

Así como un choclo no deja de ser un choclo ni siquiera después de sortear mil vicisitudes en su largo periplo a través del tracto digestivo, un periodista no cesa en sus actividades periodísticas cuando está de cuasi vacaciones en Aguas Verdes, simplemente porque lo lleva en la sangre y, al menos en este caso, porque tiene miedo de olvidarse cómo era la cosa y terminar conduciendo un programa en C5N. De modo que el fin de semana me dediqué a tres cosas: 1) La exposición exagerada a los rayos ultravioletas, hasta quedar de una tonalidad vino tinto; 2) La exposición exagerada al vino tinto, hasta quedar de una tonalidad ultravioleta; 3) La investigación, respondiendo a una situación harto anómala que paso a detallarles.
Resulta que, espantados por la súbita aparición de un monstruo marino que resultó ser Carca con snorkel comiendo unas salchipapas, mis amigos y yo abandonamos raudamente el match de escoba del 15 que jugábamos en la playa a las doce de la noche del viernes y nos refugiamos en el pub Tu vieja, sito en la esquina de la peatonal y la Avenida Pueyrredón, bautizada así por César Banana y no por Juan Martín o Prilidiano. Allí comprobamos con sorpresa que tocaba JAF, como número de apertura de The Ferreyra Experience, una banda tributo a JAF. Entre la concurrencia se encontraba, como no, una coquetísima Piti del Yogurt, quien a esa altura de la noche ya había perdido el glamour que la caracteriza e intentaba mondarse los dientes con un matafuego, momentáneamente sin éxito. También estaban las mellizas Xipolitaikis, a quienes en un momento se les cayó un billete de 100 mangos pero no se arrodillaron para recogerlo argumentando que querían desenchufarse del laburo por completo.
Nos tomamos una Crush cada uno y, ya más calmados, decidimos salir de caravana por Green Waters, lo cual implica un recorrido de una cuadra y media y un embole comparable con una noche de franela con Stephen Hawking. Luego de incendiar la salita de primeros auxilios en busca de adrenalina y diversión, nos dirigimos a una rotisería donde, oh sorpresa, también tocaba JAF. Allí se dio el siguiente diálogo entre mi amigo Aldo y yo.
A: ¿Qué onda?
M: ¿Qué onda con qué?
A: Con JAF.
M: Yo paso.
A: Ya sé, larva. Te digo que por qué está acá y allá al mismo tiempo.
M: Meh.
A: Eso ni siquiera es una palabra.
M: Boh.
A: Eso menos.
M: Vamonos de acá y listo.
A: ¿Y eso en qué resuelve lo de JAF?
M: En nada, pero hace calor.
A: ¿Salió el pollo?
M: See.
A: Ta.
De todas formas, aún sin darle a Aldo ni cinco de pelota, la cuestión me quedó rondando el cerebelo: ¿Cómo podía estar JAF en varios lugares al mismo tiempo? El don de la ubicuidad, un beneficio que uno creía limitado a personajes como Dios, Droopy o Ricardo Fort, se estaba generalizando entre los calvos cantantes de blues y baladas románticas Me propuse investigar hasta las últimas consecuencias, y me arriesgué en pos de la verdad, dispuesto a revelar esta anomalía ante el mundo. Tracé un detallado plan periodístico, que no pude llevar a cabo porque al primero que le pregunté, ya me tiró la posta: se estaba celebrando en Aguas Verdes la Primera Convención de JAFs del Mercosur, un evento que reúne a todos los Juanes Antonios Ferreyras de esta parte del continente para compartir experiencias de vida, pasarse tips antiage y agregarse al Facebook. "Ah, eso era", dije. Y me fui a la playa a picar a Carca con un palito en las costillas.
A modo de epílogo, la noche siguiente todos los JAFs se unieron en un descomunal "We Are the World" en las escalinatas de la Facultad de Albañilería de Aguas Verdes. "Lo mejor es la puesta de luces", decía Aldo, mientras les tiraba tubos fluorescentes. Y yo, cada vez más descansado, me emocioné y le dije con todo el sentimiento: "Meh".

Autor: Diego Mancusi

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