
Las palabras del maestro abrieron una vieja herida en Horacio, como un Ginsu que se pasea, de ida y vuelta, por la fenecida (pero doradita) masa muscular de un noble cacho de vacío. Así, la volvió a ver en su recuerdo, con su flequillo azabache, su dentadura incompleta pero bastante pasable, su hirsuto entrecejo, su musculosa batik... Zulema, la chica de sus sueños, le rompió el corazón yéndose con el baterista de La Perinola, banda rocanrolinga de su Recoleta natal. Por eso, no lo dudó un segundo: feo e inútil podría ser, pero nunca chabón. El modelo a seguir sería el spinettiano.
Horacio no se intimidó cuando Willie le mostro la lista de acordes que debía aprenderse para seguir ese camino: mientras que la del rocanrol tenía tres, la del Flaco tenía 9.487, más un addendum de tonos que sólo podían hacerse tras el injerto de un sexto dedo en la mano izquierda. Por ejemplo, el Fa Sostenido Menor Disminuida Séptima Con Bajo en Tercera, Gruñido de Chewbacca y Ruido de Motor de Volkswagen Senda Full Nunca Taxi Ni Patrullero (acorde que Spinetta ha utilizado profusamente a lo largo de toda su discografía) le costó ocho meses de práctica ininterrumpida, además de cuatro fracturas de falanges y varias sesiones de electroshock.
Nueve años después, Horacio manejaba con notoria destreza la parte musical, por lo cual Willie avanzó con la enseñanza de las letras. El joven se mostró curioso:
- Maestro, ¿cómo debo hacer para escribir esos versos tan bellos y complicados?
- Mirá pibe -dijo Quiroga, que estaba medio harto de la ineptitud de su discípulo y ya había abandonado todo atisbo de formalidad. -El yeite es éste: vos agarrate tres libros de cosas raras y bien distintas. Ponele: un tratado de anatomía, uno de filosofía y uno de arte plástica. Entonces lo que hacés es sacar una frase de cada uno, las vas pegando y te armás una canción. Fijate.
Willie manoteó de su biblioteca los textos antes mencionados y recitó:
"El esternón,
y la angustia existencial del no-ser
pintan la luna al oleo
mientras el niño tose
y la voluntad oprime al ideal,
los colores fluyen y se mezclan entre sí".
"¿Entendés?", dice el sensei. Y Horacio replica que sí, que más o menos la ve, que le va a costar un poco pero le va a agarrar la mano.
Doce años más tarde, Horacio logra dominar la técnica y graba su disco debut Contagiándose la mononucleosis del otro. Aunque ningún periodista entiende una sola palabra de lo que dice en sus canciones, absolutamente todos lo aplauden por las dudas. La gente acompaña y el éxito por fin golpea a su puerta: el álbum vende trece millones de copias y Horacio se muda a una mansión sobre la playa en San Bernardo, con una piscina olímpica que hace llenar de agua de mar e inmediatamente después vaciar porque "es una boludez... si el mar está ahí nomás".
Las groupies golpean a su puerta incesantemente. Para venderle, los dealers tienen que hablar primer con Pago a Proveedores. Paul McCartney se hace fan suyo en el Facebook. Todo lo que alguna vez soñó está en sus manos, pero -como bien dijo el Hombre Araña- grandes poderes implican grandes responsabilidades. A la hora de componer los temas para su segundo trabajo, la inspiración se ausenta y sólo logra escribir un bodrio tras otro. Frustrado, pone el último de Coldplay y dice: "¡Esto sí que es buen disco!". Entonces, una idea polémica pero muy tentadora comienza a sobrevolar su mente: ¿Podrá robarse algunos temas, cambiarlos un pocos, firmarlos como propios y salirse con la suya? El dilema moral es grande, pero sus canciones son más asquerosas que cucharada de pus, y el plazo establecido por su discográfica está a punto de expirar. ¿Qué podrá hacer?
Si querés que Horacio le choree a Coldplay, dejalo en un comentario.
Si querés que grabe un disco con las canciones horribles que le salieron, idem.

Rolling Stone Rock & Roll Daily

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