

"Algo habrá hecho Haití, loco", me dijo en una amena charla de café Adalberto Fernández Moronio -capo de la intelectualidad cabomodorriense por el sólo hecho de leer Olé todos los lunes y simular entenderlo- al intentar encontrarle una explicación racional al despelote isleño que contribuyó a luchar contra el cambio climático extinguiendo las emisiones de dióxido de carbono de mucha gente que antes solía respirar. Acto seguido se clavó una Stella Artaud (la cerveza preferida del snobismo sesudo), se mondó una muela con la uña del dedo chiquito y dio inicio a una larga perorata sobre la importancia del agua en la navegación que terminó cuando alguien le explicó que la Guerra Fría no era una reyerta entre Riquelme e Insúa y que Coronel Pringles no era la Capital Nacional de la Papa Frita en Tubo. Herido en su orgullo, se inmoló comiendo 23 Guaymallén sin nada para bajarlos, pereciendo por violento atragante en cuestión de minutos.
Así fueron mis días y mis noches en Cabo Modorra: teniendo en cuenta la imposibilidad de ir a la playa por un raro fenómeno conocido como marea verde (provocado por el vómito simultáneo de cuatro millones de cornalitos cerca de la costa, más o menos por la parte en la que circula la Banana Flotante), y viendo que las chicas que nos invitaron a mí y a Aldo se fueron con el hermano de la Lopilato y nos dejaron en la calle, me dediqué a hacerme carne y uña con el entorno y conocer a los personajes más pintorescos de la insufrible localidad costera.
Iniciada mi recorrida, grande fue mi sorpresa al encontrarme a Horacio Pagani participando de una tradicional competencia ciclística del lugar conocida como el Tour de Lagarch, realizada anualmente para concientizar a la población sobre el riesgo subyacente en el acto de cruzarte en el camino de la Hiena Barrios. La prueba fotográfica a continuación.
La segunda noche estuvo signada por mi encuentro con un grupo de Hare Krishnas que vivían en la zona desde 1987, luego de que un avión que los trasladaba a Los Angeles se estrellara en la costa y no pudieran encontrar una moneda de 25 para llamar a alguien que los rescate. Desde lo alto del médano creí escucharlos recitar un mantra en sánscrito, pero al final resultó que se estaban emborrachando con sidra tibia y cantando "I Know You Want Me". "Lo nuestro es el hindi", me dijo Shawarma Tutuka, el líder carismático de la agrupación. Pero no, le entendí mal: resulta que lo suyo era el indie, y habían grabado un disco de hip hop telúrico llamado Sinfonía para 32 pelados que presentaron en octubre en Niceto y que recibió una calificación de 14 estrellas en Inrockuptibles por el sólo hecho de ser más raro que la mierda. Mal por mí, que no los conocía.
Pedro "Chirimbolo" Embón, otro trastornado espiritualoide autodefinido como "cerrajero del Dharma" y adorador de la diosa griega Sífilis, se llamó a sí mismo "andinista" y yo paré la oreja, porque siempre me interesó treparme a montañas. Pero no: el rótulo no obedecía a la pasión por la escalada sino a haberse hecho fan de Guillermo Andino en el Facebook, por lo cual pasaba sus días denunciando la presencia de estupefacientes. Lo cual no le impidió convidarme con un buen trago de Absolut Peyote, la bebida que tomaba Bush antes de salir a buscar a Bin Laden y la que tomaba Matthäus en la época de negociaciones con Racing.
Otra loca linda fue Graciela Serna, la hermana del Chicho (igual a él pero rubia), quien llegó a Cabo Modorra hace diez años tratando de huir de una maldición: se compró un disco de Cacho C*staña a doce mangos y antes siquiera de llegar a la caja para pagarlo le agarró un ataque de leptospirosis súbita, complicándosele así los planes que tenía para esa noche (tratar de conquistar el mundo). Mientras demolía un jubilado con una barreta me decía: "Yo me comí dos papas", lo cual no me pareció gran cosa hasta que me explicó que no hablaba de ingerir tubérculos sino de haberse pasado por la piedra a Pablo VI y Juan Pablo I, una verdadera hazaña de la sexopatía hereje. Con ella escuchamos música en un Winco propulsado por un hámster en una ruedita (recordemos que no hay electricidad en la zona) hasta las seis de la mañana. Me recomendó el tema "Viviendo sobre una mierda plana", que luego comprobé que se trataba de una mala traducción fonética de "Leaving on a Jetplane" de John Denver. Tan lejos no andaba.
Así llegó la hora de volver, y a bordo de un micro de la empresa Jebus que tenía trabado en el reproductor un DVD de Gianfranco Pagliaro (Live at Sexyniños) que sonó en repeat durante todo el viaje, emprendí el camino del retorno, dejando un pedazo de mi corazón en Cabo Modorra (porque me apuñaló un motochorro y zafé de casualidad) y prometiéndome a mí mismo pegarme un corchazo en cada rótula antes de volver a pisar esa inmundicia. Y de este modo volvemos, tostados y pobres, pero con muchas ganas de no quedarnos en casita y no armar más bardo hasta el verano que viene. Y de paso escribir acá, claro está.

Autor: Diego Mancusi

Rolling Stone Rock & Roll Daily

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