Último momento

 

Leer en

 

Noticias

09.02.2011 | 18:00

El caso Marcelo Bernasconi: sangre de amor correspondido

En un pueblo rural de la provincia de Buenos Aires, un gay enamorado de 18 años mató por la espalda a su madre y a su hermano; las piezas oscuras de un crimen que parece escrito por Manuel Puig

Fotos de Diego Sandstede

 Por Javier Sinay

I.

"Soy Cristian Marcelo Bernasconi y nací el 6 de febrero de 1990 en Magdalena. Me crie en el campo. En mis primeros años jugaba a la casita y mi mamá me compraba ollitas de plástico. Sé que ella quería tener una nena, porque ya tenía un varón, pero nací yo. Mi mamá, Juana Alicia Pérez, era de esas personas frías que asustan con la mirada. Mi papá, Carlos Héctor, que trabajaba todo el día, era muy bueno [murió de cáncer a fines de 2007]. Con mi hermano Carlitos tuvimos una infancia un poco distante porque él era diez años mayor y nunca quiso jugar conmigo. «No somos compinches», me decía. Y nunca lo fuimos. Cuando falleció mi papá me hice cargo del trabajo: me levantaba a las cinco y media, ordeñaba las vacas y hacía masa para muzzarella. A las ocho salía en caballo a recorrer las 525 hectáreas y trataba de terminar a las diez y media para cocinar. Después lavaba los platos y limpiaba la casa, y a eso de las dos y media ya me iba a apartar las vacas para hacer el tambo. A las cinco encerraba a las ovejas en dos corrales y le daba de comer a los chanchos. Al final del día cocinaba la cena y lavaba los platos. De muy chico me di cuenta de que me gustaban los hombres, pero confesar que uno es puto en el campo no era tan fácil. No sabía cómo decírselo a mi mamá y a mi hermano hasta que tomé coraje. Como era de suponerse, los gritos de ella casi levantan el techo de casa. Ese día empezó el infierno que me terminaría trayendo al pabellón de homosexuales de la Unidad 32 de Florencio Varela."

II.

No pasó tanto tiempo, pero la fotografía ya está vieja. La guarda celosamente la tía de Marcelo y, aunque no cruzan palabra desde hace rato, él sabe que algún día recuperará esa imagen. Todavía la recuerda bien: luce el primer vestido que le regaló su madre. Es de una tela blanca con detalles celestes y rojos. Marcelo era hermoso como una muñeca. Y su madre, Alicia, le compraba vestidos, maquillajes y collares. A los 4 años Marcelo jugaba a juegos de nenas, solo y feliz. El tiempo pasó rápido: a los 11 miraba con admiración ingenua a los hombres que lo rodeaban. A los 12 llegó el debut sexual con un compañerito de escuela que terminó repitiendo de grado por la excitación y la confusión que le produjo el acontecimiento. Diez años más tarde, aquel compañerito está casado y guarda el secreto de su despertar sexual. Marcelo, en cambio, se sintió liberado cuando a los 15 años empezó a contarles de su orientación a sus amigas. Siempre había temido que ellas se enamoraran de él: era mucho más sensible que los otros chicos de campo.

III.

Un celular algo castigado conectaba a Marcelo con el mundo y con los otros gays que vivían en el triángulo comprendido entre las localidades de Oliden, Poblet y Bartolomé Bavio, en la zona de Magdalena, en plena pampa húmeda. Los números de teléfono circulaban entre todos y, en la noche del 24 de enero de 2009, un chico que tenía 19 años le escribió a Marcelo. Cualquier SMS podía funcionar. El puso: "Hola, me llamo matias, soy de bavio. Me paso tu nro edgardo". Fue suficiente para que al día siguiente, cuando Marcelo prendió su teléfono a las ocho de la mañana, le respondiera con entusiasmo. Intercambiaron mensajes de texto durante toda la semana. El fin de semana siguiente comenzaba el Carnaval y Marcelo no se lo iba a perder. Fue al corso con su carroza, la de Los Locos de la Ruta, en busca de la felicidad: ahí se podía poner tacos, vestido, peluca y antifaz, y divertirse delante de todos y con todos.

En el corso del domingo 1º de febrero de 2009, a las ocho y media de la noche, Matías -que también estaba disfrazado de mujer- le envió un nuevo mensaje: "Estoy en la Esso con dos chicas". Finalmente se iban a conocer. Disimulados entre la multitud disfrazada burlaron su moralina. Marcelo llegó al pequeño playón de dos surtidores donde lo esperaban tres chicas. Matías era una de ellas, pero ¿cuál? Cuando la más alta dio un paso adelante descubrió que era su hombre. Y que, vestido de mujer, no estaba mal. Conversaron sentados en la vereda mientras los vecinos bailaban y se echaban espuma. La charla era de palabras cortas y miradas largas. Después se sumaron a la fiesta y más tarde, aprovechando la distracción de la madre de Marcelo (que no lo dejaba juntarse con chicos), decidieron apartarse y caminar solos por la estación de tren abandonada. Los candidatos que aparecían por mensaje de texto solían ser mediocres, pero Matías parecía diferente. Y al final de la noche Marcelo echó los dados: "Me gustás, ¿no querés ser mi novio?". El otro se sorprendió: "¡Pero si recién nos estamos conociendo!". Marcelo pensó que había fracasado hasta que dos días después se volvieron a ver y entonces Matías retomó el tema: "La respuesta a tu pregunta es sí". Marcelo ya se había olvidado del asunto. "Eh, sí. Que quiero ser tu novio", le aclaró su chico.

IV.

Casi dos años después de aquella declaración de amor, la estación de servicio Esso está vacía. Son las dos de la tarde en el pueblo de Bartolomé Bavio y la mayoría de sus dos mil habitantes duerme la siesta para cobijarse del sol, que brilla con fuerza. Las calles son anchas y el olor a campo asalta en esta localidad de lo profundo de la provincia de Buenos Aires. Matías ofrece un paseo: en su itinerario rodea los vagones desmantelados y devenidos en hogares populares, el cementerio espontáneo de vacas -una colección de cráneos y costillares que yace al lado de la escuela agraria-, la iglesia prolija y vacía y el bar abandonado que aún exhibe la caricatura de un gaucho borracho. Aunque parezca poco, éste es su pueblo y le gusta. Este era, también, el pueblo de Marcelo. Y el teatro de la historia de amor que los unió durante cuatro meses.

Marcelo y Matías se habían animado a confesar su homosexualidad ante su pequeña sociedad -incluso antes de amarse- y tuvieron que aprender a soportar los comentarios por la espalda y las cargadas. A Marcelo le gritaban en la calle su apodo: "¡Marilyn!". Y él tal vez juntaba rencor. Pero nunca explotaba. "El qué-dirán existe", asegura Matías, que trabaja como peluquero a domicilio. "Te señalan y te juzgan sin conocerte, por eso los gays no quieren abrirse. Pueblo chico, infierno grande: siempre es la misma mierda."

Marcelo no tenía demasiados amigos. Todavía guardaba algo de aquel niño solitario que había sido: en la escuela era tan callado que pocos de sus compañeros se dieron cuenta de sus evidentes modos afeminados. En los recreos se quedaba sentado hasta que sonaba el timbre de regreso. Y sólo confiaba en sus amigas: a ellas les contaba que era muy enamoradizo y que en su vida aparecían nuevos chicos todo el tiempo.

V.

".Mi papá se había dado cuenta de lo que me pasaba y siempre me resguardó tratándome como a una nena y cuidándome. En 2007, antes de que se muriera de un cáncer, nos unimos más que nunca y le conté mi verdad. Mi mamá y mi hermano no sufrieron tanto la pérdida. A la semana mi hermano se fue a una fiesta y mi mamá hacía pantomimas delante de la gente. Cuatro días después del fallecimiento, yo estaba llorando en el cuarto y ella me preguntó qué me pasaba. Insistió hasta que le empecé a contar el secreto que había compartido con papá. «¡¿Qué?!», me retó. «Que soy gay y me gustan los hombres». ¡Ay, para qué! Ella estaba acostumbrada a mi personalidad de nena, pero creo que nunca abrió los ojos para decir: «Este es rarito». A mí también me sorprendió que ella se enojara. Al otro día le conté a mi hermano, buscando su apoyo, pero fue igual o peor. Me respondió: «Cuando eras chico te tendríamos que haber tirado al chiquero de los chanchos para que te comieran, ¡sos un enfermo!». Desde ese día siempre me retaban, me insultaban, me miraban de mala manera. Me controlaban la plata que gastaba, mi forma de vestir y las llamadas que hacía. No me dejaban salir solo. Pero yo muy pocas veces contestaba. Solamente agachaba la cabeza y salía al campo a llorar."

VI.

El infierno familiar del que tanto hablaba Marcelo sorprendió a muchos en Bavio. "Cuando iba a la casa, yo veía que se querían mucho", cuenta una de sus amigas durante un recreo en la fábrica de lácteos donde trabaja. "Marcelo le vivía haciendo regalos a la mamá: ropa, anillos, cadenitas. Y ella lo mismo a él: si se le antojaba un celular nuevo, se lo regalaba. Tenían una relación muy especial. Pero no sé qué pasaba cuando nadie los veía."

Matías conoció la intimidad del hogar. Y recuerda que a Marcelo nunca lo dejaban solo. Lo vigilaban. La madre había decidido que todos dormirían juntos, en camas separadas pero en la misma habitación, para controlarlo de noche.

Sin embargo, un domingo a la tarde, aprovechando que su hermano Carlitos estaba pescando y que Alicia se había quedado dormida, Marcelo los burló. Dejó de lado el mate y le propuso a Matías abandonar la cocina, adonde les estaba permitido verse, para adentrarse más allá. En el cuarto vacío que alguna vez había ocupado con su hermano, Marcelo tomó conciencia de que el cerco volvería a cerrarse pronto y le regaló a Matías un beso prohibido e intenso. Pero el estrépito de la puerta los interrumpió. Ahí estaba su madre: los había descubierto. Su rostro cargaba una expresión de piedra y óxido. Su mirada opaca los fulminó. Sus labios finalmente se separaron para regañar al hijo. Alicia fue breve. Podría haber sido peor, pero Marcelo ya estaba malherido con cicatrices que nunca cerraban. Y le dijo a su novio que debía irse. Desandaron el camino de tierra hasta la tranquera y pasaron el cartel de madera roída donde se leía "El Rosario". Ahí, al borde de la ruta, se despidieron con otro beso, teloneado por la marcha veloz de los autos.

VII.

La noche del 25 de mayo de 2009 fue la peor. Alicia y Carlitos no le creyeron a Marcelo que había salido con su amiga Marta, la de la fábrica de lácteos. Creían que se había ido con uno de sus chongos y querían que lo admitiera. Pero él se mantenía firme: "¡Me fui con Marta!", gimoteaba. Su madre y su hermano lo asfixiaban. La situación era tensa. Puto de mierda. Enfermo. Mentiroso. Puto de mierda. Hasta que Marcelo vio que su única salida era la cama. Y cuando su madre y su hermano llegaron al cuarto, él -que no podía pegar un ojo- se hizo el dormido. Finalmente cayó en el sueño, pero a las tres de la mañana se despertó y ya no pudo volver a conciliarlo. Oculto en la negrura de la noche, sufrió disimulando su lamento.

Al día siguiente, martes 26 de mayo de 2009, las cosas empeoraron. A las seis menos cuarto los tres estaban de pie. La tortura continuaba con más acusaciones y recriminaciones. Puto de mierda. Enfermo. Mentiroso. Puto de mierda. Su hermano todavía seguía insultándolo cuando Marcelo terminó de ordeñar sus tres vacas. Luego contaría que en ese momento sintió un calor muy fuerte en su cara. Y que entonces su mente se eclipsó.

VIII.

"Hay una nube en mi memoria. Y cuando vuelvo en mí estoy lejos de casa, corriendo por el campo, transpirado, con un arma en las manos, preguntándome qué es lo que acabo de hacer y sin animarme a volver. No tengo casi ningún otro recuerdo. Apenas alguno de mi hermano. Y de mi mamá nada, aunque me dijeron que la maté primero a ella. De mi hermano puedo decir que estaba a una distancia de unos tres metros, de espaldas, en el corral de ordeñe. Recuerdo el sonido del tiro y el instante en el que los pájaros salieron volando con su retumbe de aletas."

Leé la nota completa acá

Quienes leyeron esta nota, también leyeron: