
Podemos discutir sobre el ruido de la estrella zapatista rodeada de ese blanco, azul y rojo tan estadounidense como corporativo, pero para eso tendríamos que asumir que nos gastamos unos 200 pesos en una entrada en lugar de donarlo a los pobres y desposeídos (en una contradicción digna del Cómo ser buenos de Nick Hornby) y... ¿para qué? Mejor vayamos al punto y debatamos por qué estos tipos vienen a tocar exactamente lo mismo que en los 90 (recordemos que tienen sólo tres discos de estudio, representados en el setlist con un 40% para el debut homónimo y un 30% cada uno de los dos siguientes) siguen pateando culos mientras sus colegas del rap metal se reinventan (Linkin Park) o se vuelven una caricatura de sí mismos (Limp Bizkit).
El discutido hiato llamado Audioslave quizás tenga algo que ver, pero la verdadera respuesta está mucho más cerca: Rage Against the Machine tiene a Tom Morello, el único guitarrista del planeta capaz de usar la totalidad de su instrumento (el plug en "Testify", el clavijero, la palanca y el mástil en casi todos) y hacerlo chillar, gemir, sollozar, hasta lograr poner en un contexto moderno los riffs descangayados de Jimmy Page o Peter Green (el fraseo de "Know your Enemy" no tendría razón de ser sin el de "Oh Well" de Fleetwood Mac).
Y así como él es el motor de este bólido, el extrañado Zack de la Rocha es la carrocería: encargado de los discursos en su español maltrecho ("para los obreros de Zanón, obreros sin patrón", dedicó "Bulls on Parade", al tiempo que se manifestó feliz de tocar en la cuna guevarista antes del estallido final de "Wake Up"), se retuerce, actúa (el puente de "Bullet in the Head" es puro histrionismo) y grita como poseso para sostener un show que no ofrece un solo respiro (tampoco tiene demasiados matices, claro, pero la idea aquí es la arenga constante).
"Bombtrack", "Guerrilla Radio", "Calm Like a Bomb" y "Freedom" y "Killing in the Name" en los bises se suman al setlist de un concierto apabullante, generador de infinitos dolores de cuello -headbanging mediante- y, sobre todo, nostálgico en el buen sentido, por recordarnos una época pasada pero no olvidada: aquella en la que el rock al menos pretendía ser peligroso.
Josh Homme en vivo te lobotomiza. Pensar que pasaron casi diez años desde su primera y única visita al país al frente de Queens of the Stone Age, cuando recién habían editado su aclamado Rated R y cuando escuchar "Feel Good Hit of the Summer" aún era novedad. Pensar... Ahora, una década más tarde -más discos, más Desert Sessions en el camino, más de su carrera infinita como productor o con Eagles of Death Metal o con el supergrupo Them Crooked Vultures-, resignificado, el valor agregado es infinito: Josh Homme en vivo te deja tonto, te da vuelta, te exprime el cerebro, te lo sacude, te lo destruye y te lo vuelve a poner en su lugar y hace como si nada hubiera pasado. Desde su posición arrogante tan incuestionable por merecida, su apariencia algo avejentada pero siempre impecable (jopo rojizo, barba de tres días), el virtuoso, vertiginoso violero, el compositor envidiable, el héroe, dispara riffs y ametralla punteos veloces, mientras suaviza cada track con su entonación amable, afinada, en perfectas condiciones. Habla poco pero insiste en el típico "¿La están pasando bien?", esboza unas palabras en español, fuma otro poco y se dedica pura y exclusivamente a rockearla. Y lo hace: digita con velocidad asombrosa, se mueve sabiendo que el escenario es suyo, a pesar de estar un tanto condenado a ubicarse detrás de su micrófono de pie.
Después del show del chileno Alain Johannes, que colaboró con la banda desde Rated R y fue el responsable de confirmar esta fecha vía Twitter, el listado, claro, comienza con el himno explícito "Feel Good Hit of the Summer": "Nicotine, Valium, Vicodin, Marijuana, Ecstasy and Alcohol" y "C-c-c-c-c-cocaine", en la boca de todos (en la nariz, en las venas...). La explosión es inmediata, y sigue con otra del festejado álbum que acaba de ser reeditado debido a su décimo aniversario, Rated R: "The Lost Art of Keeping a Secret". La lista, casi idéntica a la que venían haciendo en el resto de las fechas de la gira, hace un recorrido veloz a través de sus grabaciones. "3´s & 7´s" y "Sick Sick Sick" de Era Vulgaris; "Burn the Witch" (Homme pide palmas pero falta la voz profunda de Lanegan, para contrarrestar pero sería mucho pedir...) y "Little Sister" de Lullabies to Paralyze y termina con la tríada mortal de Songs for the Deaf: "Go With the Flow", "No One Knows" y "A Song for the Dead".
Promediando la hora reglamentaria, "Long Slow Goodbye" pegada a "In My Head" hace que la adrenalina se estabilice. Pero la meseta dura pocos minutos; el resto, o mejor dicho, la suma, el resultado de la adición de las partes virtuosas, es explosión de oídos: el bajo de Shuman (el pelado Oliveri en el recuerdo), la batería de Castillo, la viola de Van Leeuwen... Por las dudas, por si pasan otros diez años más: estas canciones, talladas en nuestra corteza cerebral y habiendo dejado aquel insondable surco, nos las llevamos a la tumba.
Barilari | El cantante de Rata Blanca pomelizó y polemizó con dos declaraciones, antes de seguir haciendo headbanguear a los pocos presentes que se agrupaban frente al escenario secundario. "Esperemos que no llueva y si tienen calor, pedimos que llueva y se va todo al carajo porque ¡esto es rock and roll!!!!" y "Le pedimos al gobierno que se ponga las pilas y que haga algo por todos ustedes" (?), gritó y se dedicó el también a agitar su melena recuperada. ¿El eje de su set? La presentación de algunos temas de su último disco Abuso de poder ("Miedo a sobrevivir", "Algo mágico"), una placa que lo muestra con un sonido más aggiornado, lejano del metal clásico que cultiva en la banda que co-lidera con el virtuoso Walter Giardino.
Alain Johannes | En lo "familiar" está innegablemente unido, ya que no sólo colabora con Queens of the Stone Age sino que también forma parte de Them Crooked Vultures junto a Josh Homme, Dave Grohl y John Paul Jones. Pero en lo estilístico... bueno, quizás no tanto: el chileno presentó sobre el escenario principal su flamante disco Spark, dedicado a su esposa fallecida, y su rock acústico y tristón (interpretado en soledad, con una atípica guitarra cúbica de fabricación casera) quedó un tanto a contramano de la enérgica propuesta del día. Sin embargo, la audiencia arengada que esperada a QOTSA mantuvo el respeto, y para quienes se mostraron dispuestos a escuchar la satisfacción fue grande.
Los Natas | El aire libre y los mega-escenarios le complican a Los Natas el cuelgue místico que suelen proponer, desde la zapada estirada y el apoyo visual, en encuentros más íntimos bajo techo. De modo que, ¿cómo solucionar tal inconveniente? Echándole nafta al fuego, claro: cómo cada vez que le toca presentarse en festivales, la banda de Sergio Ch. exprimió al extremo su veta riffera, muy presente en sus últimos trabajos El nuevo orden de la libertad y Solodolor. Con una convocatoria y un feedback que no tuvieron nada que envidiarle a los números centrales, el trío ofreció lo más violento y valvular de su repertorio, llegando al punto cúlmine de la crudeza en el cierre con la oscura "Meteoro 2028" de Ciudad de Brahman. En suma: cada vez más rápidos, cada vez más furiosos.
Por Diego Mancusi y Yamila Trautman

