

Eso que ven ahí arriba y van a escuchar más abajo se llama Vandaveer. Es un dúo de folk de Kentucky (nada que ver con la pizzería) formado por Mark Charles Heidinger y Rose Guerin (dije que nada que ver con la pizzería, demonios). Debutaron en 2007 con un muy buen álbum llamado Grace & Speed y reincidieron hace apenas un par de meses con Divide & Conquer, uno de mis discos favoritos de todos los tiempos.
Wait... wut?
Sí, de todos los tiempos.
Pero ojo que yo también dudé, eh. Digo: no es un disco de ruptura, no es una revolución musical, no tiene nada que deje a Dark Side of the Moon a la altura de un grandes éxitos de Airbag. Pero es bueno. Jodidamente bueno. Se escucha de punta a punta. Sin salirse del estilo oscuro y acústico, cada una de las canciones me provoca algo diferente, algo que tiene mucho de dulzura y bastante de melancolía, una sensación que definitivamente disfruto y que extraño cuando no la estoy experimentando, forzándome a darle play una y otra y otra vez hasta que el último tema muere y... le doy play otra vez (porque encima tiene eso: lleva meses en heavy rotation y no se me agotó). Me sirve en casa cocinando un pollo y me sirve en el Microcentro cuando hago slalom de manteros a las chapas por Florida. Bueno.
Está claro que es personal y subjetivo, que soy un amante perdido del folk y que estos dos enfermitos conectaron directamente con alguna fibra oculta en mi cerebro y me cantaron justo lo que tenía ganas de escuchar: estaban en el momento y en el lugar adecuados. Pero la duda era: ¿tanto como para ser uno de mis favoritos ever? Y a partir de eso, otra pregunta: ¿qué tiene que tener un disco para que le permitamos entrar al sagradísimo panteón de nuestros favoritos, ese lugar en donde Led Zeppelin y los Beatles se fuman un puro mientras Joy Division se hace la manicure y Pescado Rabioso pela una banana con excelsa gracia y dedicación?
Y la verdad es que no lo tengo del todo claro. Porque lo que importa de los discos es lo que nos generan, así que con que sea bueno y nos guste mucho alcanzaría, pero igual: ¿tan bueno como para codearse con OK Computer? El que diga que no se lo plantea... no sé si le creo demasiado. ¿Cuántos años tiene el disco más nuevo de tu altar?
La cuestión es cuánto nos condiciona la nostalgia. Con el paso del tiempo, buena parte del rock no sólo se volvió su propio anverso en lo que a rebeldía respecta (chequear lo que decíamos en el post de Viejas Locas), sino que también vio como se revertía una de sus características más personales: el ansia de celebrar el hoy y el mañana. Si los rockeros originales hubieran endiosado el pasado como lo hacemos erróneamente a veces nosotros, jamás habríamos avanzado: todavía coparían la parada, cuanto mucho, los crooners tipo Sinatra. Porque sí, estaba bueno lo que hacían esos pibes de los Rolling Stones, pero... Frank es Frank, viste. Y sí, alguno dirá: "pero en esa época se hacía música de vanguardia para cambiar la historia, no como ahora". Y yo le responderé: "¿y eso no se logra aprovechando lo mejor del ayer para exprimir al mango el hoy y así poder disfrutar más del mañana?".
Así es como entró Vandaveer al rinconcito más sagrado de mi discoteca. No sé en qué lugar del Top 10, 50 o 100, pero tengo claro que tema por tema no es peor -al menos ante mis oídos- que el primero de Crosby, Stills & Nash, otro disco que no puedo parar de escuchar. Obvio: aquel implicó un salto cultural y social y eso lo valoro, mientras que de Vandaveer, en dos años, no se va a acordar ni Montoto, pero sigo sin comprender por qué tenemos que minimizar una obra artística por el sólo hecho de no estar inserta en un mismo contexto agitador que otras que la antecedieron (un contexto que, aparte, aceptémoslo, no volverá jamás). Es difícil que alguien patee el tablero como los Beatles a esta altura del campeonato porque la industria está demasiado en guardia, pero si alguien lo hace, bienvenido sea: seremos los primeros en alabarlos. El tema es: ¿lo dejaríamos?¿O lo desestimaríamos porque, meh, es un disquito del año pasado y se le notan las influencias por todos lados? Y en todo caso, ¿por qué no podemos enamorarnos perdidamente de los discos igual, aunque no demuelan el establishment? Y más aún: ¿y si lo nuevo llega gracias a lo que no tiene pretensiones de novedad? Insisto en que hay que respetar y valorar, pero también creo que es tiempo de desacralizar para poder darle entidad real a lo actual y no dejarlo morir bajo el peso del romanticismo y la nostalgia (que, además, suele ser bastante mentirosa). Así, las chances de que un día aparezca alguien que realmente cambie las cosas se agigantan.
"Mañana es mejor", dijo Spinetta, y la verdad es que parece una frase optimista hippona pero no sé si lo es tanto. Yo creo que más bien simboliza algo bien concreto y cierto: a que no perdamos esa visión rockera de las cosas que apunta a encarar lo que se nos presente con la esperanza de que nos genere sensaciones nuevas e intensas, a darle la chance a todo lo que nos rodea de que nos sacuda la mente de la misma forma en que nos la sacudió el primer tema de King Crimson que escuchamos. Después hay tiempo para desilusionarse, pero ponerle candado a las puertas antes de abrirlas es conservadurismo puro, y no hay nada menos rockero que el conservadurismo (y esto va para esos lectores que sólo se ponen contentos cuando en la revista hablamos de los monstruos sagrados de los 60 y 70).
Quizás debamos dejar de perseguir revoluciones gigantescas y aceptar que el cambio también puede llegar a partir de pequeños terremotos en los corazones. O quizás debamos callarnos, escuchar a Vandaveer y punto.

Autor: Diego Mancusi

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