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16.09.2011 | 18:58

Fan-funding: ¿amor al arte o música a medida?

Cada vez más artistas le piden a sus fans que les "banquen" sus siguientes discos a través de sitios especializados; pero, ¿qué exigen estos a cambio?

Public Enemy

Poniéndonos del lado del público, el fan-funding es una manera de demostrar hasta dónde llega nuestro amor por un artista: nos gusta su obra, pero... ¿confiamos tan ciegamente en él como para meter la mano en el bolsillo y poner dinero para que grabe su siguiente disco, aún sin tener ninguna certeza sobre si la placa en cuestión será un éxito o un tropezón? En tanto, si nos ubicamos en el lugar del músico, este sistema de recaudación sería la versión globalizada de la vieja y querida colecta entre amigos, sin el "después te lo devuelvo" pero con un "te debo un favor" incluido (y hete aquí uno de los principales problemas: ¿me permitirá la deuda moral correr riesgos artísticos?). Todo eso es el fan-funding: un método para abrirle caminos al arte que, paradójicamente, nos hace pensar en sus límites.

Editar un disco cuesta. Las grandes discográficas, esas que trabajan de poner el dinero para editar un disco y luego se llevan lo suyo, no se fijan en nadie que no tenga asegurado un piso de repercusión y en el mejor de los casos, al menos en la Argentina y con los artistas emergentes, ofrecen contratos leoninos. La solución, entonces, sería salir a pedir cyber-bonos contribución a voluntad y usar ese dinero para todo lo que implica lanzar un álbum, desde el estudio hasta la difusión. Para eso se puede usar PayPal y manejarse sin intermediarios, o se puede recurrir a una serie de sitios que se ocupan de gestionar este tipo de iniciativas.

Uno de los pioneros fue Sellaband, el site que puso el fan-funding en boca de todos y, al mismo tiempo, casi lo demuele. Al pedir la quiebra en enero de 2010 y luego relanzarse con unas condiciones de uso notoriamente modificadas, Sellaband melló el componente principal de este tipo de iniciativas: la confianza. Concientizando de la peor forma a sus usuarios (llamados precisamente "believers") de que lo suyo era otro proyecto empresarial y no un romántico proyecto artístico, removió el halo de amateurismo e hizo peligrar el destino de varios emprendimientos similares. De todas formas, Public Enemy logró financiar su próximo disco utilizando los servicios del site, aunque debió bajar sus pretensiones de U$S 250 mil a $75 mil.

Pledge Music es, hoy por hoy, el sitio dedicado al fan-funding que congrega los nombres más importantes: nada menos que Gang of Four y Jack Bruce reunieron fondos para sus últimas obras a través de esta web, que también tiene en sus filas a "mini sensaciones" como Juliana Hatfield, Funeral for a Friend o Emmy the Great. Otros sites similares son Slicethepie,ArtistShare y CASH Music.

El mecanismo es simple: el artista determina un monto a alcanzar y un plazo no superior a los 90 días, además de las retribuciones que le hará a quienes contribuyan. Los fans elijen cuánto poner y, si se logra el objetivo, se les descuenta de sus tarjetas de crédito (y si no, no: lograr la meta deseada es excluyente). El site se queda con el 5% de lo que el músico recauda y luego éste se encarga de las compensaciones, que pueden ir desde copias firmadas hasta clases de guitarra, pasando por instrumentos en desuso, remeras, canciones customizadas y demás.

Marillion fue uno de los grupos a la vanguardia de este sistema. Hartos de la industria discográfica, en 2001 decidieron convocar a sus fans a través de su site para financiar lo que después se llamó Anoraknophobia, disco que -finalmente- licenciaron a EMI en sus propios términos. "Con Grand Prix, en el 2002, quisimos implementar algo parecido con Lejos, nuestro segundo disco. Enseguida vimos cómo mucha gente allegada a la banda estaba felizmente predispuesta a aportar y asociarse a nuestro proyecto. Lamentablemente, la banda se separó antes de llegar concretarlo", recuerda Sebastián Rubin. Barbi Recanati, cantante de Utopians, coincide pero pone condiciones: "Los dos discos que hicimos hasta ahora los sacamos así, con gente que ponía plata. Pero después ellos se quedaban con la ganancia de la venta de los discos, nosotros no veíamos un peso".

Claro que toda esta movida que parece intachable también tiene sus detractores. En el blog Passive Promotion plantean que, en realidad, editar un disco es un lujo innecesario, en tiempos de medios de grabación democratizados y lanzamientos digitales. Pero el principal punto de conflicto sería, retomando lo expresado en el primer párrafo, hasta dónde podría llegar la gratitud del artista con su fan/mecenas y si la necesidad de cumplir con sus expectativas no lo condicionaría en lo creativo. Hay quienes señalan que la "arbitrariedad" del autor (un requisito fundamental del arte honesto) quedaría limitada por el hecho de tener a sus seguidores como socios en lo económico. Otros, como Rubin, piensan que en la confianza de un fan no hay más que un gran incentivo: "dudo que a la hora de hacer un disco uno se condicione por las expectativas de la gente. Si hay personas que gustan de lo que hacés lo suficiente como para invertir en tu proyecto, eso más que condicionarte debería darte mayor seguridad". En definitiva, ¿canciones a la carta o supremos actos de amor a la música? Será cuestión de apostar y ver.

Por Diego Mancusi

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