

Alguien tiene que decirlo: Maiden era la posta cuando cantaba Blaze Bailey, un verdadero showman con carisma, vitalidad y potencia vocal, no como este cirquero inmóvil de pantalones con plumas de Bruce Dickinson. Pero bueno, era lo que había: era sábado a la noche, en el cable daban una en la que Eddie Murphy hacía 97 papeles y no me alcanzaba para comprar helado, así que dejé de lado el fracaso de la semana anterior e intenté nuevamente conseguir una entrada para el Quilmes, aunque esta vez ya conocía las mañas de Roberto, el acreditador de prensa, y se la supe dibujar un poco mejor.
- Hola Roberto, soy Diego Mancusi de Pop Life otra vez. ¿Te acordás de que hablamos por Radiohead?
- No.
- Buah, no importa. Quería sacarme una duda nomás. ¿No tenés problema en conseguirme una entradita para Maiden, no?
- No.
- Grosso. El problema es que ando corto de monedas para el colectivo. ¿No te molesta prestarme tu camioneta para ir a Vélez, no?
- No.
- Genial. ¿Y te incomoda mucho si además de la chata me llevo a una prima tuya y te la devuelvo un poco ajada en una semana?
- No.
- Fabuloso. Sos el tipo más pulenta del mundo.
- No.
Así que ahí tenés: entrada y 4X4 con el tanque lleno de V-Power para Mancusi (la prima de Roberto se rehusó a subir, porque aparentemente las primas desarrollaron la capacidad de pensar por sí mismas en los últimos años).
Después de ir a casi-ver a Radiohead con una remera de Motörhead, estimé que pasar por el show de Maiden con una de la banda de Thom Yorke sería igualmente potable, idea que fue inmediatamente erradicada de mi cerebro cuando llegué a Vélez y un muchacho con el porte de un Godzilla descamado y los modales de un Charles Manson con indigestión me instó a quitármela, preguntándome con cordialidad si me apetecía un traumatismo de cráneo mientras blandía una cadena de barco. En consecuencia, el resto de la noche recorrí el predio con la panza al viento.
"Esta vez nada de backstage", me dije, y me abrí paso a los codazos hasta quedar pegado a la valla. Desde allí vi a los teloneros Sepultura, cuyo sonido me pareció una mezcla de martillo neumático, embotellamiento de tráfico, torno de dentista, flato de obeso y bramido de foca. "¡Bien Max!", grité, para confraternizar con la plebe metalera, pero a la gente no le cayó bien, no sé por qué. Tras eso, el voluminoso muchacho de la puerta volvió a pararse al lado mío, señaló primero la cadena y después mi mollera, me sonrió y me mostró un pulgar arriba. Sentí que debía retirarme.
Más cerca del fondo del campo, dos metaleros jugaban al voley usando un fan de Miranda como pelota. Me establecí cerca de la disquería, en la que me ofrecieron un pirata de Dimmu Borgir versionando a Erasure. Rechacé la oferta y me dispuse a esperar el show de Maiden llenándome el gañote con alguna sustancia alimenticia. Y allí, todas las previsiones y todas las expectativas se me derrumbaron, gracias al mayor despropósito de la historia de los festivales en la Argentina: no había puesto de comida china.
Ante semejante desaire no me pareció correcto quedarme a ver a la Doncella, a modo de boicot contra la organización por no proveer a la audiencia de alimento sano, delicioso y exorbitantemente caro como lo había hecho en lo de Radiohead. Emprendí entonces la retirada y me dirigí a la camioneta de Roberto, pero esta había sido utilizada como proyectil en una reyerta con la policía, y ahora se incendiaba lentamente en el balcón de un primer piso. De modo que decidí tomarme el 34, que tardó exactamente dos horas en llegar a la parada, gracias a lo cual pude escuchar el show completo desde Juan B. Justo y Alvarez Jonte, deleitándome con las resonancias de un concierto que a la distancia parecía atractivo, pero que la falta de nutrientes orientales me impidió disfrutar correctamente.

Autor: Diego Mancusi

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