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Björk en Buenos Aires: sonido ambiente

La islandesa dio el primero de sus shows íntimos en el Centro Municipal de Exposiciones antes de presentarse en GEBA, el 21 de abril, como apertura del Personal Pop Festival; repite los días 9, 12 y 15

A lo largo de dos décadas, Björk nos enseñó a esperar de ella únicamente lo inesperado, con ejemplos que van desde un disco a capella hasta un vestido con la cabeza de un cisne (de mentira, obvio). Biophillia, su disco más reciente, no escapa a esa tradición de extravagancia, a tal punto que la islandesa necesitó generar un nuevo concepto de show -la "Biophilia Residency"- para asegurarse de que el mensaje fuera claro. "Naturaleza, música y tecnología", dice una voz en off justo antes de que el primero de los cuatro shows en el Centro Municipal de Exposiciones se ponga en marcha (para luego, sí, presentarse en GEBA, en un show masivo de los "comunes"), dejando en claro cuáles son los tres ejes que hoy sostienen la propuesta artística de Björk. A continuación, una hora y media que no deja dudas.

El lugar es chico, muy chico si tenemos en cuenta que hoy actúa una estrella mundial, y está armado de una manera alucinante. El escenario, prácticamente al nivel del piso, está en el centro, y tiene el aspecto de un dojo japonés, austero y de madera. Es formalmente cuadrado pero conceptualmente circular, ya que el público ocupa todo el espacio a su alrededor, con las localidades también distribuidas de una manera particular: en uno de los costados hay un pulman que está levemente bajo el nivel del escenario; en otro, una platea baja a la misma altura; en frente, una platea alta (que no es para nada alta), y finalmente un sector con público de pie. Las primeras filas de cada sector están a no mucho más de un metro de distancia, sin vallas, sin rejas, sin un foso con cocodrilos en el medio, nada.

El escenario no gira, pero no hace falta, porque la que gira es Björk, cantando un rato para cada lado. La acompañan el Graduale Nobili, un grupo de diecisiete coristas islandesas (en realidad son veinticuatro, pero no vinieron todas) y dos músicos multifunción: en un rincón, Manu Delago, sentado frente a un set de batería electrónica y chiches varios, y en el otro, el jovencísimo Max Weisel, de pie frente a una compu, dos teclados, una reactable, cuatro ipads y un controlador mediante el cual maneja a la distancia los instrumentos especialmente fabricados que están en la otra esquina.

Uno es un órgano de tubos como los que hay en la iglesia, y el otro una especie de piano vertical al que bautizaron "Gameleste" y suena como un xilofón. Cada vez que las teclas de esos instrumentos pesados, hermosos y artesanales se mueven solas, el pasado y el futuro conviven en un mismo instante. Pero las vedettes de la noche son sin dudas las dos bobinas de Tesla que bajan desde el techo y hacen chocar sus rayos en una jaula, sonando como el más zarpado de los sintetizadores que nadie va a tener jamás.

"La combinación de sonidos es lo que llamamos música", dice la voz en off del comienzo en su breve introducción al show, y de eso se trata esta noche: de usar la tecnología más avanzada para combinar los sonidos más antiguos. Truenos, golpes, viento y, obviamente, la voz humana. Es un experimento de música ambient en el cual la mayoría de los temas (casi exclusivamente de Biophilia) prescinden de un beat tradicional, y crecen a partir de la interacción gradual de las distintas partes. Lo que empieza como un sonido muy frágil y etéreo que apenas se distingue del silencio, de pronto puede convertirse en una ópera épica de dieciocho voces y máxima intensidad, siguiendo la lógica de las células que se juntan para formar un organismo. Naturaleza, música y tecnología. Lo más pequeño puede sonar inmenso, y viceversa. Una islandesa diminuta con una voz avasallante nos lo quiere explicar hace dos décadas. Esta vez no quedan dudas.

Por Lucas Garófalo

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