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13.12.2012 | 15:52

Ricardo Iorio, modelo para armar

Un viaje al interior de un viejo caudillo del metal que la industria del entretenimiento desfragmentó en objeto de consumo más allá de su genial obra artística

Foto de José Luis García

"Cuidame, hermano, no me hagas mierda. Te lo pido por favor". Parecía el Gatica de leyenda que Osvaldo Soriano retrató en uno de sus cuentos más geniales: humillado por el desangre público, solo pedía clemencia, un poco de compasión para ese gigante herido con voz de monstruo y los sentimientos de un niño sin consuelo. Como el boxeador en aquella tarde fatal donde un colectivo puso fin a tanta gloria y locura, Ricardo Iorio solo reclamaba un poco de paz en la tormenta. Que, en este caso, significaba omitir de la transcripción final algún que otro desfigurón de la conversación que había mantenido en el balcón de un boliche de Villa Gesell donde, esa noche, iba a tocar para un puñado de fanáticos de temporada alta.

La nota, como esa tarde de enero al sol, había sido un fuego, tal era su vida luego de aquella famosa entrevista con Rolling Stone en donde había dicho: "si sos judío, no me vengas a cantar el himno" . Iorio venía de despedir un 2000 fatal para abrazar un 2001 trágico en donde, a las polémicas añadidas por nuevas declaraciones picantes, se le agregaba el duro trance del suicidio de Ana Mourín, primera esposa, madre de sus hijas, co-autora de alguna de sus letras más brillantes (como "Atravesando todo límite", por ejemplo) y creadora de V8, un sentimiento, libro angular de la bibliografía jevi argentina. Esa tarde en cuestión, Iorio estaba inabordable. Desbocado, amable, disléxico, hiperquinético, enternecedor, histérico, conmovedor, explosivo. Convivían en esa silla de plástico tantos Iorios como eran posibles, hasta que todo explotaba por los aires en un llanto desgarrador y, así, volvía comenzar la secuencia, ante la risa de propios, el asombro de ajenos y la extraña fascinación que provocan los estallidos impredecibles.

Una versión edulcorada de esa nota salió a la calle, mostrando un Iorio vehemente y amenazante... pero inofensivo. El perro con bozal y la granada precintada contienen peligros a un nudo de distancia: solo era cuestión de tiempo. A los pocos meses salió a la calle Piedra libre, aquel disco en el que redobló la provocación hablando de caballos verdes y reivindicando a Seineldín. Y todo reventó en mil pedazos. Sus declaraciones desafinadas y fuera de tempo, mezcladas con algunas dosis de moralina (en tiempos donde las apologías de la cumbia villera y la vuelta de Cavallo a la administración pública eran celebradas en las grandes pantallas) fueron la combustión que dio mecha a la hoguera pública. "Yo no soy antisemita, pero así quedaré hasta que muera, amén de lo que he escrito antes", había dicho un año más tarde, triste y apesumbrado, mientras esperaba salir al escenario de un show cualquiera. Fue en una de las pocas entrevistas que ofreció en esa larga noche de ostracismo y reclusión, provocada por su nueva vida de toro y pampa en las soledades de la ruralidad bonaerense y, también, por cierto desprecio de los canales convenciones de la industria y el mercado (algunos recordarán los avisos gráficos de los shows de Almafuerte, acompañados por la leyenda: "no nos pasan en ningún lado").

¿En qué momento fue, entonces, que Iorio cambió su piel de lobo cimarrón para convertirse en este cordero de prime time? En este -digamos- producto a la medida de las dinámicas de los mass media que hoy, como nunca, buscan con hambre y sed los golpes. Y a veces bajos, por qué negarlo, pero fáciles, al fin y al cabo. Se sabe en el ambiente del periodismo (al menos, en el que incumbe a la cultura rock y sucedáneos) que una entrevista a Iorio siempre garpa. Que es solo cuestión de prender el grabador... y dejarse llevar. A diferencia de muchos de su especie, que enfrentan los reportajes con una riestra de lugares comunes tales como "estamos en nuestro mejor momento" o "el último disco es lo más maduro de la banda", Iorio la asume como un contrato moral. Más aún: como una gesta épica. Nada de lo que dice pasará desapercibido, dejando a su paso frases de antología. Al cabo que no hace falta ser periodista para notarlo: también lo saben los fans que disfrutan sus monólogos entre canción y canción (a veces, ante la mirada torcida de algún compañero) y también los adeptos a las ricardescas, el tag con el que el sitio mutantes.com.ar comenzó a recopilar la fantasía que Iorio desparramaba con su verborrea incontenible.

Le habrá llegado esto a Beto Casella, o a alguno de sus productores, o al amigo de uno de sus hijos, y así fue como Iorio hizo su aparición estelar en la pantalla chica en septiembre de 2010, gracias a una amistad entre el músico y el conductor que ambos se encargaron de dejarnos en claro una y otra vez. "Un hombre de fuertes convicciones... ferviente defensor de lo nacional", decía aquella presentación (que también pifiaba mencionándolo como bajista que ya no es, atribuyéndole la creación de una banda que jamás integró como Riff y vendiendo la entrevista como la primera que daba en un estudio de televisión). Una hora editada en la que nuestro hombre de negro aparecía hablando de José Larralde, Rodríguez Saa, los chinos que vendrán como perro buscando agua, la Guerra del Paraguay, su amor por Baby Etchecopar y Eduardo Feinmann, Ludovica Squirru, las plantaciones de aloe vera y afines. Merca de primera era, rápidamente fue replicado por los programas que replican a programas, colocándolo en la cinta de montaje de los objetos en serie de allí se mercadean. Henry Ford no podría haberlo hecho mejor

A partir de ahí, nada volvió a ser igual. Ricardo Iorio hinchando la vena en cámara es un tigre blanco paseando por un jardín de infantes, y todos los canales comenzaron a hacer fila para llevarse otro poco de ese personaje exótico, en peligro de extinción. Pero algo lo diferencia de toda la cohorte de librepensadores que forman parte del fast food cultural de nuestro tiempo: nada de lo dicho fue pensado para la luz roja de la cámara. Ni sus interjecciones delirantes ("Sabina es un hacedor de lesbianas"), ni sus muletillas de ringtone (el "chúpame la pija desde la luna", que no es un producto nuevo, vale decir), ni sus razonamientos brillantes ("si el yogur es tan bueno, ¿por qué no lo regalan en los hospitales?").

Se le animó a varios programas (de ahí surgió uno de sus highlights, el de la playstation y la sopa), pero solo reincidió en el Casella, su amigo, el que se le ríe en la cara mientras Iorio llora y cuenta que un bebé recién nacido fue abandonado al costado de un puente. "Una cábala de fin de año", coinciden ambos, porque fue así: como regalo de navidad, Iorio volvió en diciembre de 2011 y en noviembre pasado, para alegría del canal emisor, de todos los programas de archivo y de los panelistas de la media tarde que festejan las ocurrencias (tal como hicieron con Charly, tal como hicieron con Pity) de un tipo que termina las entrevistas arrastrando la quijada y balbuceando expresiones ininteligibles. Como si el saco que le fue puesto le pesara más de lo que su espalda estuviera dispuesta a soportar. Como si esas carcajadas que le celebran sus reflexiones fueran las espinas de una conciencia aturdida (la de un tipo al que hacen bailar entre lo auténtico y lo ridículo). Como si, en una de esas, y tal como hizo en una tarde calurosa de hace algunos años, solo quisiera pedir que lo cuiden un poco, que no diluyan lo que queda de ese genial autor y compositor que supo vibrar las cuerdas de la sensibilidad popular sin la ayuda de bufones ni chacales.

Por Juan Ignacio Provéndola



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