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Criticas

15.11.2011 | 12:05

Viejas Locas - Contra la pared

Entre letras confesionales y guiños a Pappo y a Chuck Berry, el Pity Alvarez vuelve a las fuentes

Ilustración de José Saccone.

La película de Pity Alvarez aún no se filmó; sin embargo, la voz de Viejas Locas e Intoxicados no para de lanzar guiones al aire: excesos, causas judiciales, recitales trágicos, internaciones y un montón de canciones memorables para armar la banda de sonido del Campeón Sin Corona, una biopic que está escribiendo en tiempo real. Como Ringo Bonavena -chequear el parecido físico, sobre todo pómulos, mentón y mirada-, aquel boxeador con pasta de héroe popular, a Pity le sobra poder de magnetismo para dividir aguas entre fanáticos y detractores, o ser un objeto de estudio permanente de las investigaciones siniestras de Chiche Gelblung. El último round lo dejó maltrecho: una larga temporada de lucha contra el paco frenó la restauración de Viejas Locas, la banda que lo hizo grande de golpe a puro rocanrol primal y buenas historias callejeras.

Atrás quedó el período de variaciones genéricas y experimentación barrial al frente de Intoxicados. ¿Volver a las fuentes? Con Pity nunca se sabe: el rock básico es su motor, pero a esa supuesta reiteración de recursos hay que sumarle la autenticidad del cronista metido en el corazón de las tinieblas, los buenos estribillos para abrazar a la mayoría sin caer en la rima de ocasión, o ese plus rockero de cantar a la que te criaste y convertir el error en estilo. De todo este maremágnum brota Contra la pared, un disco purista en sus modos de abordar el rocanrol clásico: palo y a la bolsa pero con pliegues, pequeñas sutilezas, y una necesidad de descarga luego de tantos apremios legales.

Desde el regreso, en 2009, hasta la grabación de este disco hubo varios cambios: de la formación original sólo quedan Pity y el bajista Fabián "Fachi" Crea, sumados al batero de la segunda etapa de Viejas Locas, Alejandro Avellaneda, y Sergio Hernández, ex Motor Loco en guitarra. La quinta pata en este juego de combinaciones valvulares es Matías Mango (Bochatón, Kabusacki) en teclados, obrador de arreglos y ágil cada vez que el Comandante Alvarez cambia el rumbo de las canciones. "Hace poco tiempo quería convencer a todos que había mejorado mi extraña personalidad", canta el Pity en "Yo no miento", una balada en Hammond que muta, silencio mediante, en un furioso rhythm & blues. Esas variaciones corren a lo largo de 46 minutos, sostenidas por un rock monolítico ("Contra la pared") o la devoción a losriffs de Chuck Berry ("Roca y giro", "Tirado en la estación"), y la búsqueda en el cielo de la estrella Pappo ("Guacho Caracú").

No hay que hurgar mucho para pensar a Pity como el mejor discípulo del Carpo: suda rock y no tiene límites, y cuando la canción ("Perro guardián") pide sólo un gesto definitivo, el cantante frena la orquesta y dice: "¡Guau!". Genial. Pity no elige la metáfora, es directo, austero y expone sus heridas, transita la indulgencia ("Perdóname mi amor") y es un Pomelo cuando describe su vida doméstica ("No me pienso levantar").

De aquella escena tan década del 90, cervecera y barrial, cuando Viejas Locas ganaba en materia de estribillos y melodías para retener, "Me gusta mucho" fue la culminación de una serie de hits imbatibles; y ahora el pulso disco de "Bailando en el infierno" se acerca mejor a esa idea de banda todo terreno, aunque Pity suena más frágil y queda de una pieza en la estrofa "Voy buscando el cielo, estoy bailando en el infierno hasta el fin". Por la misma senda confesional, "En problemas" describe perfectamente las últimas temporadas del cantante y guitarrista bravo: "Cuatro años dictó la jueza, pudieron ser más. no me arrepiento por lo que pasó, la próxima vez nadie lo verá", canta el Principity y un final con saxo free jazz amenaza con alejar al posible hit de las mediciones radiales. El cierre, inesperado, con la rumbita flamenca "Un frasco vacío", es una larga enumeración de ausencias pero con la frente en alto y el puño desafiante.

Por Oscar Jalil


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