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Crosby, Stills & Nash en el Luna Park: espíritu amateur

El trío repasó su trayectoria en el Palacio de los Deportes con la frescura intacta

La música tiene otro enemigo relacionado con el paso del tiempo, además del lento fundido a negro por cuestiones físicas: es la comodidad del oficio, ese paroxismo de la profesionalización que lleva a reconstruir épocas de gloria, no llegando al escándalo del aburguesamiento delictivo (que también existe, claro está), pero sí repensando la obra desde un presente mucho menos hambriento. Los resultados suelen ser reconstrucciones, que pueden sonar bien y respetar los legados o sonar plásticas y mancillarlos, pero no dejan de llenarnos moderadamente y trasladarnos el deseo del hoy al ayer.

Todo esto a cuento de que lo primero que sorprende de Crosby, Stills & Nash es que su show no parece una reconstrucción, sino un viaje. Está claro que los años traen aplomo y achaques, pero la sensación general es la de estar espiando una postal congelada y resucitada para la ocasión. Quizás porque -la verdad- no pensábamos verlos en vivo jamás, o tal vez porque su apariencia en la vejez respeta lo que se esperaba de su sobriedad juvenil, o simplemente porque nunca tuvieron más exigencia que la de juntarse a guitarrear y armonizar, el trío suena saludablemente setentoso y fresco, un logro que muy pocos contemporáneos le empardan. Lo demuestran desde el comienzo, con una versión electrizada de "Carry On" que no reposa en la leyenda, sino que busca obligar a la audiencia a abrir los ojos y ver que de ahora en más la cosa va en serio. El idealismo de una época se esconde en la ingenuidad de "Marrakesh Express" y "Long Time Comin'", pero también en la pacifista "Military Madness", y uno no puede dejar de pensar en el fracaso que implica que una letra que dice que la locura militar está matando al país todavía tenga vigencia cuarenta años después (y menos aún si al rato la linkean con "Ballad of Bradley Manning", canción que Nash grabó el año pasado como homenaje al soldado estadounidense detenido y torturado por filtrar información a WikiLeaks).

Primero en "Southern Cross" y después en "Bluebird" de Buffalo Springfield, Stephen Stills deja en claro que su garganta es la que más acusa el correr del calendario, pero que cualquier disfonía queda opacada por el brío de una guitarra que puntea con precisión quirúrgica y sin derroches. Una versión relajada de "Wasted on the Way" y Nash anuncia que Crosby es el que escribe "la mierda rara", y para allá van: subiendo de la ensoñación al ruido en "Deja Vu" (con el espíritu jazzero que le da la improvisación por turnos) y desandando ese mismo camino con "Wooden Ships", que va de un inicio filoso a una coda líquida.

Descanso de quince minutos y lo mejor del show: el set de "canciones tranquilas" (tal como anuncia Stills en su español mejicanote) con "Helplessly Hoping", la plegaria country "In Your Name" y el desaforadamente dulce y frágil terceto de "Girl From the North Country" (cover de Dylan a acústica y tres voces), "As I Come of Age" y "Guinnevere". "Cathedral" es otro hito, con luces rojas y un piano sigiloso que invoca la lisergia que la inspiró. Más links, esta vez por contraposición: la calidez doméstica de "Our House" y esa oda a la no claudicación llamada "Almost Cut My Hair", con un Crosby en forma y una armonía cerradísima. El groove de "Love the One You're With" y los bises, nuevamente conceptuales: el riot detrás de "For What It's Worth" de Buffalo Springfield, la mansa bajada de línea en clave campirana de "Teach Your Children" y "Suite: Judy Blue Eyes".

El Luna no estaba lleno, quizás por falta de difusión. El sonido, como siempre en el Palacio de los Deportes, dejó mucho que desear (sobre todo al principio: luego se acomodó, aunque las armonías sufrieron por la desigualdad de planos). Las gargantas vinieron añosas, lo dijimos: no hay muchos Art Garfunkel por ahí. Pero al fin y al cabo la panza quedó llena: los que estábamos vimos a un grupo clásico con espíritu amateur. Y eso no es cosa de todos los días.

Por Diego Mancusi

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