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Bob Dylan - Together Through Life

Bob Dylan cantó con muchas voces distintas en sus discos: la nasal alarmante de "A Hard Rain's A-Gonna Fall"; el ácido rechazo de "Like a Rolling Stone"; la de ermitaño campesino en The Basement Tapes; la de canoso vagabundo y jodón en Love and Theft (2001) y Modern Times (2006). Pero Dylan, que este mes cumple 68, nunca sonó tan arrasador, enojado o lascivo como lo hace en Together Through Life. Es un disco que suena opaco y muchas veces deja perplejo. Las letras parecen escritas a las apuradas, como si fueran borradores, mientras que las performances musicales -a cargo de la actual banda de gira de Dylan- parecen arreglos sacados de paso entre fechas de la Never Ending Tour. Pero hay un lúgubre magnetismo que circula en estas diez canciones nuevas, y mucho de eso viene de la voz golpeada de Dylan.

El shock de su voz aparece rápidamente. Dylan comienza el disco como si se hubiera quedado sin palabras. "Te amo, niña hermosa / sos el único amor que conocí / mientras estés conmigo / el mundo entero es mi trono", canta en la sucia samba "Beyond Here Lies Nothin'". Es un comienzo sencillo que no promete mucho, excepto por el modo: un ruido áspero y exhausto que suena como si el cantante hubiera sido molido a golpes y luego dejado moribundo al costado del camino. Cuando Dylan llega al remate del título en cada verso, lo gruñe con una ruidosa sorna. En lo que a él respecta, no parece quedar mucho del mundo donde sentarse.

La garganta de Dylan nunca fue limpia ni fluida para nadie. Pero cuando era un joven cantante folk, se esforzó para sonar más viejo y con una voz mucho más gastada de lo que era, como si hubiera conocido de primera mano a Charley Patton, A. P. Carter y la Gran Depresión. Finalmente ha llegado a ese lugar, con un instrumento auténticamente pelado, ideal para los arreglos devastadores de estas canciones y la desértica y oxidada producción musical (hecha por Dylan con su seudónimo habitual, Jack Frost): cepillos en la batería y shuffles de banda de bar; guitarras como una bolsa de serpientes y con punzantes rellenos de Mike Campbell de Tom Petty and the Heartbreakers; el tenso susurro y la risa burlona de un acordeón enfriando la mayoría de las canciones, tocado por David Hidalgo, de Los Lobos.

Comparado con el optimismo western-swing de Love and Theft y el aire a sesión de Chess Records de los 50 de Modern Times, este disco suena como si hubiera sido grabado en el perdido pueblo de frontera mexicano de Sed de mal (1958), la película de Orson Welles, en especial cuando Dylan llega a frases como las que cierran "Forgetful Heart", una viscosa mezcla de banjo, guitarra sucia y una derrota emocional total.

Esa voz endurecida y quejosa también es perfecta para estas épocas: un país ebrio de esperanza hace menos de seis meses ahora se ahoga en tinta roja y papeles rosas. "Algunos me dicen / que tengo la sangre de la tierra en mi voz", bromea Dylan en el balanceo estilo Nashville Skyline de "I Feel a Change Comin' On". Pero el país que hay en estas canciones está a punto de quedarse sin nafta y chocar contra paredes de ladrillo. "El estado en bancarrota / El país sec o/ No me miren a mí con malos ojos", arroja Dylan en "My Wife's Home Town", un divertido blues estilo Chicago en el que escupe frases como un videograph de CNN.

Hay otra frase que vale la pena mencionar en "I Feel a Change Comin' On" -"Estás más perra que nunca"-, y Dylan la gruñe como un elogio. Together Through Life trata, de un modo sorprendentemente directo, sobre la única cosa en que podés confiar cuando estás rodeado de payasos, ladrones y Gobierno (que a veces es todo lo mismo) y lo que sucede cuando perdés -o desperdiciás- lo bueno que hay en vos. Y el arrepentimiento no se pone mucho mejor que sus estrictas instrucciones en el verso final de "If You Ever Go to Houston", un intento de R&B norteño estilo Doug Sahm.

En definitiva, Together Through Life es una mezcla del Dylan de esta década -impulsivo, cáustico, sentimental-, cansado de los artificiosos detalles que actualmente implican grabar un disco. Al álbum quizá le falte el aura de clásico instantáneo de Love and Theft o Modern Times, pero es rico en momentos impactantes, instalado en una crudeza voluntaria, y viene con un final malvado. "It's All Good" es un boogie de un John Lee Hooker-bayou que empieza con cosas de mierda ("Grandes políticos mintiendo / pollo de restaurante, todo lleno de moscas / No hacen ninguna diferencia") y sólo se pone peor ("Ladrillo por ladrillo, te tiran abajo / una taza de agua es suficiente para ahogarse"). Es el retrato de un Estados Unidos feo, recayendo en un puro darwinismo -la supervivencia de los más fríos y crueles-, y Dylan te lo enrostra. "Está todo bien", canta repetidamente con una cruel indiferencia en su voz, sabiendo muy bien que no es así. Pero Dylan está igual de seguro -en casi todas las otras canciones- de que en el número reside la fuerza, y que ese número es el dos.

Por David Fricke

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