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El histórico tecladista cuenta su vida

Zorrito Von Quintiero: cocinero y enfermero

Hijo de inmigrante italiano, pibe del barrio de Urquiza, el rock lo convirtió en noble. Una historia de cantinas y funk nacida en los 80.

Por Ernesto Martelli

Italia. El Zorrito nunca habia estado en Italia. Parlotea en tano, nombra "Calabria" con orgullo familiar, abrió un restaurante de impronta italiana en la zona gastronómica más cara de Belgrano junto con el chef nacido en Milán Donato De Santis, pero, hasta hace dos meses, no había pisado Italia.

De hecho, su historia es la del hijo de un inmigrante calabrés, de esos que llegaron al país a los 14 años, en barco y con lo puesto, en la posguerra de los años 50. Don Quintiero, el que le enseñó cierta disciplina laboral y el oficio de la gastronomía, una palabra que detesta. "Yo todavía era pendejo, tendría la edad de él cuando llegó, y ya sabía que había que laburar. Mi viejo había abierto su primer restaurante, una cantina en nuestro barrio, Villa Urquiza, y ahí empecé: arranqué con los fríos, después pasé a los postres y a ser adicionista."

Los fríos es un genérico para las entradas italianas que fueron su debut en la cocina: prosciutto, sopresatta, aceitunas, mozzarella con pimienta y aceite de oliva. Las entradas correctas de una cantina de barrio con pretensión. Una noche, el estudiante de colegio industrial deslumbrado por los Stones de "Miss You" y por la tríada del rock nacional -García, Spinetta y Pappo- tuvo su bautismo de fuego: justamente, los imponentes Riff (con Pappo, Peyronel, Vitico y sus ropas negras de cuero y tachas) cayeron al restaurante familiar de los Quintiero.

El mapa de su vida, aún hoy, alterna entre la sala de ensayo de Charly García (Villa Ortúzar), la zona de Sucre y Figueroa Alcorta donde tiene Bruni y sus emprendimientos de Las Cañitas, una zona gastronómica exitosa que ayudó a crear cuando fundó, en 1995, el Soul Café. "Fue después del unplugged de MTV con Charly que la cosa se empezó a poner más difícil. Y yo ya estaba grande, llevaba diez años en el rock y quería ponerme las pilas, tener algo estable... Pero no tenía ahorros: cuando sos músico de tocar en vivo, no compositor, vivís al día, no ahorrás guita... Me iba bien, pero me acuerdo de que con mi socio teníamos guita para un local chico, de pocos metros, o en una zona barata. Y en esa época en Las Cañitas no había nada...". Su estrategia mezclaba la experiencia de los recurrentes viajes con Charly a Nueva York ("esos restaurantes con onda y música fuerte, donde además se podía beber y comer bien, esos sándwiches de atún con brotes de alfalfa del Soho, ese clima"), la incipiente ruta gastronómica de comienzos de los 90 ("en esa época íbamos mucho al viejo Hermann's, frente al Botánico, pero Silvia Morizono, amiga de Charly, había puesto un lugar de sushi, y mi amigo Danilo, un lugar de pizzas a la parrilla; todo en Palermo") y la impronta italiana: el resultado fue el concepto de "cantina funk", una modernidad que con su peluca afro sacudió la zona de la cancha de Polo donde sólo estaba la tradicional parrilla El Portugués. "Para la inauguración me jugué todo: quería tenerlo al Diego y armé un lío grande para traerlo, a través de Coppola. Todavía estábamos en obra, pero el día que él volvió a jugar en Boca fuimos con Charly a verlo e insistimos para que vinieran, armamos un agasajo, con don Diego, la Tota, Claudia, eran como cincuenta... Fue una noche inolvidable: terminamos tocando en el escenario el «Maradona Blues»; Canal 13 había mandado su camión de exteriores, que cortaba toda la calle..." Los memoriosos del fútbol y los amantes de YouTube lo recuerdan bien: fue la noche que, para las cámaras, el Diego apuró al jugador de Colón Toresani dándole la dirección exacta de su casa, los días del mechón amarillo... "Era un tiempo en que los arquitectos manejaban taxis, los médicos se ponían un maxikiosco, y nosotros éramos músicos que cocinábamos. Así se llamó mi primera sociedad anónima, la bautizó Charly: Músicos que Cocinan S.A.", explica hoy.

Y en medio de los ensayos para el retorno de Charly, de su ristorante alto nivel, una cena reciente en su local alteró su mapa: "Tenía la invitación de un amigo para ir a visitar a Bernard Fowler a Londres, quedarme unos días allá... Y me presentaron a un tipo de una mesa, que hablaba en inglés, parecía grosso, y me dijo: «Ya que estás en Europa, ¿no querés ir a ver la final de la Champions League?». Era en Roma, pero yo no tenía ni entradas ni nada. El tipo, que nunca supe bien qué hacía, me dijo: «Yo te las consigo»". Así fue como emprendió, hace dos mes, su primer viaje a Italia, con la final del Barcelona de Messi y el Manchester de Tevez como excusa. La escala previa fue en Londres: dos noches inolvidables de cenas y salidas con Ron Wood y Ekaterina, su joven novia rusa. "Le hablé sobre todo de «Far East Man», una rareza, el tema que compuso y grabó con George Harrison, una cumbre beatle-stone, una joya", recuerda ahora. Y de ahí, finalmente, a la Italia familiar. "La llegada fue un shock. Todo sucio, caluroso, viejo, ruidoso, con olor. No conseguía taxi, la ciudad estaba sitiada por turistas... Estaba como perdido. El primer tachero que me sube toca algo en la palanquita, tipo el piripipí de acá, y entran a caer las fichas en euros... Un desastre, una decepción. Tenía que cruzar toda la ciudad para ir a buscar las entradas... Hasta que frené y me fui a la piazza Barberini y me metí en una trattoria... Ahí sí entendí todo: me sentí en casa. Unos alcauciles, unos espárragos, una focaccia... Italia."

Mirá el backstage de la producción fotográfica con el Zorrito Von Quintiero

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