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31.08.2009 | 17:36

Las Chicas Olmedo, hoy

En los 80 le dieron cuerda al ratón argentino desde No toca botón y hoy reaparecen como leyenda trash en la serie Mitos, que acaba de finalizar. De la patria calentona a la contraficción televisiva, los extraños mundos de Susana Romero, Adriana Brodsky y Silvia Pérez.

Susana Romero. Foto de Pablo Franco

Volverse, un día, la materia del deseo nacional. Y quedar, bastante de golpe, en el centro de las fantasías de todos, de casi todos, de muchos, de tantos. Y después dejar de serlo. Y después seguir adelante. Y comenzar a preguntarse cómo se hace para, después, seguir adelante. Porque los 80 las tuvieron ahí, las tuvimos: un puñado de mujeres dándole cuerda al ratón argentino, echando nafta sobre la primera lumbre del destape democrático. La Romero, la Brodsky, la Pérez, la Salomón, la Traverso, la Peyrou,¿ Yuyito, la tana Noemí Alan, tanta teta, tanto culo y tanto adolescente al palo buscando un testaferro mayor de edad que le comprara el último número de Libre en el kiosco. Qué cagada que las cosas se terminen, algunas cosas, ¿no? Una cagada.

Y se terminó. Empezó a terminarse en el momento exacto en que el capocómico de la nación, Alberto Orlando Olmedo, el hombre que hacía aletear a su alrededor a todas aquellas chicas de tapa, se mató después de caer once pisos desde el balcón de un edificio de la ciudad de Mar del Plata, en la madrugada del 5 de marzo de 1988. Desde entonces, no hubo más. O, mejor: lo que hubo fue sobrevivir esa muerte, ir llevándola, no permitir que nos lleve puestas a nosotras también. No siempre fue posible.

"A mí no me llamaron más. Yo no volví a hacer televisión." La voz de Susana Romero tiene aquella gravedad y aquella presencia, correlato de un lomazo de minón en fuga permanente hacia la voluptuosidad. "La muerte de Alberto se llevó todo. Primero se lo llevó a él; el hecho de no tenerlo más, esa pérdida. Pero después se llevó también los trabajos, los proyectos, quedó todo en la nada. Igual, no me pongo a pensar en todo lo que me perdí, nunca lo hice."

Romero venía de una familia que había sido rica, pero con un abuelo que hizo mal las cuentas y gastó en señoritas y bebidas más de lo que sus herederos hubieran querido que gastara. "Salí a trabajar a los 14 porque, de alguna manera, me tuve que hacer cargo del resentimiento de mi vieja por haberlo perdido todo", explica Romero y continúa: "Ella me llevaba por los concursos y yo me quería morir, porque esos lugares pueden ser muy agresivos, muy discriminadores. Ahí llegás y hay un tipo que dice: «Vos sos linda, vos sos fea». Y la verdad es que nunca me sentí muy linda, yo".

Había sido Miss Argentina en 1973 y después quedó sexta, ella dice que por su propia timidez e introversión, en el concurso Miss Mundo del año siguiente, en Nueva York. Había arrancado a los 14 en un localcito de ropa de una galería de Belgrano donde le hacían limpiar los vidrios. Llegaba a su casa llorando y terminó, antes del estrellato federal, en la segunda versión de Alta tensión, que conducía Fernando Bravo. Allí la vieron, desde allí se desplazó hasta los programas de Alberto, como ella lo llama invariablemente, Alberto, Alberto.

Le quedó envión para un año más, trabajó con los uruguayos pero se fue porque le sacaron letra. Después se casó. Un tratamiento de tres años para quedar embarazada le quitó chances físicas y el lomazo de minón en fuga hacia la voluptuosidad empezó a generar dudas entre productores y otros animales televisivos. "Me decían que estaba gorda, y yo lo único que quería era quedar embarazada." Se retiró y se pasó cinco años criando hijas. Un día, Susana Romero no estuvo más.

"Siempre estuve, nunca dejé de hacer cosas. Hice mucho teatro, con Tristán, con Corona, con Emilio Disi. Y comencé a pintar y a vender mis cuadros."
–¿Quién sos cuando pintás?
–La misma de siempre, alguien en busca de paz.
–Buscamos lo que no tenemos.
–Yo la tengo. La encuentro, justamente, pintando.
–¿Qué pintás? ¿Qué pintaste todos estos años?
–Animales, amo los animales y la naturaleza. Soy muy sensible, ¿sabés? Por ahí voy en el auto y veo algo feo en la calle y no puedo parar de llorar.

Dice que nunca se enteró. Que cuando estaba en el foco de todas las cámaras y era chica Olmedo y hacía temporada en Mar del Plata y era la cara sonriente en una fiesta donde sonaba Raúl Porchetto –en la que alguien sacaba unos Jockey Club suaves cortos y miraba a cámara y la hacía mirar a ella también– y todos la deseábamos y todos la queríamos, y el flequillito cortado en seco se volvía una marca de agua, ella ni enterada.
–Eras la mina despampanante, el deseo de todos.
–Nunca me di cuenta, yo estaba en otra.
–¿En cuál?
–En laburar, puramente.
A los 50, Susana Romero, mito y figura, terminó su libro autobiográfico, El amor después de la pena.

También habla con la Virgen de Fátima, que, ella lo jura, se le apareció en diciembre. Puso a Cristo Jesús y el fogonazo de su sagrado corazón en la bienvenida de su página web, y dice que comúnmente tiene experiencias sobrenaturales y que su camino es la espiritualidad, que ya no se apartará de allí.

Se toma diez taxis por dia. Son trescientos taxis al mes, trescientas veces de contar cómo era ser la nena del maestro, y si el Manosanta de verdad estaba cargado. Es curioso, pero la señora Brodsky se levanta cada mañana y sabe que la espera un día en el que va a tener que hablar, en los taxis pero también en el súper, en el Blockbuster, en cualquier esquina, de cómo fue aquello: "Voy al banco y el gerente me dice adianchi". Así siempre, diariamente. Desde hace veinte años. "Hay tacheros que ya saben que vivo por acá, y se quedan dando vueltas, a ver si me enganchan." Igual, lo dice con firmeza: "Nunca me harté de ser Adriana Brodsky".

La señora Brodsky tiene 54 años. A la edad la deja caer sin dramas aparentes, con toda naturalidad. Sigue rubia y sigue midiendo el metro 57 de toda la vida. Y jura que no extraña, que nunca extrañó. "Desaparecer hubiera sido un problema si mi objetivo de vida fuera la fama, los medios; pero a mí no me interesa nada de eso. Yo sólo quería ser mamá, y lo sigo queriendo."

Hasta los 22, fue una chica de San Telmo, con una mamá secretaria de la inmobiliaria de a la vuelta y un padre del que no supo casi nunca casi nada. La herida de esa ausencia todavía la lleva encima. Después vino una mudanza a Floresta y, desde Rivadavia y Lacarra, salió a comerse la cancha. "Nunca entendí por qué trabajaba tanto, si yo no sabía hacer nada, ni cantar, ni bailar. Supongo que irradiaba cosas sin proponérmelo, y eso era lo que funcionaba en mí."

Esa voz, el reverso exacto de la gravedad de la Negra Romero, puesta en un agudo infantil para decir lo de siempre: "Maestro, soy fea". Y el maestro se relamía. Cuando el maestro murió, Brodsky supo que algo había cambiado para siempre, y se fue. "Yo dejé en la cima de mi carrera. Yo sabía lo que estaba dejando."
–¿Qué estabas dejando?
–Mucho trabajo, y la posibilidad de seguir. A mí las mejores ofertas me llegaron después de la muerte del Negro, con quien sólo trabajé dos años, aunque a veces parecen muchos más.
–¿Qué ofertas eran ésas?
–Me llamó Ovidio García, que era un productor muy importante, y me ofreció lo que yo siempre había querido, hacer un programa para chicos. Le dije que no.
–¿Por qué?
–Estaba embarazada, y tuve que tomar una decisión.

A diferencia de sus compañeras de elenco, Brodsky inauguró un modelo: fue la primera mujer/niña sexuada de la tele. Eran los 80, claro, y nadie todavía creía que la palabra lolita pudiera explicarnos nada acerca de este asunto de las niñas nínfulas que calientan a caballeros mayores, y mucho menos ver en esos textos inocentes el germen de males mayores, pero sucedió; se inauguró algo que Julieta Prandi y Guillermo Francella terminaron llevando al extremo cuando, en 2001, recrearon muy simpáticamente la perversión de un morbo que la película Belleza americana (cinco Oscar ganados un año antes) había llevado a las pantallas del mundo.

Como sea, Brodsky dijo basta. Y jura que nunca se arrepintió.

Lo que vino después fue la vida de una mujer casada con un hombre fuerte del menemismo medular, el Tata Yofre, ex número 1 de la side y ex embajador en Portugal. "Esos, para mí, fueron los años felices. Agustina y Javier eran bebés y si tuviera que elegir una época de mi vida a la cual volver, no lo dudo, ese tiempo fue el mejor."
–¿Mejor que la chica anónima de San Telmo?
–Ni hablar.
–¿Mejor que la rubia sexy que hacía goles con las caderas en los comerciales de Hitachi, qué bien se TV?
–Mucho mejor.
–Entonces te fuiste.
–Sí, pero nunca del todo.

Se va de gira, la Brodsky. Arrancan las funciones de Humor y glamour, una comedia picante con Marixa Balli, Beatriz Salomón, Jorge Troiani y ella, en su papel de niña, una vez más. "Pero más chilindrina, apostando más al humor que al cuerpo. Los productores me siguen queriendo sexy, pero todo tiene un límite." La obra se va a estrenar, por estas cosas de la política y los fondos que la política provee, sólo en San Luis, la capital del subsidio al espectáculo. Y allá va la Brodsky, otra vez. En Buenos Aires, deja funcionando su empresa, con la que en septiembre saca al mercado Instinct, su perfume.

En eso se le va la vida, en hacerles patys o pastas a los chicos a la noche, en dar alguna charla sobre lo horroroso que puede resultar la compulsión a la cirugía plástica, en vender su perfume, en Fundamind, donde le mete gas al laburo con chicos seropositivos, en hacer algún papel que aparezca, medio de costado, y en contar cómo fue ser Adriana Brodsky cuando todos creían que ser Adriana Brodsky era una legítima aspiración nacional.

–¿Qué pasa cuando te ves, cuando te volvés a ver, en algún archivo, en algún viejo programa?
–Me siento la mamá de esa nena. Te juro, la mamá.

La espiritualidad hinduista. por ahí se abrió camino Silvia Pérez después de la muerte de siempre, la muerte esa que un día las cruzó a todas. Y que se llevó, de todas, de todos nosotros, algo para siempre. Pérez había llegado a los programas de Olmedo con la configuración de la chica que quería actuar, que lo venía haciendo y para la cual ése era el objetivo mayor, la evolución artística de alguien que va entrando y saliendo de los personajes que el destino le pone adelante. Así que las expectativas eran otras, y también fueron otros los tropiezos que vinieron después, porque lo que se vio obstruido no fue un laburo a secas, fue un deseo, una carrera. El tiempo después, el que¿ hubo que remontar, fue un tiempo largo, dice Pérez: "De mucho enojo, mucha frustración".
–¿Enojo con qué?
–Primero, con el medio, con los productores. Nosotras habíamos formado parte de algo muy fuerte, algo que tenía la fuerza de una familia, porque así nos trataba el Negro, así trataba a toda su gente, como si fueran su propia familia. Por eso nosotras siempre fuimos un grupo armónico. Eramos todas chicas sexies, y nunca nadie escuchó un solo escándalo entre nosotras.

Pero esa fuerza centrífruga también las dejó adentro de algo que, sin culpas ni cargos de nadie, había terminado mal: "A mí me veían venir y era verlo venir a Olmedo, te juro que me decían eso".
–¿Cómo resolviste ese enojo y esa frustración?
–Tuve que entender que somos responsables de nuestro propio destino, que por más enojo con que nos justifiquemos, mi destino depende de mí. Esa muerte no fue solamente una muerte, fue algo más trascendente. Fue un dolor inmenso y, luego, el detonante para que yo me pusiera a buscar quién soy, qué hago acá.

En 1993, Pérez viajó a la India. Fue el primer contacto con su nueva vida. Allí conoció y, dice ella, se conoció. En la India estaba, esperándola, Sri Sathya Sai Baba: "Mi Dios".

El yoga, la meditación y las leyes divinas de Baba le dieron rumbo. Hoy, Pérez es la representante argentina para la organización internacional y está trabajando en una obra de teatro con chicos de América latina que irán a la India a mostrarle a Dios, al Dios de Pérez, de lo que son capaces. "Fue un trabajo arduo encontrarme, pero una vez que lo logré, pude caminar otra vez. Volver al teatro, estudiar con Gandolfo, hacer cine, ser una actriz convocada, actuar, que es una de las razones para las que estoy en este mundo", dice Pérez.

Se volvieron a ver y volvieron a ser, a interpretarse. Romero haciendo de la Romero, Brodsky haciendo de la Brodsky, Pérez haciendo de la Pérez, otra vez, como de vuelta. Las tres dicen que disfrutan el reencuentro. Que leer los guiones antes del rodaje las llevó de un volantazo hasta aquel lugar de los 80 en que la suerte las cruzó por primera vez. Que Mitos fue algo que, no necesariamente con conciencia de ello, estaban esperando. Y ahora ya no esperan más.

Por Alejandro Seselovsky

Mirá el backstage de la producción fotográfica con Susana Romero, Adriana Brodsky y Silvia Pérez


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