
Cuando en marzo de 2001 desembarcó en la grilla de Telefé la versión local del reality show holandés Big Brother, muchos vaticinaron el comienzo de un fenómeno fugaz que, mientras arribaba a estas costas, comenzaría a extinguirse en otros puntos del globo. Guste o no, el pronóstico fue desacertado: día tras día, la televisión fue encontrando nuevas formas de retratar la intimidad de algún grupo humano, ya sea para exponer su talento, competir más allá de los límites de lo ético, o simplemente mostrar las miserias más oscuras de quienes supieron acariciar la gloria en otro momento de su vida.
El fenómeno reality logró instalarse de manera transversal, como lo demuestra la presencia de Steven Tyler como jurado de American Idol desde el año pasado (programa en el que inclusive apareció en vivo Kiss para acompañar al participante Adam Lambert). El maridaje entre realities y rock llegó a su cenit con The Osbournes, que retrató la intimidad de Ozzy y su familia, pintando al Padrino del Heavy Metal como un tipo que no sabe ni dónde está parado, cuyos hijos lo pasan completamente por encima y con su mujer llevando las correas de absolutamente todo.
La moda y la alta costura se vieron representadas en Project Runway Latin America, en el que diseñadores incipientes de México, Colombia, Chile, Brasil y Venezuela competían entre sí. En sus dos temporadas, el programa tuvo participantes argentinos (de hecho, la primera de ella se filmó en Buenos Aires), pero en ninguna ocasión lograron ganar el certamen.
En Inglaterra, desde hace seis años, los representantes más ambiciosos del mundo gastronómico buscan sus quince minutos de fama con Top Chef, un programa que ya va por su novena temporada y que cuenta con siete adaptaciones en distintos países. Del otro lado del Atlántico, el repostero Duff Goldman dedicó misma cantidad de temporadas a registrar los entretelones de su empresa de pastelería en Ace of Cakes, que alcanzó su pico máximo de extravagancia con la participación de los miembros de Pavement, en un alto de su gira reunión del 2010.
Si hay un terreno que el formato de reality show ha explotado mejor que nadie es el del ridículo, en donde las cámaras se tornan cómplices del espectador, a expensas de los participantes en la gran mayoría de los casos. Después de The Surreal Life, un programa que ponía a convivir en una mansión de Los Angeles a un puñado de celebridades ya sin brillo (MC Hammer, Vanilla Ice, Erik Estrada y el ex beisbolista José Canseco, por nombrar solo algunos), sus productores se centraron en uno de sus participantes, el ex Public Enemy Flavor Flav. De espíritu eternamente infantil, Flav le puso el cuerpo a dos temporadas de Flavor of Love, en el que un grupo de mujeres compitieron para convertirse en su pareja. De igual manera, el vocalista de Poison, Bret Michaels, también buscó candidata en The Rock Of Love, con un rejunte de candidatas salidas de los strip clubs más sórdidos de Sunset Boulevard.
La drag-queen Ru Paul también pasó por el género con Ru Paul's Drag Race, destinado a buscar, según sus propias palabras, "la próxima superestrella drag de Estados Unidos". Su proyecto no le gana en sordidez y absurdo a America's Most Smartest Model, que con solo once emisiones dejó la estela de su nombre al exponer a dieciséis modelos de alrededor del mundo (Gastón Willig, nuestro representante nacional, quedó bochado en la primera emisión) a demostrar sus conocimientos básicos de ciencia, anatomía, geografía y demás disciplinas.
Otro recurso explotado por los creadores de los reality shows es la exposición a corazón abierto de las bajezas más íntimas de sus participantes. En manos del mediático experto en adicciones Drew Pinksy, varios famosos fuera de su cuarto de hora (la estrella porno Mary Carey, Brigitte Nielsen, el ex Guns 'N Roses Steven Adler , y Dennis Rodman) hacen terapia de rehabilitación en Celebrity Rehab, que ya lleva seis temporadas y tuvo un delirante spin off en Sex Rehab, en el que varias pornstars y playmates trataban su adicción al sexo. Con un costado más bajado al llano, también existe The Real L Word. Lejos de las caricaturizaciones y estereotipos, el show muestra la vida cotidiana de diversas protagonistas lesbianas con sus respectivas rutinas familiares, laborales y personales.
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