

Yo, en los 80, usaba pañales. Otros usan pañales ahora por culpa de los 80, pero esa es una historia aparte. La cuestión es que la década está claramente signada por la incontinencia para unos y otros, y el control de esfínteres parece haber sido todo un tema entre 1979 y 1990. Con todo, ¿cómo no iba a tratar de pegarme una vuelta por el Personal Fest, un evento que apostó a la sangre joven y a la renovación del rock y el pop mundial poniendo como headliners a dos bandas que ya tenían varios hits sonando en la radio en la época en la que Maradona se la mandaba a mamar a los ingleses en vez de a Toti Pasman? Era eso o enfilar para la Bombonera, y el Pato me libre.
El problema era el paso previo a todo gran evento: hablar con Roberto, acreditador de prensa para cualquier cosa que requiera parlantes en la Argentina. No obstante, el diálogo me tomó por sorpresa.
M: ¡Roberto! ¿Cómo estás, querido? Soy Mancusi, de Pop Life, ¿te acordás?
R: Sí.
M: …
R: ¿Sí?
M: Eh, perdón. ¿Estás bien?
R: Sí.
M: ¿Seguro?
R: Sí.
M: Mmm. Bueno. ¿Me acreditarías para el Personal Fest?
R: Sí.
M: Ajá, ya veo como viene la mano. ¿Me conseguís VIP entonces?
R: Sí.
M: Uy Dios. Bueno, necesito quince entradas porque llegaron unas tías de mi vieja de Entre Ríos y las quiero llevar, y aparte el novio de mi cuñada también me mangueó para el primo de su abuela. Es muy fan de Banda de Turistas. ¿Hay?
R: Sí.
M: Opa. La paz mundial quiero también. Y que pierda Racing. ¿Puede ser?
R: Sí.
M:¿Estás re drogado, no?
R: Sí.
Después me enteré de que Roberto confundió Rocklets con Prozac y acreditó a 12.347 periodistas, todos al VIP. Tanto fue así que la gente realmente importante como Juan Cruz Bordeu o Nahuel Mutti prefirió mantenerse fuera de la sala, mientras un irreconocible Eduardo Feinmann sorbía con gracia su copa de Grog XD en un rincón del exclusivo recinto.
Yo, en cambio, como soy rockero, bien del pueblo y no me dejo comprar por el lujo barato, me llevé mi bandejita de sushi al medio del pogo y me dispuse a ver a Leo García cantando "Reírme más". Mientras tanto, un grupo de marineros que sin duda eran hermanos y me confundían con su padre (extraño, porque teníamos prácticamente la misma edad, pero vaya uno a saber) me llamaban al grito de "vení papi, vení". Yo fui, dispuesto a aclararles el equívoco, y antes de que pudiera emitir sonido me demostraron la cercanísima relación que tienen con su progenitor y el cariño que saben dispensarse unos con otros en esa prole de hombres de mar. Cuando me soltaron les mostré el DNI, les evidencié su error, me limpié con una carilina y me retiré, contento de que aún existan familias que se quieran de esa manera en nuestra castigada nación.
Lo que nunca podré olvidar de esa noche fue la presentación de Pet Shop Boys. Desde el primer acorde me pegué a la valla y contemplé absorto todo su despliegue de arte pop, delirio y color, siempre escuchando a Hermética con auriculares en el MP3. Fue una experiencia audiovisual increíble. Ácido argentino nunca sonó mejor.
En el último estertor de la pila del MP3 enfilé para la salida, donde un grupo de fans de La 25 esperaban con cadenas y cachiporras a que saliera la concurrencia, mientras tomaban turnos para torturar a un tributista a Arjona. No sé en qué habrá terminado eso, porque cuando terminó el show yo ya estaba en casa mirando Los cazadores de mitos.
En la segunda jornada llegué poco antes de la presentación de Depeche Mode, y lo que más me sorprendió fue la cantidad de fans que este humilde servidor tiene entre los jóvenes argentinos, evidenciada en la enorme cantidad de remeras con mis iniciales que vi en todo el Club Ciudad (lo mismo me había pasado hace poco cuando tuve que cubrir a Daniela Mercury en el Luna Park... ¡qué amplios son los gustos de mi público!). Igual, se ve que son muy tímidos porque nadie me saludó. La próxima, queridos seguidores, no teman, que soy un pibe macanudo que casi nunca se boxea con nadie y rara vez arroja molotovs en jardines maternales.
Rápidamente pasé por la sala de prensa, donde una turba de colegas se disputaba con ferocidad una torta frita y un vaso de soda. En el VIP proyectaban una película experimental muda de Andy Warhol, con música original compuesta por Kapanga. Me parecía que no daba ni una cosa ni la otra, así que marché para la valla de nuevo, dispuesto a repetir la dicotomía "música en el MP3 + recital uh re loco y colorido". Sin embargo, en el preciso instante en que el grupo de Dave Gahan comenzó su set con lo me sonó a una versión tecno de "Hoy no me voy a bañar" de Superuva noté que había olvidado reponer la agotada batería de mi aparatito musicoide, con lo cual me veía obligado a escuchar a Depeche Mode, y ni a palos. Ofuscado, compré un pancho de 350 dólares y para pelear contra el sistema se lo arrojé en el rostro a un Seguridad que, pateadura mediante, me depositó en la mismísima entrada, donde los fans de La 25 seguían apostados con sus armas amateurs, aguardando por una nueva camada de víctimas. Y el resto es historia: me tomé el 29, bajé en Sarmiento y Esmeralda, compré un paquete de pastillas Renomé y todo lo demás.

Autor: Diego Mancusi

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