rollingstone.com.ar

La Renga en La Plata: Autódromo espacial

Entre la movilización masiva y el rock galáctico, una demostración de fuerza del grupo de Mataderos

A las cero horas del primero de mayo, La Renga comenzó a celebrar el Día del Trabajador con "El final es en donde partí", una de las mejores canciones de su extenso repertorio, mientras promediaba su show en el Autódromo Roberto Mouras de la ciudad de La Plata. "Y a donde voy, siempre voy a buscar lo que es mío, aunque el planeta termine en un círculo y el final es en donde partí", ruge el Chizzo Nápoli. Y aunque faltan varios temas, todavía, para el final del show y varios shows para el final de la gira presentación de Algún rayo (La Renga Discos, 2010), hay un dejo circular en esta historia. No sólo desde la dialéctica, La Renga es el grupo de rock argentino que más culto del trabajo ha hecho. El gesto, el discurso, el evento se vuelve político. Una nueva celebración rockera. Y una nueva demostración de poder.

Las cifras oficiales hablan de apenas unas 45 mil personas, pero un cálculo rápido sobre la superficie y la densidad de rengueros por metro cuadrado nos obligan a pensar en casi el doble. Sólo La Renga (y el Indio Solari, claro) pueden mover a la patria rockera en esta magnitud. Son kilómetros y kilómetros y kilómetros de autos, micros y camiones apostados sobre la ruta 2, y la imagen recuerda a las grandes movilizaciones de la CGT y otras organizaciones sindicales.

Como en otras ocasiones, La Renga expandió su show hasta transformarlo en un festival. Desde bien temprano, en dos escenarios pequeños montados al costado del tablado principal, tocaron, alternadamente, La Richieri, Sandra Danna y Los Leones, La Belle Epoque, Los Esqueletos, Bomber, No Tan Distintos y Locura Extrema, la banda del ex guitarrista del grupo, Raúl "Locura" Dilelio.

Tres horas más tarde de lo anunciado, a las diez de la noche, se apagaron las luces y "Canibalismo galáctico" sintetizó lo que vendría después. Algún rayo fue el hilo conductor de la velada, y la estética del show (desde la escenografía y las proyecciones) se correspondió con el imaginario espacial, cósmico y psicodélico de las nuevas canciones.

Nacho Smilari (mítico y oculto guitarrista del rock argentino, que tocó en Vox Dei y La Barra de Chocolate) se sumó al grupo para tocar "Poder", mientras desde las pantallas, una parafernalia de explosiones, luces, galaxias y nebulosas elevan el rock atronador de La Renga a dimensiones espaciales. La presencia de Smilari funciona como la confirmación del grupo con su lugar de pertenencia en el rock nacional.

Las canciones poderosas de Algún rayo dialogan con el repertorio histórico del grupo. La vehemencia del "Tanque" Iglesias y la movilidad de su hermano, el Tete, conforman un tándem imbatible en la base rítmica. El Chizzo, con su vozarrón cada vez más cavernoso, encuentra allí el soporte ideal para solos precisos y épicos.

Chizzo se calza un sombrero bombín y, acompañado por una sección de vientos, el saxofonista Manu Varela inicia una serie de blues ("Dioses de terciopelo", "Desoriente blues", Blues cardíaco", "Dementes en el espacio"), que por momentos crean un clima jazzero y brindan un poco de calma en medio de una tempestad de machaques y riffs.

Hay una épica y una ética del grupo que conmueve. Aunque sean cientos de personas en la organización, el grupo se mueve en su círculo íntimo con la confianza de toda una vida de trabajo en común. Para los mismos de siempre este nuevo mojón, este nuevo hito en la trayectoria del grupo es un motivo de alegría, de orgullo y de satisfacción infinita.

Hay una gesta del público, que ostenta una carga de heroísmo y felicidad para llegar hasta allí y participar de este rito, que confirma un sentido de la pertenencia que se corresponde con los tatuajes del grupo que reproducen las pantallas. Una fidelidad simbólica, tangible y conmovedora.

Hay cantitos contra los ingleses, contra los militares y a favor de La Renga en todas sus dimensiones.

Hay, también, tres tiros y bengalas de luces y de humo.

Lo que no hay son cantitos que eludan a la tragedia de Cromañón.

En julio de 2005, La Renga tocó en el estadio de Vélez Sarsfield y cuando un fan encendió una bengala, Chizzo interrumpió el show. La crónica de Rolling Stone indica que alguien alegó que estaban al aire libre. "Me chupa un huevo", dijo entonces el cantante. "Por respeto no podemos permitir nunca más una bengala".

Esta vez, Chizzo no dijo nada.

Más llamativa es la asombrosa falta de memoria del público. No ya desde una mirada preventiva (alguna voz dirá que un show al aire libre no representa mayores riesgos), sino desde el valor simbólico. Como si Cromañón no hubiera existido.

Por Humphrey Inzillo

COMPARTILO
 Notas mas leidas
PUBLICIDAD
Revista Rollingstone