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La muerte lenta de Cuevana

Una idea brillante en caída libre. ¿En qué falló Tomás Escobar?

Ahora que Cuevana dejó de paliar la angustia de millones de humanos el domingo por la noche (el día y horario de mayor tráfico, cuando era potencia), porque no tiene, Cuevana, más de trescientas películas disponibles, cuando llegó a tener tres mil; ahora que el mainstream del cine, la publicidad, la televisión y la industria de internet se turnan para cargarse a Tomás Escobar, fundador del sitio; ahora que Cuevana tal como lo conocíamos no existe más... hay que contar algunas cosas sobre esta empresa imposible.

Cuevana dice mucho sobre los argentinos, de su preferencia por la ilegalidad y sobre todo de su facilidad para aplaudir causas que jamás reivindicaríamos en la medida en que pusieran en riesgo nuestro capital o estatus jurídico. Escobar le mostró a la industria audiovisual que su modelo de distribución de contenidos está obsoleto; que la gente quiere ver películas y series cuando quiere, donde quiere. No es que los consumidores no van a ir más al cine: sólo en 2011, se vendieron en la Argentina más de 40 millones de entradas, cerca del récord de 44 millones de 2004.

Tomás Escobar, un chico muy chico, 22 años tiene, no entendió que el éxito de Cuevana era que Cuevana muriera rápido. Después de ganar tráfico (llegó a tener 15 millones de usuarios por mes), Tomás tenía que mostrarle al mainstream la parte dos de su plan: un negocio ajustado a las reglas, con cambios graduales, y resignando facturación para pagar derechos de autor. Tenía que soltarle la mano a Cuevana. Por el contrario, les cerró el paso a los estudios de cine cuando les dijo que no convertiría su plataforma en un modelo pago y que sólo compartiría con ellos los ingresos por publicidad. Compró, Tomás, la coreo que bajaba de la tribuna de heavy users, que lo festejaban al pasar y a quienes no quería defraudar cobrándoles aquello que en principio les había dado gratis. Y ése fue su principal error. Se encerró solo, Tomás, en el aliento facilongo de los que reciben cosas sin poner un mango. Así fue que rechazó, meses atrás, un acuerdo del grupo Infobae, que ofreció pagar los derechos de autor de los contenidos a cambio del control de la plataforma. Poner a Cuevana en manos de un grupo empresarial era, en su lógica, una traición a sus supporters. En lugar de sentarse encima de su tráfico para transformar el negocio, dejó que el tráfico se sentara encima de él... hasta aplastarlo.

El resultado es el Cuevana actual. La hinchada, que levantó cínicamente las banderas de libertad de circulación de contenidos culturales (el argumento de que no almacena contenido protegido sino que sólo lo muestra puede funcionar en los Tribunales pero, hacia acá, es una chiquilinada), se dio vuelta en el aire cuando se conocieron, después de un presunto hackeo a la cuenta de correo de Escobar, emails entre él y agencias de publicidad que pedían presupuestos y números de cuenta bancaria, blanqueando, si los mails son reales, la facturación del sitio.

Al mainstream audiovisual Cuevana no le fue indiferente: hay un antes y un después en el acceso desde América latina a contenidos producidos en Estados Unidos, como lo demuestran los estrenos simultáneos de las cadenas estadounidenses. Es cierto que Cuevana no es la única responsable del cambio de estrategia, pero también es verdad que la industria del cine y la tele no se va a mofar nunca de haberla desactivado, como sí hace, por el contrario, la comunidad de emprendedores de internet, que lo destrata a Tomás por haber facturado dinero con el esfuerzo de otros. Algo que está tan mal como el despilfarro de plata y las cuentas incobrables que dejaron muchos fundadores de las puntocom argentinas en los años 90.

Por Sebastián Zírpolo
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