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El adiós a Osvaldo Fattoruso, poeta de la batería

El baterista más importante del Uruguay falleció ayer, en Montevideo, a los 64 años. Un repaso a su vida, a su obra y el recuerdo de Jaime Roos

"Cuando yo siento un tambor / Yo no sé lo que me pasa / La sangre se me alborota / Y el santo me quiere dar.". Así comienza "Baile del candombe", un tema anónimo, popularizado por el gran Pedro Ferreira, y que forma parte del repertorio tradicional de la música popular uruguaya. Osvaldo Fattoruso cantó una hermosa versión de ese tema en Candombe en el tiempo (Ayuí, 1994), uno de los tantos discos que hizo en colaboración con su pareja de esos años, la cantante, pianista y compositora Mariana Ingold. Y ahora que la noticia de la muerte de Osvaldo (ayer, a los 64 años, en Montevideo, luego de pelearle durante varios años a un cáncer) persiste en forma de música y lágrimas, lo que queda es su legado, su recuerdo y una serie de grabaciones extraordinarias.

Osvaldo fue uno de los héroes de Jaime Roos, y la palabra de Jaime funciona como una voz que sintetiza el dolor de sus colegas y que sirve para dimensionar la pérdida. "Todos los músicos del Río de la Plata sabemos bien quien era Osvaldo", dice Jaime. "El uno (en caso de que existan los "unos"). Yo le decía 'el poeta de la batería'. Y, al escribir esto, no sólo pienso en el enorme dolor de su familia y sus amigos, el de tanta gente ante su partida. Siento que ya nada será igual sin él. El Santoral perdió a una pieza más. El Santoral es (desde siempre): Rada, Mateo, Hugo y Osvaldo. Y así como Mateo aparece cada día por aquí, en una canción, un comentario, un sentimiento, lo mismo sucederá con Osvaldo."

Osvaldo era un baterista extraordinario. Como sostuvo Jorge Drexler en un emotivo tweet apenas conoció la noticia, "fue el inventor del latido del candombe en batería, su hi hat era poesía hecha sonido". Pero su talento trascendía a la ejecución de su instrumento. Porque al frente de Los Shakers, Osvaldo fue uno de los pioneros del rock en el río de la plata y co-autor, junto a su hermano Hugo, de "Rompan todo" ("Break it All"), uno de los hits fundacionales del rock vernáculo, que le valió la admiración perpetua de los que luego se convirtieron en los grandes del rock argentino (Litto Nebbia, Charly García, Luis Alberto Spinetta y Fito Páez, entre otros). En más de una oportunidad, Osvaldo contó cómo -con un vocabulario anglosajón que no superaba las treinta palabras- construyó el cancionero de Los Shakers.

Pero antes de los Shakers, Osvaldo se crió musicalmente en el Hot Club de Montevideo, y junto a su padre, Antonio, y su hermano, Hugo, se formó como baterista de jazz. Y con esa base transitó diversos estilos, siempre con swing y con groove montevideano.

Probablemente haya sido Opa, el grupo que en los 70, en conjunción con el funk y el jazz rock, catapultó al candombe hacia el espacio sideral, la mejor plataforma para el talento de Osvaldo. Radicados en los Estados Unidos, los hermanos Fattoruso conocieron a Airto Moreira, que fue el productor de Goldenwings (1976) y Magic Time (1977), dos discos indispensables, que incluyen colaboraciones con Rubén Rada, Hermeto Pascoal y Fiora Purim, entre otros. Junto a Hugo, Osvaldo (que en su periplo por los Estados Unidos era conocido como "George") escribió standards de la música uruguaya, como la poderosa "Goldewings" y la bellísima "Corre niña".

A su regreso al Río de la Plata, Osvaldo participó en infinidad de proyectos y colaboró con los músicos más importantes del Uruguay y de la Argentina. En un punteo caprichoso para una trayectoria inabarcable, podemos destacar su participación en el grupo Barcarola, a comienzos de los 80; Adar Nebur un disco que le produjo a Rubén Rada en 1985, con una banda de notables músicos argentinos, como el guitarrista Ricardo Lew, el saxofonista Hugo Pierre y el trompetista Roberto "Fats" Fernandez, además de los uruguayos Urbano Moraes (bajo) y el tecladista Ricardo Nolé; una extensa serie de colaboraciones con Mariana Ingold (especialmente los dos volúmenes de Tá, en colaboración con el guitarrista leonardo "Bolsa" Amuedo); su participación como percusionista en El amor después del amor, de Fito Páez; la Surdomundo Imposible Orchestra, una selección de músicos del Mercosur que incluía al gaúcho Arthur de Faría, al montevideano Martín Buscaglia, al paulista Mauricio Pereira y a los argentinos Martín Sued e Ignacio Varchausky, entre otros; la reedición de Trío Fattoruso junto a su hermano Hugo y su sobrino Francisco, que dejó un apabullante álbum grabado en vivo en el club de jazz Medio y Medio de Punta Ballena en 2005 y los emotivos reencuentros con Los Shakers y Opa, en la última década.

Pero más allá de los hitos, y de una sensibilidad y un ritmo sublime en su instrumento, Osvaldo era un músico de raza, y la música era su pasión, y su oficio. Era mágico verlo tocar en pequeños boliches, como el Fun Fun, o junto a La Celeste, esa superbanda integrada por Urbano Moraes, Gustavo Montemurro y los hermanos Ibarburu, entre otros, que cada domingo, durante buena parte de los 2000, animó las veladas montevideanas con zapadas de alto vuelo, revisitando clásicos de la MPU con un nivel que nada tenía que envidiarle al de los boliches de jazz de Nueva York.

Lo que queda, entonces, es una tristeza infinita y los sonidos mágicos de Osvaldo y sus tambores, que todavía flotan en el aire, y que no olvidaremos jamás.

Por Humphrey Inzillo

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