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Willy Crook: "Me reconcilié con la música"

Amigado consigo mismo, el saxofonista vuelve revigorizado con varios proyectos; antes de presentarse con The Royal We, habla del legado de Patricio Rey y su coqueteo con la bossa nova

A diferencia de lo que muchos suponían, aquel nombre no reflejaba la síntesis literal de su afición por la música negra y la creación emblemática de IKA y Renault sino que, en verdad, fue producto de una ocurrencia intracamarines de Roberto Pettinato: "'Son muy Funky Torino' me dijo, una vez, en relación a unas gafas que, supongo, eran mías, puesto que era yo quién las portaba. Fue en los 80, una época muy difícil en la que lo único que podíamos saber era a quién pertenecía cada rouge. En los camarines de Fricción, por ejemplo, se producían declaraciones tales como: '¡Estoy podrido de que me usen el rimmel!'. Era peligroso besarse en esas épocas. ¡podías quedarte pegado en la cara del otro!. Volviendo al tema: mi memoria virginiana, brillante pero para nada inteligente, retuvo aquel comentario de Petti y me pareció indispensable usarlo".

Como un tiburón embravecido ante la advertencia de sangre, la luz roja del grabador encendido convierte a Willy Crook en un perro de presa que penetra la carne en busca del hueso: detrás de su verba cáustica siempre parece quedar la señal de que, a veces, la ironía más absurda nos revela un tanto más que las verdades solemnes y respingadas. "El nombre de mi actual grupo, The Royal We, surgió como un chiste de Ryan (Anderson, el guitarrista del grupo). Una aclaración, o una estupidez: era el 'nosotros real' de la época imperial, lo cual es un 'nosotros' mucho mas ofensivo, hiriente y despótico que la tercera persona", dice, a propósito de su flamante megaproyecto solista ("¡Una banda de altísimo valor y razonable precio!") en el que se agrupan talentos de fuste como Patán Vidal o Deborah Dixon, "una superstar que insiste con ser la cantante de la banda, aunque yo siempre le aclare que mi prerrogativa es poner 'estrella invitada', siempre", aclara Crook.

Todo cambió en mayo de 2008, tras un show caótico en Rosario. A partir de ahí, comenzó una lenta reconstrucción (que incluyó una reclusión en una chacrita camino a Juancho, cerca de su Villa Gesell natal) en la que el viejo Eduardo Pantano buscó volver a encontrarse en la imagen que el espejo le devolvía cada mañana. "La música es como un perrito: cuando estás contento, le tirás un palito y él te lo devuelve con la misma alegría; si estás cruel e injusto, le pegás una patada pero igualmente él te perdona si te arrepentís. ¡Mirá qué linda analogía! Todos le hemos dado una patada inmerecida al perrito. No obstante eso, debo confesar que estoy muy contento, porque de un año a esta parte me reconcilié con pueblos, con músicos y con la música. ¡Tomá!", revela, bajo sus propios códigos de formalidad.

Los dividendos de este proceso reciente están a la vista: mientras prepara una nueva presentación con The Royal We para este sábado en Samsung Studio (Pasaje 5 de Julio 444, San Telmo), sigue afinando los de engranajes Bossa e Soul junto a Paulinho Nunnes (guitarra de siete cuerdas, gambaé y teclado) y Majo Taquini (guitarra, percusión y coros), un proyecto alternativo en el que, además del saxo, la guitarra y el canto, Willy se le anima al cajón peruano. "Más que un proyecto, es una banda de reventados, como dirían antes", satiriza Crook. "Ellos downloadean santos y espíritus del más allá y hay cosas dando vueltas por Internet, así que invito a la gente a aprovecharse estos medios y bajárselo, del mismo modo que los invito a que, si sacamos un disco, lo compren".

Tu último disco es del 2004. ¿Qué estás esperando?
Estoy mal-acostumbrado-bien al lock-out del estudio, esa atmósfera cerrada. La tecnología actual te permite grabar desde tu casa, pero me gusta toda esa convivencia sagrada. Tuve la suerte de aprovechar los coletazos de Eco (1998), pero ya en Fuego amigo (2004) se noto cómo el des-mecenazgo fue en menoscabo de la calidad sonora. Hay temas dando vueltas y algo básico: una banda que se merece que hagamos un disco. Hubo un lugar como Belushi, en Palermo, que nos dio cabida y nos permitió una frecuencia de laburo que permitió afianzarnos al punto tal de poder hacernos chistes internos en vivo que el público jamás comprenderá.

¿Qué tal la sociedad musical que hicieron con Gillespi durante el año pasado?
Fue una experiencia repugnante, un gran motivo para repetirla, naturalmente. También fue relajante, en varias acepciones: "Salí vos", "No, mejor salí vos porque yo estoy hablando", "Bueno, entonces uso tu banda". Había una gran promiscuidad musical.

¿En qué saco te sentís más cómodo?
Ahora con la bossa. Tuve la suerte de conocer a un brasilero que toca. ¡música brasilera! No hablo de los malditos que nos mandan veranos tras verano haciendo pepé-pepépepé. Este es gaúcho, de Porto Alegre, quién no temblaría en decirme: "lo que estás tocando es una mierda". Siempre me llamó la atención la bossa pero mantuve una distancia porque, a diferencia de otros estilos, no me hizo daño. Lo mismo me sucedía con el tango, al cual muchos de mis colegas se han ocupado de destrozar aberrantemente.

Hace días estuviste de invitado en 678, un programa político en el que jamás se hubiese imaginado tu presencia. ¿Qué tal la experiencia?
Algunos boludos de mis amigos ahora me dicen "compañero". El único manifiesto que puede tener un artista es el prefacio de El retrato de Dorian Gray, el cuál recomiendo leer. Tiene que ver con el espíritu de lo que yo asimilé de Patricio Rey, un jefe que no iba e estar ni te iba a pedir nada, aunque vos creyeras en su existencia. No era que te decía: "Hoy chupen todo el día y no afinen la guitarra". La onda era ir siempre a más. Dalí tenía algo parecido, esa actitud anárquica por un lado y monárquica desde la investidura, aunque luego sé tu mismo, por supuesto. Acabo de observar que soy un tipo que puede decir, al pasar: "como dice tal libro". ¡para que el público se sienta orgulloso de quien está escuchando!

Por Juan Ignacio Provéndola

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