

Frutillita ideal para este gran postre colectivo que fue, es y será (hasta mañana) Pop Life, no podíamos mantenernos al margen de la visita de Macca, aún cuando quien esto escribe siente que los Beatles no inventaron nada y que los verdaderos revolucionarios del rock en los años ’60 fueron los Dirty Bidets, oscura banda británica cuyo single debut (y despedida) "Go Fuck a Goat" fue comprado y posteriormente tirado a la basura por ocho personas, cinco de ellas de ascendencia mormona (como verán, estoy haciendo mérito para que los taringueros sigan entendiendo todo literalmente y se indignen con lo que queda de mí).
Previo a asistir al concierto tuve que superar ese escollo llamado Roberto, quien ya pasó por las fases de negación constante, ACV, aceptación, frío, sueño y miedo. Ahora sólo se manifiesta, simplemente, con la soltura y la excentricidad de una persona cualquiera que viva en Hurlingham.
MANCUSI: Roberto, eh, viejo zorro, dame una entrada antes de que me vaya.
ROBERTO: Andate a sobar la renegrida torcaza de tu tía la malparida que se sienta arriba un palo encerado a mirar cómo se entroncan a tu prima la rapidona veneradora de angoleños de Viagra. Y ni una coma te pongo.
M: …
R: ¿Vos quién sos?
M: Mancusi.
R: Hola Miguel.
M: Nah.
R: Bueno, tomá una entrada.
M: Graciavó.
Llegué en el mismo bondi con la Asociación de Rolingas Profesionales del Conurbano Bonaerense, quienes se dirigieron en caravana al Monumental y al llegar, miraron bien y dijeron "uh, cualquiera, que boludos", para emprender retirada nuevamente con sendos sambuches de salchichón en las manitas. Habiéndole dado el último VIP de prensa a Mariano Grondona, los organizadores se vieron obligados a hacerme entrar por una puerta lateral cerca de la cual, hasta ayer, Cappa todavía seguía agarrado a la pared mientras dos monos intentaban sacarlo por la fuerza. Ingresé, finalmente, y llegué justito para ver el acústico de Andrés Ciro Martínez, quien estrenó su tema "Ni yo sé qué carajo estoy haciendo acá" para desazón de la familia mccartiana que lo miraba como miraría, por ejemplo, a Stephen Hawking jugando al vóley. De todas formas, cabe aclarar que la primera elección para telonero fue La Renga, pero luego fue desestimada porque a Paul le traía malos recuerdos sentimentales.
Y allí, el desastre: a apenas minutos de comenzar el show del ex Beatle, mientras éste tocaba un tema que yo no conocía pero que por alguna razón repetía "shit, turururú, shit", acepté el convite de una supuesta Mento-Lyptus de mi vecino de asiento, un hippie de unos 72 años vestido con un chiripá y una remera con la cara de Julia Zenko comprada en la mesa de saldos de Lee-Chi. Debí sospechar, principalmente por su atuendo y su apariencia, pero también un poco por el hecho de que gritaba "drogas, drogas, droooogas para todos" continuamente, que la pastilla en cuestión quizás podía tener algo más que un refrescante sabor mentol. Efectivamente, la golosina poseía un concentración exagerada de lisergia que, ni bien ingresó en mi organismo, me sumió en la más abyecta de las pesadillas: de repente, las 45 mil personas que poblaban el Monumental pasaron a tener, ante mis ojos, la cara de Adrián Dárgelos. Incapaz de resistir semejante visión, corrí en dirección el stand de la Cruz Roja, donde perdí el conocimiento hasta hoy, cuando desperté semisumergido en la fuente de Córdoba y 9 de Julio, cerca de un croto que decía ser el Rey Lagarto.
Poco es lo que puedo decirles, por ende, del concierto en sí: sólo que el minuto y medio que vi fue tirando a grosso, y que jamás acepten Mento-Lyptus de hippies porque les pueden poner cosas feas. Por lo demás, yo qué sé, es esto y mañana nos dedicamos a otra cosa.

Autor: Diego Mancusi

