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23.11.2012 | 13:16

Dinosaur Jr: sultanes del ruido

En su primera visita al país, el trío liderado por J Mascis se presentó en el Teatro de Flores; crónica y fotos

Fotos de Rodrigo Alonso

El mundo podría derrumbarse justo ahí delante que ellos ni siquiera lo notarían. Custodiados por imponentes torres de sonido y ensimismados en sus propios instrumentos, el desembarco de Dinosaur Jr sobre suelo argentino tuvo peso de tormenta eléctrica, un remolino de distorsión, melodías y golpes movilizadores traídos desde algún submundo no tan lejano. Con volumen pleno a nivel Crazy Horse, lo de J Mascis, Lou Barlow y Murph es la exposición potente y abiertamente honesta de esa extraña relación basada en una química estrictamente musical e hipnótica; la fuerza controlada por una austeridad que lo llena todo y que, hace un cuarto de siglo, entre ráfagas de fuzz y feedback, terminó por definir el sonido de toda una década.

Desde los primeros acordes de "Thumb", cuando se abría el telón, el diagrama de Dinosaur Jr se dispone inamovible. Acotado a su propio espacio, entre cajas de Marshall y pedales, J casi no se mueve: todo lo que tiene guardado en su pecho sale por su guitarra. Con sólo algunos pequeños ladeos que dan un poco de vida a su cabellera blanca y desmechada, Mascis luce siempre algo sedado, sumergido en su propio mundo desde donde brota esa voz cansina, siempre al borde del quiebre, y esa catarata de solos violentos y filosos; una forma de tocar la guitarra voladora y sumamente atrapante. En la otra punta, y sin siquiera cruzar miradas con su legendario socio, Barlow parece exagerado puesto en comparación: rasguea el bajo como una guitarra más, deja flotar sus rulos sin parar de mover la cabeza mientras ensaya algunos saltos como avivando al pogo desde arriba. Al medio, en cambio, lo de Murph esa una clase de vigorosidad y conducta, el corazón y el ritmo infranqueable de este organismo que en ningún momento deja de funcionar a la perfección.

Y lo mejor de todo esto es que, en pleno auge de visitas y revisitas, el arribo de Dinosaur Jr al país lo encuentra en una situación de fertilidad y salud completa. Tras su reencuentro con la formación original -en 2005-, el trío empató la marca de los discos editados en su etapa de esplendor y cerró una trilogía a la altura de lo alcanzado durante los dorados años ochenta. Sin embargo, con I Bet on Sky, recientemente editado ("Watch the Corners" soltó el primer mosh de la noche), lo que parecía ser un repaso necesario por buena parte del flamante material terminó siendo en cambio un recorrido aleatorio por toda su discografía: desde "The Wagon" (de Green Mind), pasando por "Feel the Pain" (Without a Sound), "Freak Scene" (Bug), hasta "Little Fury Things" (del imprescindible You're Living All Over Me).

Sobre las melodías vocales siempre arrastradas de J y el aporte algo más diáfano y clarificador sobre el micrófono de Barlow, las canciones de Dinosaur Jr son capaces de incendiarse en milésimas de segundo, justo cuando la guitarra de Mascis toma por asalto la atmósfera de magnetismo que produce su parca pero atrayente estirpe de viejo-hippie-holgazán poniendo a prueba los tímpanos de un Teatro de Flores a sala llena. No por nada, las cuerdas acusan constantemente el abuso de sus dedos y deben ser afinadas entre tema y tema. Ahí es cuando Barlow -aunque varias veces se acerque, sonría, amague y se vuelva sobre sus propios pasos- sea el encargado de dirigirse al público. "Argentina está muy lejos de donde vivimos, gracias por venir a nuestro show", dirá algo escueto y sonriente, para darle paso a un cierre memorable con temas como "Just Like Heaven" y "Sludgefeast"; espasmos de sobra para prescindir incluso de la perspectiva histórica al momento de intentar procesar el valor real de Dinosaur Jr. porque simplemente su show resulta demoledor. Y, aunque la parsimonia y el humor con el que J extiende su mano y mira por única vez al público para despedirse parece indicar lo contrario, esto no es cosa de todos los días. De prueba está ese zumbido en los oídos, que ni siquiera molesta: es además un buen recuerdo.

Por Juan Barberis

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