos, exiliados, solitarios, advenedizos, mujeres casadas que empiezan a beber al mediodía.
De pronto tenés una lista infumable de amistades peligrosas. Y el dime con quién andas adquiere una precisión informática: el algortimo de tus contactos de Facebook proyecta forzosamente a un ser espantoso, un tipo que la va de trotamundos y que apenas si se pasa alguna que otra tarde en los happy-hour del Bajo. ¿Cómo es la onda? ¿En qué me he convertido? ¿Así de fácil soy? ¿No era yo el que contaba sus amigos con los dedos de una mano?
Pero no desesperen. La rehabilitación es posible. Mírenme a mí, si no: estoy limpio. Pese a que creía que el contrato con Facebook era una cosa de por vida, algo parecido a venderle el alma al Diablo, el método de desafectación es bastante sencillo. Al principio entré en pánico, como todo discapacitado digital. Pero después mi amiga Yamila, mi Libertadora, mi ángel guardián, me tranquilizó con un mail instructivo:
"Plot, descubrí (yo solita, mirando) cómo borrarte del Facebook! Es una idiotez; estuvo ante nuestras narices todo este tiempo... Paso a paso:
1- Abrís tu perfil
2- Arriba, a la derecha, al lado de HOME dice ACCOUNT, clickeá ahí
3- Abajo, clickeá en DEACTIVATE ACCOUNT
4- Elegís la razón por la cual estás cometiendo semejante sacrilegio vs los dioses de la web 2.0
5- Listo el pollo!"
Fácil, ¿no? Y el regreso es más fácil aún. Mientras te estás yendo te dicen que siempre tendrás las puertas de Facebook abiertas. Un poco como lo que te dice tu vieja (si te quiere bien) cuando te vas de su casa. O lo que debería decirte un párroco mientras le das la espalda al Cielo. Y debo decir que esa rendija completó la sensación de paz que me dio el renunciamiento. Después de todo, a nadie le gusta perder 88 amigos en un solo golpe de mouse.
Que mi lista de contactos sepa entender. No voy a estar ahí para escribirles en el "Wall" (nunca lo hice, de todos modos) o para seguir los fotogramas de sus apasionantes aventuras cotidianas. No voy a estar ahí para histeriquear con maestras de grado ni para adherir a ningún contrapiquete virtual. Adiós colegas, adiós ex jefes, adiós pimpollitos asiáticos y compañeros de banco que me alientan a saber qué tipo de ameba soy. Adiós, my friends. Que Dios los tenga en la gloria de Silicon Valley.

