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"Para mí estaba muerto"

Un fan de La Renga relata el momento de terror en que una bengala hirió a Miguel Ramírez

Rodrigo Rodríguez y tres amigos habían encontrado lo que parecía ser un buen lugar para ver el recital de La Renga en el Autódromo de La Plata: unos metros detrás del mangrullo derecho (mirando el escenario), en una parte demasiado embarrada y, por ende, relativamente poco concurrida. "Justo antes de arrancar el show", le cuenta Rodrigo a Rolling Stone, "se apagan las luces, se prenden las bengalas, los tres tiros, y a partir de ahí empieza la secuencia."

Rodrigo, de 33 años, había ido por última vez a ver a La Renga en 1999, en el primer Huracán. Esta excursión a La Plata tenía sabor a revival personal. Pero todo se fue al carajo en ese comienzo borroso, casi a la par de los primeros acordes de "Canibalismo galáctico", cuando sintió un zumbido y algo que le rozaba la cabeza (venía volando del sector derecho, más cerca del escenario, según sus cálculos). Asustado, se dio vuelta y vio a Miguel (a quien no conocía) tirado en el piso, con una bengala ("entre roja y naranja") incrustada en el lado derecho del cuello. "Ahí la bengala, o la candela, no sé bien qué era, todavía no había prendido del todo. Y cuando se le clava al pibe en el cuello, se prende en su totalidad."

El momento fue espantoso. Rodrigo sólo podía ver la cara de Miguel, inconsciente, y el fuego que empezaba a propagarse y a inflamar una bandera. "Un pibe, de la desesperación, empezó a patearlo como quien quiere matar una cucaracha, para apagar la bengala (esta persona sería Leonardo, hermano de Miguel). Pero estaba clavada en el cuello y seguía prendida."

Rodrigo y otras tres o cuatro personas levantaron a Miguel del piso, y alguien finalmente logró extirparle el proyectil del cuello. "Para mí estaba muerto", dice Rodrigo ahora, todavía shockeado por el episodio. "Le veía el agujero en el cuello y el chocolate que le salía. Me puse a llorar. Pero lo fuimos llevando. La gente miraba, pero casi nadie se metía. Empezamos a correr, se nos cayó una vez, lo levantamos de nuevo y finalmente llegamos hasta el puesto sanitario que estaba cerca del escenario. La puerta estaba cerrada, empezamos a patearla. Prácticamente se la tiramos abajo. Pero al final pudimos ingresar. Y ahí se hicieron cargo los tipos. Del recital, más vale, no vi un porongo."

Por Pablo Plotkin

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