
El final, a la medianoche, fue la primera desconexión de la estación espacial 360°, sede La Plata ("Donde las calles tampoco tienen nombre"), mientras los teléfonos de medio Estadio Único tarareaban la balada "Moment of Surrender" y las cabezas empezaban a zumbar la resaca de un show atronador. Bono había pedido que concentráramos nuestros pensamientos en Gustavo Cerati, el público rugió de emoción y el cuarteto de dublineses empezó a despedirse hasta el sábado. "Son lo más", silabeó al final el cantante, predicador y estadista del rock & roll Paul Hewson, mejor conocido como Bono en los salones de la fama y los palacios gubernamentales del mundo.
Lo que había pasado en las dos horas previas, el show de estadios más costoso y espectacular que haya recorrido el planeta, tal vez explique el origen de todo: la grandeza casi delirante de U2 y el convencimiento de su líder sobre el papel relevante que puede jugar una banda en los temas que verdaderamente importan. Todo empezó antes de las diez de la noche, cuando el reloj digital que proyectaba la pantalla se hizo pedazos y el clásico "Space Oddity", de David Bowie, anunció el despegue. La elección del tema que narra la travesía sideral del "Major Tom" no es arbitraria: el concepto cósmico de este show le debe mucho al Ziggy Stardust de Bowie, y el diseño de "La Garra" también, según contó el propio Bono en los inicios de la gira 360°.
Pero este artefacto casi no registra precedentes. Si bien la elección de montar un escenario circular en el centro de la cancha (o más bien en tres cuartos), de modo tal que la banda tenga un recorrido físico y visual de 360 grados, no es inédita en la experiencia rockera (La Renga lo hizo en Huracán, por ejemplo), sí lo es la ingeniería de la puesta, con una estructura monstruosa ("Nos dimos cuenta que, para que fuera viable, tenía que ser más grande de lo que nos imaginábamos", dijo uno de los diseñadores de este edificio itinerante) y una notable precisión en la inmensidad. Los cuatro U2 se ven diminutos entre los tentáculos gigantescos, y tal como hicieran en el Pop Mart Tour que los trajo por primera vez a la Argentina a fines de los 90, vuelcan buena parte de la narrativa del show en las pantallas. En este caso, en una única e increíble pantalla cilíndrica hecha de placas de leds, que se contrae y se expande como una especie de pulmón de montaña, o como un panal alienígena de estructura flexible.
La banda sorprendió en el comienzo con un tema de Achtung Baby (1991): "Even Better Than the Real Thing", con ese riff de guitarra casi house de The Edge y el pulso sensual y anfetamínico de la base (el baterista Larry Mullen Jr. y el bajista Adam Clayton), puso en órbita a las 60 mil personas que coparon el estadio bonaerense, renovado y majestuoso en su reinauguración (aunque desparejo en su acústica; desde algunos sectores el sonido, brutal de por sí, se volvió además bastante confuso, según el testimonio de muchos asistentes). "Higher, higher", arengaba Bono. Entre esa matriz disco-rockera y el despliegue del líder, una suerte de pastor megalómano para un gospel blanco y hi-tech, transcurrió la primera parte del concierto. "I Will Follow" y "Magnificent" tienen ese toque devocional que impregna las grandes baladas del grupo, mientras que temas frenéticos como "Elevation" y "Get on Your Boots" (en el que Bono y Larry, espalda con espalda, repiten el mantra supersónico "Let me in the sound", dejame entrar en el sonido) pusieron a la gente a saltar.
Los puentes que giran alrededor del escenario, y por los que Bono y The Edge desfilan para tener encuentros cercanos con el primer anillo de fans, sirven también para algunos sketches que metaforizan la inmensidad de la puesta y la extraña relación espacial entre los miembros de una banda de rock de estadios: el cantante y el guitarrista, al final de "Until the End of the World", se estiran e intentan sin éxito tocarse los dedos, de una pasarela a la otra.
"¿Por qué? ¿Por qué en este lugar tan lejano de Dublín nos sentimos como si estuviéramos en casa?", dijo Bono un rato después de hacer una rápida síntesis for export de los cien barrios porteños: "Palermo, San Telmo. Cañitas" (¿?). Y para más guiños localistas, presentó a la banda atribuyéndole a cada uno un alter ego del fútbol argentino: "La Pulga" Mullen, "El Pipita" Clayton, The Edge ("El Pupi Zanetti de U2", un verdadero hallazgo) y Carlos "Apache" Bono ("Sé que no lleno esos zapatos"). Esos comentarios, sumados al homenaje a Cerati, verifican la habilidad diplomática de Bono, que como buen político sabe asesorarse y tocar fibras sensibles sin necesidad de ponerse la camiseta de la selección.
El disco The Joshua Tree, veinticuatro años después de su lanzamiento, sigue dando algunos de los momentos más emocionantes del show, con sus canciones épicas sobre la búsqueda de un destino y sus atmósferas musicales que concilian triunfo y desolación. "I Still Haven't Found What I'm Looking for", por ejemplo, es la esencia del poder y el carisma de U2, y las primeras estrofas, en las que Bono le cede la voz a la multitud, conectan directamente con esa especie de magia. Al final del tema, como coda, un fragmento de "Three Little Birds" de Bob Marley extiende el momentum, del mismo modo que "Blackbird" de los Beatles rematará "Beautiful Day" y "Relax", el hit synth pop de Frankie Goes to Hollywood, se colará en el final de una versión epiléptica de "I'll Go Crazy If I Don't Go Crazy Tonight", de No Line on the Horizon (2009). Uno de los momentos más impresionantes de la conexión sonido-pantalla.
Los mensajes políticos explícitos llegan en la última parte, con el tono dramático de "Miss Sarajevo", el himno "Sunday Bloody Sunday" filtrado por imágenes de Medio Oriente, un tributo a la activista birmana Aung San Suu Kyi ("La Mandela de Asia", según Bono), la preciosa guitarra de Edge en "City of Blinding Lights", y el mensaje del pastor africano Desmond Tutu, militante anti-Apartheid, coronado con faroles de Amnesty antes de los primeros bises: "One" y "Where the Streets Have No Name", con la marcha intensa de la batería de Mullen cortando escarcha sobre esa melodía inmortal.
El cortometraje animado que separa las dos secciones de bises le da un toque de humor cósmico y psicodelia al clímax. Bono se pone un traje de luces y hace acrobacias módicas para el tema de Batman ("Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, Hill Me"). Pero el final va a estar consagrado a las emociones serias: la favorita "With or Without You" y la dedicatoria a Cerati antes de "Moment of Surrender". Un cierre íntimo para un show ambicioso por donde se lo mire. Y un síntoma de esa fricción que se juega en cada gira de U2, pero muy especialmente en ésta: cómo hacerse cada vez más grande y a la vez achicar la distancia simbólica entre el ídolo y la multitud.
Por Pablo Plotkin
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