

Señores: no voy a venir yo a contarles por qué está cortado el tránsito en Plaza de Mayo... salvo que se hayan pasado los últimos dos días encerrados en el ladrillo hueco que usó el abuelo para esconder los australes antes de espichar, más o menos deben tener una idea, ¿no? Como sea: de repente pasan estas cosas y uno no sabe para adónde agarrar. Si te mostrás dolido, te cae el Eje del Mal y te acusa de perpetuar las mafias repartidoras de choripanes con chimichurri, o sea, de bancar el chimitráfico. Si se te ocurre criticar un poquito, ah... ahí nomás viene el Eje del Bien -que a veces hace quedar al del Mal como La Liga de la Justicia, ojo- y te revolea por la cabeza un yunque completamente relleno de aceptación, pluralismo y tolerancia. "¿Qué hago?", pensé. ¿Y qué hice? Me calcé la peluca y el frac, lógicamente... le puse aceite a las rueditas de los patines y me fui a ver a mi amigo Orlando Barone, que de estas cosas entiende bastante.
"Mancu, querido, pero qué tragedia", me recibe Orlando, saliendo de una casa de tatuajes. "Es que quise recordar al compañero en su paso a la inmortalidad", me dice, y me muestra el pecho con un tatoo de un señor musculoso, de largos cabellos al viento y los dos ojitos completamente alineados. "Pero... Orlando... este no se parece mucho a...". "No Mancu, me extraña" -me interrumpe- "¿no sabe usted que el patrón es siempre joven y bello? Mire éste que me hice de Ernestina en la espalda en el 76... dígame si no está igualita a Raquel Welch". Y sí, la verdad que estaba linda la señora. Sin poder agregar nada, le dejé dicho que si Sandra Russo necesitaba consuelo me pegara un tubazo tranquila, y salí patinando para el lado de la Recoleta.
Paso por La Biela y estaba cerrada, pero paro la oreja, espío para adentro por el agujerito de la cerradura y los veo: Dé Narváez, Macri, Carrió y unos cuantos más en plena jarana. Me asomo y me recibe el Jefe de Gobierno, que tenía una faja de clausura en la mano, lista para usar, por si alguno llegaba a prender un fósforo. "Mauricio, ¿no será mucho?", le digo. "Pero Mancu, ¿qué dice? Si llevo en mis oídos la más maravillosa música, escuche... uooooh uooooh uoooh, apretados, microdancing", me contesta, mientras intenta sacar a bailar a Gabriela pero se acuerda de que no es lo más conveniente.
Tratando de sacarme el collar de flores de plástico que me pone al cuello y tirando a la basura el espantasuegras que mete de prepo en la boca, enfilo para el baño y me abaraja Lilita. "Mancu, no me diga que esto no es justicia divina. Es el fin de una era de pecadores y asesinos abortistas satánicos, culpables de calamidades como la injusticia social, la desnutrición infantil, el ataque sistemático a la prensa, el obsceno aumento de la lechuga criolla y el último de Chayanne". Yo, que ya a esta altura quería tirar la bomba de humo y aparecer en Kuala Lumpur pero tenía miedo que Mauri me clausure por eso, me hago el sota y sigo encarando para el toilette, donde me espera Lanata poniendo cara de compungido y, al mismo tiempo, convidándome una copita de champagne.
Después de hacer lo que tenía que hacer (tampoco le voy a dar tantos detalles) salgo de raje para el lado del Centro, donde me cruzo con una marcha en la que iban los muchachos del Sindicato de Camioneros, más atrás los del gremio de la Construcción y, por último, un montón de purretes con el pelo parado, alfileres de gancho y la cara pálida. "Es que somos punks, Mancu. ¡Y estos karetas nos robaron la K! ¡La K es nuestra, karaduras!", grita el que lleva la bandera más grande, que a la media cuadra se aburre y se va a Garbarino a comprarse una Blackberry.
Entonces llego a la Londres y me encuentro con un grupo de intelectuales K encabezados por Florencia Peña y Esther Goris, lamentándose de cómo se les escapó la idea de tentar a Tristán para que haga la gran William Campbell. "Y sí, la verdad que dormimos, Mancu. Pero ya estamos pensando en el futuro, ojo", me dice Flor y me muestra un afiche de la Juventud Cultural K 2011 liderada por Silvina Escudero y Ricky Martin, bajo el lema "crocs sí, libros no". "Usted se tiene que sumar, Mancu. Queremos convencer a todas las plumas", por poco no me grita. "Pero Flor... ¿en qué quedó eso de combatir la concentración de medios?", le digo, y ella siempre tiene una respuesta para todo: "Y está bien, seguimos queriendo combatir los monopolios, Mancu. Ya fue el monopolio: lo que sale ahora es el monopolsky. O sea, nosotros garantizamos el pluralismo ideológico: si estás con nosotros, te permitimos pensar cómo quieras. ¿Le parece mal?". Sin saber qué contestarle, meto un medio giro a la izquierda -de casualidad, eh, no se crean que Marx tiene algo que ver con esto- y me choco contra mi amigo José Yahoraquehacemos, vestido de traje y arreglándose el peinado frente al espejo. "Es que Cristina de vuelta en el mercado, Mancu. Usted me entiende, ¿no?", me dice guiñándome un ojo, y después me regala un preservativo con la leyenda "úselo tranquilo que es de los buenos: los pinchados están ocupados escribiendo editoriales".
Me escapo, hago media cuadra y me encuentro con Felipe Solá en persona, repartiendo volantes con los que condenaba la decisión oficial de no levantarse a saludar a cada uno de los invitados. "Siempre la misma soberbia, el mismo autoritarismo. Vinieron presidentes de todo el mundo y nada... ni un mínimo gesto, una sonrisa, na-da. Después nos quejamos si estamos aislados como Cuba. Así no se construye la Nueva Argentina, ¿o no, Mancu?", me largó mientras se acomodaba el pañuelo que llevaba en el cuello con la sigla SRA bordada, que según él quería decir "somos re argentinos", pero no sé, no estoy del todo seguro.
Y hasta ahí llegué nomás, porque los patines se me traban en el ripio de la plaza, y no sé por qué, de golpe, me acordé aquello de que "no es que nosotros seamos buenos: es que los otros son peores". "Qué vigente, cuánta lucidez", pensé. Tan vigente... ¡que funciona para los dos lados! Por eso les digo, mis queridos chichipíos: la neurona atenta, a seguir laburando, vermouth con papas fritas, y... good show!
(Ni se gasten en decirme que no le llego ni a la mugre de las suelas de los tamangos: ya lo tengo bien en claro. Es que, cuanto pasan esas cosas, uno no puede dejar de extrañarlo).

Autor: Diego Mancusi

