

Ya saben cómo es esto: el día a día del bloggismo es una picadora de carne, siempre corriendo para pescar la última gilada de Miss Panamá, o el más nuevo colgajo de buzarda de Jessica Simpson. Así, en este loco, loco frenesí por la primicia, cometemos la injusticia de condenar al olvido a las grandes glorias del espectáculo mundial. ¿Dónde están ahora, por ejemplo, los Vengaboys? ¿Y los que cantaban "bailando bailando, amigos adiós, adiós, el silencio loco"? ¿Qué fue de la vida de Adriana Salgueiro? ¿Alguien se preocupa por que el Pato Galván tenga todo el reconocimiento que se merece? Seguramente nadie. Así es este medio: cruel, muy cruel.
De modo que, bajando un cambio de la actualidad desenfrenada que cada día nos compete en este espacio, dedicamos el post de hoy a rescatar del ostracismo a una figura olvidada por los medios tradicionales, un hombre tan importante para la cultura nacional como Nacha Guevara para la política: Aldo Serafín Morales.
Aldo comenzó su carrera artística en 1945. Trabajando como empleado de limpieza en el Teatro Gran Rex (famoso por haber sido la cuna de las galletitas saladas), entró al escenario al equivocarse de puerta mientras le pasaba el lampazo a un vómito de Zully Moreno y terminó interpretando completos Macbeth de Shakespeare y El champagne las pone mimosas de un joven Gerardo Sofovich. El 17 de octubre de ese mismo año, en plena manifestación justicialista, tuvo la visión de crear el slogan más repetido del siglo XX en la Argentina, por el cual nunca fue debidamente acreditado: "Viva Perón". Consultado sobre cómo se le ocurrió tan elocuente epíteto, Morales dijo: "Y... Perón... viva... yo qué sé, es medio obvio".
De allí en más alternó la actividad actoral con la política, como Zulma Fayad. Por disidencias con la cúpula peronista se alejó del PJ y formó su propia agrupación, el Partido Moralista, abrazado por la plana mayor de la Iglesia pero abandonado inmediatamente tras ver que en su plataforma figuraba la propuesta de legalizar el casamiento entre primos y la carrera de babosas.
Ya en 1956, después de protagonizar el bodrio picaresco Más caliente que pedo de oso (por el que fue nominado a dos Oscars), Morales tuvo un accidente que casi le cuesta la vida: se recostó demasiado en la silla de su escritorio y se vino de nuca, golpeando contra un revistero y perdiendo durante seis meses la capacidad de entender, siquiera, un libro de chistes de gallegos. En ese período de estupidez forzada se dedicó a escribir un guión llamado Arr%&gdhjsaqwerty, que muchos años después -con apenas unos leves retoques- se convertiría en Atracción X4. Promediando los ’60, ya recuperado de su problema de salud, descubre que la psicodelia no es lo que él creía (una vecina suya llamada Delia que trabajaba de psicóloga) y abre la mente a un nuevo mundo de sonidos y colores tras la ingesta de un paquete entero de La Yapa con fernet. Así, decide volcarse a la música y forma The Drunken Mongos, banda pionera del rock nacional, desacreditada por la crítica "porque eran muy feos, mucho más feos que Moris o Litto Nebbia". Décadas más tarde, esta misma revista definió a Puto el que lee, álbum debut y despedida de The Drunken Mongos, como "una mezcla de Miles Davis y Leo Mattioli".
Alejado del rock, Morales continuó con su carrera de hombre del Renacimiento e incursionó en la pintura, dándole dos manos de blanco mate al comedor de su casa. Olvidado por los productores de espectáculos, se decidió a escribir un libro con su pensamiento político, titulado La posta es el marxismo, lo demás es cualquiera. Pero la mala suerte lo persiguió una vez más, dado que el texto salió a la venta el 25 de marzo de 1976, gracias a lo cual debió tomarse el primer avión que se le cruzó en Ezeiza. Y como no podía ser de otra manera, justo embocó uno que iba a Ruanda, donde pereció 37 minutos después de aterrizar, al servir de picada para una tribu de caníbales que, según declararon, "quedamos bien pipones". Desde este humilde lugar, nuestro homenaje a Aldo Morales, un artista inquieto y comprometido al que, por esas injusticias de la vida, no lo juna ni Magoya.

Autor: Diego Mancusi

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