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La noche mágica de los cancionistas

Con entradas agotadas, una orquesta sinfónica e invitados de lujo (Fito Páez y Pandolfo), el colectivo de cantautores rioplatenses tuvo su velada consagratoria

"Tendrás que aprender a construir la melodía que hable de vos", cantan, al unísono, Pablo Dacal, Pablo Grinjot, Lucio Mantel, Alfonso Barbieri, Tomi Lebrero, Alvy Singer y Nacho Rodríguez en el grand finale del concierto sinfónico Hay otra canción en el teatro Coliseo de Buenos Aires. Y lo que reina arriba y abajo del escenario es una emoción desbordante. "Que hable de mí, me haga sentir, que no estamos perdidos", parece responder, desde el piano, Fito Páez, que se suma al festivo ensamble de cancionistas que, acompañados por la imponente Orquesta Académica de Buenos Aires, interpretan a voz en cuello este himno estético y generacional compuesto por Pablo Dacal (e incluido en su disco El progreso, 2011).

Es el cierre de una noche mágica y consagratoria para una camada de artistas que emergió como colectivo a mediados de la década pasada, que en muchos casos se crió musicalmente en la cultura rock pero que rompió con los cánones estéticos del movimiento. En ese sentido, El asesinato del rock, manifiesto publicado por Dacal en 2006, es elocuente: "El rock ya no nos representa sino en parte, como el tango y la música romántica. Algo de nosotros puede ser dicho en sus términos, pero son géneros que representaron la experiencia de generaciones pasadas, no la nuestra."

Y lo que en ese entonces, junto a Lebrero, Grinjot y Singer, fue una experiencia autogestionada (los "Cantautores con orquesta": cada uno con su propio ensamble), se transformó, poco más de un lustro después, en una auspiciosa y grandilocuente apuesta del publicista Marcelo Ramos, en uno de los teatros más lindos de Buenos Aires y con una orquesta (también autogestionada) de 60 músicos, con un director sub-27: Carlos David Jaimes. Es una gesta sólo equiparable al arribo al teatro Gran Rex del espectáculo Dancing Mood Deluxe en 2007.

Es una generación artística que post-Cromañon, encontró en la no-amplificación y en el (re) descubrimiento de un abanico de artistas que va de Eduardo Mateo y El Príncipe al Cuchi Leguizamón y Atahualpa Yupanqui que operan como referentes estéticos, algunas de sus bases. Ellos han sido magistralmente retratados por el periodista platense Martín E. Graziano en su imprescindible libro Cancionistas del Río de la Plata, editado por Gourmet Musical en 2011. Y fotografiados, entre otras, por Lula Bauer, Lucía Galli y Carla Sanguinetti, emergentes visuales del movimiento.

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El espíritu de celebración recorre la velada. Luego de una obertura instrumental, Tomi Lebrero, de remera y levita, lanza versos auspiciosos -"Hola, ¿Cómo están? Vengo al festival de todos a cantar..." ("El cantor de los pueblos")- e inaugura una serie de performances individuales, acompañadas por la orquesta, que encuentra puntos altos en el intimismo de Lucio Mantel ("Mi memoria"), la interpretación croonera de Grinjot ("Barriga de luna"), el carisma de Nacho Rodríguez y su "Baila", la elegante presencia de Alvy Singer ("La negación"), la impronta rockera de Alfonso Barbieri ("Medianoche") y la impactante irrupción de Dacal con "El muelle de las brumas", compuesta junto a la poetisa Tálata Rodríguez.

Luego, comienzan pequeños sets (a razón de tres canciones por artista), con una banda base (Andy Inchausti en percusión, Fer Mántaras en contrabajo) y un desfile incesante de colegas y amigos (Sebastián Rubín, Darío Jafin, y todos los que mecionaremos luego...), con highlights en la intervención filo stand-up de Tomi Lebrero antes de presentar "Enfermo de amor" ("una canción con guiños valerialyncheanos", explicó), y Pat Morita personificando a una novia oscura, con ramo de flores incluido; los aires folclóricos de "Nadie en el espejo", de Lucio Mantel, acompañado por Juanito el Cantor y el chaqueño Seba Ibarra; la brillante trilogía de Grinjot (colchón soulero a lo Barry White en "Otra vez", la magia del uruguayo Fernando Cabrera -un faro estético para el movimiento- en "Cifra", y el romaticismo de su "Milonga del tren", con Tomi Lebrero en bandoneón, Darío Jalfín en piano, y Alvy Singer junto al templadista Daniel Drexler en las voces; el inédito dúo Los Bufanders, integrado por Alvy Singer y Julieta Sabanes ("Besame fuerte") y la merecida ovación que el teatro le regaló a la Orquesta luego de que Alvy recordara sus días como contrabajista clásico en la misma; el aura jazzy de "XX" de Nacho Rodríguez, que luego invitó a sus compañeros de Onda Vaga para la intimista "Rendición" y una versión final, sinfónica, del hit "Cantale"; la acertada incorporación de María Ezquiaga y Jimena Lopez Chaplin para "Revolcado", opus de Alfonso Barbieri, que luego invitó también a Manuel Onís (de impecable saco rosa) y El Tigre Peyrou en "El pintor verdadero", y que cerró junto a Lucio Mantel y el gran Palo Pandolfo (otro referente estético del colectivo) en los aires litoraleños de "Renacer".

Pablo Dacal, suerte de líder generacional, encontró en la orquesta la mejor réplica para "Ella ya está en la playa", le puso sonido "San Telmo" a "El artista popular" invitando a las guitarras del tiempo y bajó el telón con la eclipsante voz de Liliana Vitale y Fer Isella en el piano, para su "Zamba del fin del mundo".

Luego de "Carnavalnico", una pequeña excursión sinfónica por el altiplano compuesta por el pianista y arreglador Nico Posse, llegó la hora de los bises. Fito Páez, visiblemente emocionado, se muestra maravillado y agradecido a Buenos Aires: "Celebro que esto este pasando en esta ciudad en la que vivo desde hace muchos años y me pone muy orgulloso de estos músicos que recogen lo mejor de la herencia musical argentina". Y entonces, después de "Lo que está sonando", de Dacal, el telón se baja con una interpretación colectiva de "Hay otra canción", una gema oculta de La la la (Spinetta-Páez, 1986), que no sólo le puso el título al concierto, sino que funciona como una declaración de principios, éticos y estéticos, de este grupo de músicos que son sólo algunos de un movimiento que emerge por su prepotencia estética y que se multiplica, de las Perotá Chingó a Lisandro Aristimuño, de Pablo Montiel a los Julio y Agosto, hacia el infinito y más allá.

Lo que queda, en esa imagen final llena de emoción, con casi cien músicos sobre el escenario, es una idea de belleza, felicidad y de un triunfo colectivo. Y lo mejor de todo es que ésta noche consagratoria, a nivel artístico y también de convocatoria, no es el final de nada. Se trata, más bien, del comienzo de algo mucho más grande. No se lo pierdan.

Por Humphrey Inzillo

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