
Empecemos por el final: todo terminó en la época de los compilados Sol & Rock, simpáticos compilados en cassette de dudosa coherencia artística (Pink Floyd, Outfield... da lo mismo) editados a fines de los 80, en los que las discográficas locales embutían todo lo que viniera de afuera, tuviera guitarras eléctricas y guardara cierto potencial veraniego. También, más o menos por la misma era, Los Fabulosos Cadillacs y Los Pericos se erigían como los créditos autóctonos de la musicalización de la temporada calurosa, flexibilizando la concepción argentina de rock con sus fuentes jamaiquinas pero, al fin y al cabo, manteniéndose dentro de los márgenes de una cultura que ya desde sus primeros palotes coqueteaba con el estío, con los autos y las chicas de Chuck Berry, las tablas y los amores fulgurantes pero efímeros de los Beach Boys y el bajón de Eddie Cochran en su "Summertime Blues". Y entonces pasaron cosas.
Hasta acá, el tema del verano (léase: esa cancioncita que se repite hasta la demencia durante tres meses, en forma de cortina de programas de TV, estela de cupés que pasan a las chapas con el estéreo en 11 y quizás hasta de joya del repertorio de algún banana con criolla en la playa) era rock, básicamente porque la juventud que quería broncearse y levantar minas/pibes era rock. En las discos de Mar del Plata sonaba The Cure, te juro, y nadie se lo cuestionaba demasiado. Pero un buen día dos elementos se confabularon para terminar con el monopolio. Uno de ellos fue la electrónica, "tecno" por aquel entonces, propulsada por una radio llamada Z95 que nos mostró, ponele, a Haddaway. Y el otro fue la música latina, otrora terreno de crooners con entretejido que daban cenas show en Michelángelo y, de Luis Miguel para acá, motivo de revoleo sabrosón para chicos y chicas que cuando el Pity pregunta "¿Quieren aaaroaack?" responden "Mmm... nah, dejá".
"Batida de coco" de Derek López (1996) es un hito: la cumbre de la tilinguería argentina envidiando a los hermanos brasileños y tratando de que se note lo menos posible, resonando antes de los cortes en Nico y arengando a la frotación en boliches, pero también al trencito para tías mórbidamente obesas. Otro: las recopilaciones de Energy 101, emisora de punchi non stop que siempre colaba algún tema de "marcha" entre los más oídos de la temporada en Santa Teresita con el cuento de que el intérprete la estaba rompiendo en Ibiza. De ahí en más tuvimos meneaítos varios, tuvimos cumbia de todo tipo, tuvimos la salsa plástica de DLG y tuvimos al reggaetón, primero con la gasolina de Daddy Yankee y después -año pasado- Pitbull, que se valió de Ricardo Fort para imponer su ininteligible "I Know You Want Me" (y amenaza repetir este año con "Bon bon", una reformulación del macanudo "We No Speak Americano", o pa-panamericano, de Yolanda Be Cool, pero con una letra que dice "Bon bon, quiero estar contigo"). Y lo más parecido a un tema del verano rockero fue "International Love" de Fidel en 2009, lo cual es... bueno, cada uno sabrá.
Por todo esto, soñando con tiempos más prósperos y utópicas temporadas estivales en las que no nos persigan tonadas demasiado exasperantes, nos animamos a elegir tres canciones que, no cabe duda, no serán el tema del verano en la concepción más masiva y tuneada del término, pero sí tienen el empuje y la alegría suficientes como para gustar entre quienes quieran darle play a sus MP3 con auriculares en busca de un consuelo contra aquello otro. Como en la publicidad de celulares, la del "te clavo la sombrilla", esa que criticaba al tema del verano y terminó imponiendo... el tema del verano.
Por Diego Mancusi
Para salir a la ruta: "Down by the Water" - The Decemberists
Para la noche: "Fuck You" - Cee-Lo Green
Para la playa: "Sweetness My Weakness" - Ronnie Wood

