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Crónica de su show en el Luna Park

A-Ha en Buenos Aires: A boy´s adventure tale

Teníamos una duda: cómo sería un show de A-Ha en el 2010 cuando todos pensamos que sólo quedaba su recuerdo ochentoso. Poter fue y lo cuenta.

En junio de 1991, A-Ha vino por primera vez al país y yo fui a las boleterías del Luna Park a comprar mi entrada, pero no pude: me faltaban varios pesos para la más barata y sabía que no iba a poder conseguirlos pronto, así que, resignado, di media vuelta y fui a gastar mi bronca en el vinilo de East Of The Sun, West Of The Moon, por aquel entonces último disco de los noruegos que no tenía porque, claro, había ahorrado para el recital. Como otros pobres que se quedaron afuera, me resigné a verlos por TV en Ritmo de la noche, puteando por el playback (aunque un tanto aliviado de no haber pagado por presenciar ese vergonzoso look indio-chic que lucía Morten Harket en esos días).

Diecinueve años más tarde, volví al (ex) "Palacio de los deportes" por la revancha. En honor al pasado, y respetando mi presente económico siempre inalterable, saqué el ticket más barato (si hoy me alcanza para lo necesario, ¿para qué exagerar?). Esta sería la primera y última vez que vería al trío: justo en la gira que los despedirá para siempre de los escenarios y señala el final de una impecable carrera que incluye, entre algunos pequeños logros, el récord Guinness de asistencia en el estadio Maracaná, repleto de 198.000 fans, 38 top ones en el mundo y ser protagonistas del mejor videoclip de la historia.

No fui el único que hizo retrospectiva la calurosa noche de ayer. Harket, Magne Furuholmen y Pål Waaktaar-Savoy, secundados por un baterista y un tecladista, salieron a las tablas e iniciaron una cuenta regresiva de 25 años de hermosas canciones, que comenzó con el synth-pop de "The Bandstand" y "Foot Of The Mountain" (ambos de su último y gran álbum, afortunadamente editado hace días en Argentina), siguió con "Analogue", "Forever Not Yours" y avanzó hacia el pasado más conocido repasando toda la discografía (excepto temas del poco inspirado, aunque subvalorado, Memorial Beach, de 1993).

El afilado grito de "staaaaaaayyyyyy", del coro de "Summer Moved On", despertó la primera de las muchas standing ovations que Harket provocó durante el concierto. Pero con "Crying in the Rain" y "Stay On These Roads", el cantante hizo caer bombachas y volar los pocos pelos de las numerosas calvas que colmaron el estadio. No era para menos, ya que estábamos escuchando en vivo y en directo a una de las mejores voces masculinas del pop (y sí, señora, señor: suena igual que en el disco y sus agudos, aunque cuestan más a los 50 años, te siguen clavando el corazón).

A partir de allí, todo sería una colección de hits: "The Blood That Moves The Body" dejó a varios pidiendo una transfusión y, en "The Living Daylights", el público transformó a James Bond en un barrabrava, mientras un desaforado que tenía enfrente perdía cuerdas vocales y una fortuna en pulsos telefónicos transmitiendo el concierto vía celular a vaya a saber quién.

Hubo un pequeño reposo acústico, con las despojadas versiones de "Early Morning" y "And You Tell Me", pero después siguió el compilado ochentoso: "Scoundrel Days", "Cry Wolf", "Manhattan Skyline", "I've Been Losing You", "Hunting High and Low" y una kraftwerkiana "Train of Thought".

"The Sun Always Shines on TV" y la icónica "Take on Me", como debía ser, pusieron fin a la historia. Para mí, fue un hola con sabor a adiós. Pero bueno: así son las fiestas de despedida.

Por Maximiliano Poter

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