

Hace un tiempo un comentarista (ya no recuerdo quién) me increpó porque uno de los personajes recurrentes de Pop Life (ya no recuerdo cuál, con lo cual queda fehacientemente demostrado que tengo una memoria de mierda) no le causaba gracia, instándome a abandonarlo en pos de otros con mayor potencial de lulz. Mi respuesta fue que no, que lo seguiría usando porque a mí sí me hacía reír, porque la premisa guía de Pop Life ha sido esa desde el principio: que el autor se divierta, y tratar de que los lectores se interesaran en ello. Pese a que el feedback siempre se apreció y las sugerencias se tuvieron en cuenta, el blog jamás se armó en base a "lo que pide la gente", un concepto que no me cierra porque entiendo que quién está en posición de comunicar (un periodista en este caso, pero también puede aplicarse a un músico, un cineasta o lo que sea) es quién debe proponer para que la persona que está del otro lado disponga (más allá de que hacer felices a todos es más jodido que hacerle entender Sartre a La Niña Loly). Si no, dije aquella vez y lo sostengo, esto sería "blog chabón", y no es mi onda.
Pasaron dos años y tres meses desde aquel primer post en el que abríamos el paraguas para abarajar la lluvia de puteadas por introducir a la web de Rolling un contenido que, para quien se queda en lo superficial y no lee entre líneas, puede resultar un tantito más frívolo que, digamos, una nota sobre Led Zeppelin, el cambio climático o los sabañones de Obama. Entre aquel momento y éste, nos hemos desgraciado de la risa tupido, ustedes y yo, como la buena comunidad que supimos construir, hermanados en nuestro afán de escribir y leer pelotudeces. Y todo funcionó, hasta que la premisa de la que hablaba más arriba entró en corto y... that joke isn’t funny anymore.
¿Qué quiero decir con esto? Que habiendo superado los quinientos posteos diarios, no hay manera de conservar la frescura. Desde mi lugar no siento que haya caído la calidad del blog (eso lo dirán ustedes, sátrapas), pero sí siento que ya no tengo muchos más caminos para sorprenderlos. El ritmo de trabajo es agobiante: más de una vez me han preguntado cómo hacía para encontrar algo de lo que hablar todos los días, y yo no supe qué responder. Bueno, ahora directamente ya ni sé cómo ponerlo en práctica: sostener durante tanto tiempo un espacio en la web de Rolling Stone -con el nivel que ese nombre implica- no es sencillo, y menos cuando uno crece profesionalmente y se ve obligado a diversificarse (y a laburar unas 27 horas por día) para aguantarle los trapos a ese crecimiento. Y no, me niego a chorear, me rehúso sistemáticamente a hacer posts de dos líneas en quince minutos para zafar (alguna vez lo he hecho... me refiero a convertirlo en costumbre) y así malograr algo que, mal que mal, ha representado una fuente de alegría y loca, loca diversión para mí y supongo que para varios de ustedes también.
Por todo esto, señores (y uf, les juro que se me complica escribirlo), entramos hoy en la última semana de Pop Life (sí: justo cuando viene Macca, esto se va al cuerno, ¿no es re zarpado?). A partir de mañana nos dedicaremos a repasar lo mejor y lo pior de estos dos añitos y pico, y el viernes nos iremos por la puerta grande. Agachaditos y con una barba falsa para que no nos reconozcan, pero por la puerta grande al fin.
En fin: sepa disculpar las molestias ocasionadas. Como dijo el papá de Milhouse cuando le cerraron la puerta en la cara: "Volveré... tal vez". Mañana la seguimos.

Autor: Diego Mancusi

