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09.11.2011 | 11:11

Black Rebel Motorcycle Club: en mi garage

A lo largo de dos horas y cuarto, el trío de San Francisco apeló a su artillería pesada y mostró cómo es posible cruzar el blues rural con el rock espacial; crónica y fotos

Fotos de Leo Liberman

Guitarra, bajo, batería. Black Rebel Motorcycle Club no necesita mucho más que eso para edificar una espesa pared sonora. En poco más de diez años de carrera (traducidos a cinco discos de estudio), el trío de San Francisco equilibró una fórmula que, de tan ajena, resulta característicamente propia. Si al mismo tiempo suena a The Stooges, The Jesus & Mary Chain, Robert Johnson y The Velvet Underground, es Black Rebel, y no hay con qué darle porque no hay cómo.

En vivo, entonces, el combo timoneado por Peter Hayes y Robert Levon Been es una aplanadora que arrasa con virulencia y a la que le importa poco y nada si hay víctimas. Hay garage, hay blues rural, hay rock espacial y más también. Todo servido en dos horas y cuarto de show en las que, si bien los matices están un poco mal balanceados, nadie puede disimular el impacto.

En su tercera visita a la Argentina (y la cuarta vez que tocaron en Buenos Aires), Black Rebel Motorcycle Club repartió los tantos de la manera más equitativa posible entre sus cinco discos de estudio. El repaso empezó por el reciente Beat The Devil's Tattoo, con la canción que da nombre al disco, "Bad Blood" y "Conscience Killer", intercaladas con "Spread Your Love" y "Love Burns" de su debut, junto con "Berlin", única parada en su cuarto trabajo, Baby 81. Al momento de pararse en el escenario, el trío no busca ni la empatía ni el contagio: cada uno de sus integrantes parece ceder al trance. Peter Hayes poco hace por elevar la vista del encordado de su Gibson 355; el bajista (y ocasional guitarrista) Robert Levon Been samarrea su instrumento, lo castiga a puazos y lo enarbola como una escopeta. De fondo, la baterista Leah Shapiro, reemplazante del problemático Nick Jago, se encarga de algo tan simple como fundamental: construir la base edilicia para una pared de distorsión y ruido que, salvo en parte de los bises, no dará respiro en las dos horas y cuarto.

Salvo algunas pinceladas del folk campestre de Howl de la mano de "Shuffle Your Feet" y "Ain't No Easy Way", el set principal del show fue ebullición pura de la mano de "Stop", "Six Barrel Shotgun", "Spread Your Love", "Awake" y la abrasiva "Whatever Happened To My Rock And Roll (Punk Song)". Fue recién a la hora de los bises que los decibeles dejaron de picar en rojo. Acústicas en mano, Levon Been y Hayes se turnaron para ocupar el micrófono en "Devil's Awaitin'"y "Weight Of The World".

Una vez superado el tramo de fogón, el calor de las válvulas dictó el curso de "In Like The Rose" y "Shadow's Keeper" y, mientras el final de la canción se disolvía en una marea de acoples y efectos, Robert y Peter se quedaron en escena para entonar ese mantra mitad psicodélico, mitad garage rock que es "Open Invitation". Sin más cartuchos para quemar, la banda finalmente abandonó el escenario, dejando en los oídos de los presentes el zumbido más hiriente y agradable posible a la vez. No es poca cosa si se tiene en cuenta que la generaron tres personas en sólo dos horas.

Por Joaquín Vismara

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