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22.01.2010 | 14:54

Las películas más psicodélicas de la historia

Una decena de flimes que alteran los sentidos de los espectadores.

El viaje de Chihiro.

Aprovechando la temporada estival, esas ganas que quedarse con el aire (sea propio o ajeno) y que, bueno, las ilegalidades a veces se cruzan en el sillón, el ranking de la semana se ocupa de esos films que generan la expresión "¡Uh, qué flashero!" mucho más allá de lo que hayamos cenado. Nuestros films psicodélicos salen, para variar, a jugar un rato. Con nosotros, con ellos mismos, con la idea de Top Ten, con el cine.

Alicia en el país de las maravillas
Más allá de que el melancólico hombre ostra de Tim Burton esté a instantes de mutar las aventuras de Alicia en otra de sus maravillas, nadie podrá contradecir que el de Alicia es el viaje por excelencia de la literatura. O la cultura pop. La aristócrata Alicia, en su jardín, se cae por el pozo y, mucho antes que lo cantará Jefferson Airplane, sigue al conejo blanco. ¿Qué hay más allá del pozo? Todo eso que ya saben, que actúa como paralelo de las diferentes estaciones, y no pueden creer contenga la versión Disney del asunto.


Inland Empire
¿Sabían que uno de los productores de la ópera prima de David Lynch fue Mel Brooks? Sí, sí, el mismo Mel Brooks de El joven Frankestein, por citar uno de sus clásicos. Pero el viejo Brooks decidió sacar su nombre, para que no malinterpretara a Eraserhead. Apenas salió de la proyección privada, Brooks salió de brazos alzados, busco a Lynch, lo abrazó y le dijo: "Estás completamente loco". Imaginen si la película que viera Brooks hubiera sido la pesadillesca Inland Empire: ¿Qué le puede decir? Si todo Lynch es sinónimo de horrible y lisérgica vida, Inland Empire es capaz de asustar hasta a una película del mismísimo Lynch. ¡Dios mío, ese payaso! ¡Esos conejos! Así no se puede.


Waking Life
Es obvio que la animación hace más fácil el flash. La capacidad de crear cualquier posible sirve, sobre todo si se sabe como crear imposibles. A Richard Linklater lo queremos, y fuerte. Pero cuando decidió utilizar el rotoscopiado (el filmar la imagen sin animar y posteriormente animar encima de ese original) y crear ese estado de sueño permanente que es Despertando a la vida, bueno, ahí ya dejamos de quererlo para verlo como era: Linklater es un sueño hecho realidad. Y esta película hecha de charlas profundas, sentidas, amenas, mutantes sobre el cine, la vida y todo lo demás es la prueba fehaciente de su capacidad.


Fantastic Planet (La Planète Sauvage)
Otra animación, en este caso de 1973 y francesa. ¿Un mundo donde los seres humanos ya no responden a tal nombre –ahora son Oms-, donde son o mascotas de unos gigantes azules -¿Avatar?- o animales salvajes en ese mundo? Ver para descreer. El director René Laloux crea una serie de imágenes que parecen imposible de hacerse siquiera imaginación, y ahí están, enfrente nuestro, dando forma a un nunca más apropiado nombre, a ese planeta fantástico.


El viaje de Chihiro
El imaginario de Miyazaki -¿hace falta explicar a esta galaxia de imaginación que, vaya él a saber porque, esta contenida en un ser humano?- es demasiado. Demasiado todo: demasiado imposible, demasiado de procesar, demasiado de pensar como trabajo físico (¿todo eso esta dibujado?), demasiado de contener adentro (¿quién no explota de felicidad con Mi vecino Totoro?). Cualquiera de sus películas es un viaje, uno ecológico, uno animado, uno impensado hasta que lo vemos respirar. Pero El viaje de Chihiro (valga la redundancia de la traducción local) y su residencia para dioses se lleva el premio de ser la más tremenda y tripera de las criaturas de las gran Miyazaki.


Charlie y la fábrica de chocolate
Ya que antes no dudamos pero pusimos un poco en cuestionamiento la capacidad viajera de Burton, vayamos sin escalas a su versión carne y hueso del clásico cuento de Road Dahl, Charlie y la fábrica de chocolate. Acá la metáfora del viaje viene en la forma de una expedición dentro de la fábrica de un Willy Wonka encarnado en ese monstruo buenito y canchero que el tío Burton supo conseguir. Entre esa demencia el Wonka versión Depp, el imaginario visual de Burton para ilustrar una utopía golosinóloga y nuestras ganas de esa dulzura especial, de esos Oompa Loompas, de esas euforia tan pero tan infantil que es capaz de fajar, y con justicia, a esos horribles pero horribles niños.


Pánico y locura en Las Vegas
Es así. Una vez que se arranca con Johnny Depp no se puede parar. Aparte, ¿íbamos a hablar de psicodelia sin mencionar siquiera a la autoridad dentro de la propia Rolling Stone? ¿Pensaban que sí? ¿Qué tomaron? Vaya en esta pastilla, -de texto, brutos- nuestro sincero homenaje a Hunter S. Thompson. La versión del Monthy Python Gilliam del mundo del Dr. Gonzo, Pánico y locura en Las Vegas, puede a veces grite muy fuerte su factura y su lisergia. Pero aun así, un experto en cuadros imposibles como Gilliam (vean si no Las aventuras del Baron Munchausen) conjuga como nadie hasta ahora el frenesí de llamarse Hunter S. Thompson.


Gambling, Gods and LSD
El documental de Peter Mettler trata, precisamente, sobre apuestas, dioses y LSD. Pero Mettler no se queda solo con las cientos de entrevistas, una más lúcida o sorprendente -o ambas- que la otra: decide calzarse a su documental la real textura de una escapada, de las psicodelia. Por eso hace que todo dure tres hipnóticas horas, donde desde el espiral de colores difuminados y contaminados hasta nuevas formas lisérgicas adquieren vida y obra en su documental. Más allá del cine experimental, lo más cercano a esa linda letanía que el cine generó.


The Trip
Desde el nombre esta todo dicho. El Jack Nicholson más descontrolado con la casi imperceptible correa, pero sin talento, del rey del terror Roger Corman. Nicholson se despachó con un guión que, vaya uno a saber por que, daba de lleno en la experiencia de los siete delfines. Corman amaestra la cámara a la demencia de Nicholson, acompañado por Peter Fonda y Dennis Hopper (cinturones negros en sacarse los cinturos, si lo hay): mueve la lente, hace pesadillescas cosas imposibles y genera sonidos poco probables.


The Happiness of the Katakuris
Quienes tienen poco, pero un poco nomás, de festivales de cines corriéndole en las venas, conocen a rajatabla el nombre de Miike Takashi. El japonés lanza, o lanzaba antes de achicar la cantidad anual de películas realizadas, una cantidad imposible de films por temporada. Dentro de sus variaciones, extremas, bipolares casi, capaz de contener el fin del mundo, una vaca a la David Lynch, una paliza a un caniche, una tortura demasiado realista para los débiles del corazón, un superhombre con los poderes de una ¡cebra! y así, en una realmente interminable lista. Un cineasta psicodélico. ¿Cuál es entonces su mayor delirio? Un musical, obviamente: La felicidad de los Katakuris. Una película que contiene -tomen aire- musical -obvio-, muertos vivos, planos new age, monstruos de plastilina, un soldado que no lo es, un tsunami, un final animado y, obvio, la lista sigue.


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