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Maravilla Martínez: luchador hot

Miedos, pastillas de melatonina y el boxeo como matemática: antes de defender el título en Vélez, el campeón pone la otra mejilla; leé la nota que define nuestro especial caliente de verano

 

"Poné que me gustan las chicas, si no dicen que soy gay."
-¿Lo pongo porque te gustan o lo pongo para que no digan que sos gay?
-Si fuera gay diría: soy gay, y qué. Pero no, me gustan las chicas, son mi perdición.

A las tres de la tarde de un martes, la Federación Argentina de Box, con su ring y sus gradas de cemento, con sus sillitas plásticas de jardín, es un escenario melancólico y en reposo, un desarmadero de ilusiones descansando de la euforia que lo colma los días que hay pelea. A un costado, Sergio Gabriel Martínez, alias Maravilla, se saca fotos con hermosas chicas de agencia que luego cobrarán su jornal; y su bata animal print y su lustroso cinturón de campeón esparcen sobre este viejo galpón de la calle Castro Barros un fotograma de Las Vegas en Buenos Aires con su moraleja correspondiente, la del chico pobre que comía ensalada de chinchulines, porque en la carnicería era lo único que se podía comprar. Y mirá cómo se abrió camino: mirá. El boxeo, como el polo, es un deporte de clase.

Veamos. Sergio nació el 21 de febrero de 1975 en Avellaneda, pero creció en Quilmes, en Claypole, en Quilmes otra vez, un chico del Conurbano sur con una historia de pobreza en familia que Pol-ka le podría haber escrito si de verdad no la hubiera tenido. Hijo de un padre techista y de una madre bien caserita con mano hábil para la pastafrola, los Martínez se pasaron buena parte de la vida sobreviviendo. Sergio fue un buen alumno, algo retraído pero que traía boletines incuestionables hasta que un hermano mayor salió sorteado para la colimba y, santas miserias Batman, el joven Maravilla tuvo que dejar la secundaria para ayudarle a papá a cortar la chapa de los tinglados y de paso, después, colocarlos. La vida era eso, dice Sergio, y no estaba mal, porque tampoco había mucha conciencia de que pudiera ser otra cosa. El problema eran las noches, el largo vacío hasta el amanecer.

"Tengo un maldito insomnio, un insomnio de nacimiento."
-¿Cómo es la vida del que no puede dormir?
-Es espantosa, macho. Yo no sé si es porque uno piensa mucho o porque uno piensa poco, pero en cualquier caso la noche se hace interminable. Mi padre me cuenta que de bebé yo no dormía jamás. Y cuando era niño, vivíamos en una casita muy pobre, muy pequeñita, con techos de chapa, y yo escuchaba a todos dormir, durante tooooda la noche. No sabía qué hacer con el tiempo.
-Si pensar mucho o pensar poco.
-Es peor cuando sos chico. Tenemos poco vivido, entonces no tenés casi ni memoria. No hay mucho para recordar, sólo lo que jugaste esa tarde. Hoy en día, con una vida tan vivida como la que tengo yo, pues digo: voy a recordar tal año, tal fecha, qué hice en tal momento, estaba haciendo tal y tal cosa. y así la noche pasa mejor.
-¿Se lo contaste a tus padres o vivías esa tragedia del insomnio en secreto? -No, no supieron nada hasta que ya fui grande. A pesar de tener un papá techista, teníamos agujeros en los techos, por todos lados, típica casa que cuando llueve, llueve más adentro que fuera, y cuando empezaba a clarear, yo veía la luz colarse por arriba. Entonces mi padre se levantaba y me decía: "Eh, qué pasa, cabezón, ¿te despertaste temprano?". Así me decía cuando yo recién me empezaba a dormir. Me dormía a las seis de la mañana, a las siete, y claro, a las once todavía estaba desmayado. Así fue como me gané un apodo en mi casa, el dormilón. ¿Te das cuenta? Yo, que no podía pegar un ojo en toda la noche, resulta que era el dormilón de la familia. La vida siempre me vino así torcida, de chiquito.
-¿Cómo hace para pelear por un título del mundo un tipo que la noche anterior no durmió bien?
-Aprendí a controlarlo. Me ayudan mucho las pastillas de melatonina.
-Guarda con lo que tomás.
-Sí, a ver si terminamos todos presos.

Sergio Martínez solía terminar preso: conoce los calabozos de todas las comisarías de Alcalá de Henares, donde era detenido cada vez que un agente de la policía española le pedía los documentos que no tenía. Dejó la Argentina el 9 de febrero de 2002. Sergio lo cuenta con esa precisión del calendario que le ayuda, dice, a ordenar los pensamientos con los que enfrentará la siguiente noche de insomnio. Entre su vida de techista auxiliar y el avión que lo llevó a España hubo varios intentos en varios deportes, y fue el fútbol en el que más lejos llegó antes de subirse a un ring. Tal vez si hubiera fichado para Los Andes, como estuvo a punto de hacerlo, hoy tendríamos otro argentino haciendo goles en ESPN, nunca lo sabremos, porque Rubén Paniagua, su descubridor, que también es su tío, que también fue boxeador, le reescribió la suerte cuando le dijo, le sugirió que saliera de las canchas y probara con los guantes.

"Si vos decís que estoy para boxear, yo boxeo."

Así le respondió, ansioso de encontrar un camino definitivo, el excitado sobrinito. En un año y medio como amateur ganó treinta y nueve peleas y perdió dos. No había nada que discutir. Con un boxeo muy personal, parecido a ningún otro, un boxeo libre y heterodoxo, se abrió rápidamente camino en un circuito argentino que pronto le quedó estrecho. Debutó con una victoria en diciembre del 97 y de allí en más no hizo otra cosa que ganar. Por fin, el 19 de febrero de 2000 tuvo su primera chance internacional en el fulgor de Las Vegas y frente al mexicano Antonio Margarito con quien, lógicamente, perdió por nocaut técnico. La verdad es que allí podría haberse terminado todo, como les ha pasado a tantísimos boxeadores que pelean en casa y ganan, salen a pelear afuera y pierden, vuelven a casa y vuelven a perder, a ganar, a empatar, y así se apagan, lentamente, carreras que germinan, pero no crecen. Margarito le enseñó a Martínez lo que era bajarse de un ring con una derrota encima pero le enseñó también lo que era seguir adelante. Volvió. En junio ganó el cinturón latino de la Organización y en 2001 se quedó con el título superwelter de la FAB, un mes después lo defendió con éxito y entonces, sí, con un país prendido fuego, Ezeiza, España, el resto del mundo. Fueron tiempos duros, los de ponerle ojitos de moribundo a los agentes de migraciones para evitar la deportación.

"Yo les decía a los policías que no era ilegal, que sólo era indocumentado, pero que pagaba mis impuestos, tenía cinco trabajos, me saludaba con mis vecinos."

En España aguantó la vida como pudo, nada que no hubiera conocido en Claypole, sólo que ahora estaba en Azuqueca de Henares, cerca del Alcalá. Habrá lavado platos, barrido las calles, llegó a casarse en santo matrimonio para facilitar sus papeles. Nunca dejó de pelear, en todos los sentidos que le quieran cargar a esas peleas. Arrancó ganándole a Moreno Gamboa por decisión unánime el 26 de abril de 2002, en Barcelona. Entre pelea y pelea, entre detención y detención, se fue construyendo el boxeador que sería.

Es curioso el trazado que hizo el personaje Maravilla Martínez en un mundo gestionado por los medios de comunicación y sus luces omniscientes. Cualquier pancho que asoma un poco la carita en la marea mediática se asegura una resonancia urgente, más allá de lo perdurable que pueda ser. El 17 de abril de 2010 Martínez se quedó con el cinturón del Consejo y también con el de la Organización en una pelea durísima frente a un durísimo rival como Kelly Pavlik, todo en el sucio corazón de Atlantic City. Luego vino a la Argentina, pero nadie lo recibió. Los cronistas deportivos, sí, desde ya, y el tipo que hace boxeo para Olé, pero nadie más. Tenía los mismos títulos que tiene hoy ganados a un rival con mayor peso y jerarquía que Chávez Jr. y, sin embargo, acá, nada.

-¿No te enojó el reconocimiento tardío? ¿No te resiente esa demora?
-Es que no fue tardío.
-Vos ya eras una celebridad.
-No, celebridad fue Ernesto Sabato. Alejandro Dolina es una celebridad, tipos que piensan y te explican el mundo.
-Okay, sacale "celebridad", pero ya eras un campeón.
-Sí, pero todavía no era ídolo. Y no son la misma cosa, te lo juro.
-¿Y cuál sería la diferencia?
-El ídolo necesita un carisma que no todo campeón tiene.

Tiene un azar poco predecible, el mercado de la idolatría. Tuvo que ir lo de Fantino y marcarle históricos ocho puntos de rating en la medianoche de América para que, con la charla, apareciera no el deportista, sino el personaje.
-¿Cómo es boxear? ¿Cómo es estar paradito ahí arriba?
-El boxeo es posición. Está mal enseñado, el boxeo. Te enseñan a pegar cuando lo que debe enseñarse es la posición.
-¿Cómo sería esa lección?
-Te dicen que tenés que ir para adelante, pero entonces te enseñan a bloquear tu cuerpo, para no recibir castigo, es decir, te enseñan a anular tu cuerpo de libertad. Y al cuerpo hay que darle libertad. Yo no digo que lo hago bien ni lindo, pero si tú te fijas, yo peleo con libertad, porque ser libre para hacer lo que te gusta es lo mejor que te puede pasar en la vida.
-¿Cómo se expresa esa libertad sobre un ring en una pelea por un título del mundo?
-Yo bajo la guardia y camino para allá, camino para acá. Utilizo los cuatro rincones y hago uso hasta del último centímetro del ring que pueda ser utilizado, hasta el último pequeñísimo espacio. ¿Y sabés por qué? Porque el ring está detrás del boxeador, es eso que está detrás de ti. Te enseñan a boxear hacia adelante y adelante lo que tenés es a tu rival. Si voy para adelante le estoy dando posibilidades a un hombre que quizá ni siquiera las tenga. En el boxeo hay mucha precariedad mental. Los boxeadores ya de por sí somos un poquito. bueh, esto lo digo con todo el respeto del mundo, pero si hay algo por lo que nos caracterizamos los boxeadores es porque no nos parecemos a Albert Einstein.

 

La última aparición estelar del deporte argentino no cree en los golpes. No cree que el boxeo esté hecho ni de golpes ni de fuerza ni de potencia ni de velocidad.

"El boxeo es matemática." Dice. Y te deja mirándolo, un rato; te obliga a achinar los ojos como intentando comprender esa conjunción inesperada: matemática, es el boxeo, una ciencia dura, una actividad de la mente.

"Tampoco es físico, un asunto del cuerpo." Rubrica Martínez, haciendo crecer la sorpresa. Si el box no es físico, ni una cuestión técnica que lo implica, entonces tenemos un tema que resolver. La explicación está en dos peleas insignes que el boxeo argentino le ha entregado a los que comenzamos a consumirlo con fascinación durante los 80, cuando Leonard, Hagler, Hearns y Durán, el gran Mano de Piedra, nos enseñaron que sobre un ring se podían hacer maravillas y comenzamos a esperarlas acá, en los cuadriláteros de la patria. Porque los ancianos venerables nos habían hablado de Monzón, de su boxeo perfecto; de Galíndez y su fiereza inconquistable; de Locche, que murió intocado. Pero eran relatos, no peleas ocurriendo. Hasta la noche del 29 de octubre de 1987, cuando el cordobés Juan Domingo Martillo Roldán subió a buscar una mano única, un martillazo definitivo, para que Tommy Hearns, la cobra de Detroit, cayera para siempre. Hearns fue el primer boxeador de la historia en ganar los cinturones de cuatro categorías distintas. Roldán sabía a quién tenía enfrente, por más que en su rincón lo tuviera al gran hacedor, a Tito Lectoure, que lo mandó a pelear con la cabeza. Roldán desobedeció, salió a pelear con los puños, para adelante, arrebatado, puro físico puesto en marcha, buscando que la potencia de su martillazo le diera lo que su cabeza no podía imaginar. Cayó dos veces en el primero. Una vez en el segundo. En el cuarto lo agarró, y el gran Tommy Hearns tambaleó como una torre gemela con un avión adentro. Tuvo que ir al clinch, la Cobra. Se le quebraron las piernas pero aguantó. Fue el instante en el que pudo haber doblado la historia, el momento en el que casi sí, pero no. Un minuto y medio más tarde, luego de una derecha voleada, el que cayó para siempre fue Roldán.

El reverso exacto de esta pelea física es la gloriosa, la interminable, la eterna pelea de Jorge Locomotora Castro, el Roña, frente al impecable crédito de Denver, Colorado, John David Jackson, por el título de los medianos, el 10 de diciembre de 1994, en Monterrey, México. Un rato antes había peleado el monumental Julio César Chávez y un rato después lo haría Frankie El Cirujano Randall, es decir, era una velada mayor. Para el noveno round, Castro había perdido el párpado de su ojo derecho, que se había convertido en una zanja de sangre apenas un poco mayor que la zanja de sangre que tenía sobre el párpado del ojo izquierdo. Ya le habían mandado médico al rincón y si seguía peleando era sólo porque respondía correctamente a las preguntas de orientación. Ya no tenía cara, le quedaba, solamente, su inteligencia para boxear. Del otro lado, el campeón de la WBA y la WBO confiadísimo bailoteaba y, con él, los flecos dorados de sus botitas. Era un hombre entero, reluciente y sin rastros de un combate lastimando contra las cuerdas a otro herido, desdibujado. Iban cuarenta segundos del noveno asalto cuando Jackson, después de un sobrador juego de manos, sacó la derecha que sería su perdición. Castro recibió el golpe y fingió un grogui que nunca existió. Se hizo, lo actuó. Reculó hasta las cuerdas como si de verdad hubiera sentido la derecha y logró lo que quería, que Jackson entrara como un caballo y se le viniera, sin guardia, a rematarlo. Ahí estaba Castro, recibiendo los golpes que su rival creía serían los últimos de una pelea que no tenía por qué continuar. Lo esperó, Castro. Cuando lo sintió bien cerca, cuando supo que Jackson le creyó, sacó la derecha, que no entró, y atrás sacó el cross de izquierda, que sí. Dice Maravilla Martínez:

"Todavía le están contando a Jackson. Tuvieron que usar un almanaque."
Por eso la matemática, entonces. "Porque -dice Maravilla- arriba del ring lo único que importa es pensar."
-Y Martillo Roldán no pensó.
-No, en cambio Castro, un boxeador que no hizo tres abdominales en toda su vida, fue pícaro, fue inteligente. Así se boxea, con la cabeza. Y así también se vive. Si te enseñan a boxear en base a los golpes, estás perdido, macho. El boxeo es posición, tiempo y distancia. Hay una épica de ir para adelante en la que yo no creo.
-¿Cuál es la épica de ir para atrás?
-No es épica, es inteligencia. Roldán fue para adelante. Castro fue para atrás. ¿Quién de los dos fue campeón del mundo?
-¿Qué encontrás cuando caminás el ring?
-Cuando das el paso atrás el ring hace fffuuuuuuu, se abre todo, como cuando tirás el zoom para atrás y de golpe ves todo el paisaje que no estabas viendo porque encuadrabas cerrado, para adelante. Yo doy el paso atrás y de golpe el ring se me transforma en un campo de fútbol. ¿Qué pasa? los boxeadores sólo miramos hacia adelante, como caballos con anteojeras, por lo general se boxea de esa manera, el más fuerte avanza y el más débil retrocede, pero hay algo que pocos saben: el boxeo no es físico, no es fuerza. Si fuera fuerza, yo no tendría cincuenta peleas ganadas. No soy un hombre fuerte, casi todos en este medio son más fuertes que yo.
-¿Y entonces?
-Entonces hay que trabajar la insinuación, al rival hay que mentirle, hay que hacerle morder el anzuelo, por acá y por allá, hay que darle señuelos para terminar como me gusta terminar a mí las peleas: yo le tiro galletitas y él viene comiendo, comiendo, comiendo.
-¿Y cómo es estar ahí arriba, pero no del ring, sino de la fama, la celebridad, los medios, las cámaras, bailando en lo de Tinelli?
-Es ficción.
-¿Te gusta esa ficción?
-No me molesta, pero después de unos días de alboroto necesito desaparecer.
-¿Y quién sos cuando desaparecés?
-Un tipo que entrena duro, muy duro.
-¿Para qué?
-Porque tengo miedo.
-¿A qué?
-A la vergüenza.
-¿Qué te avergonzaría?
-Caer.
-Ya caíste alguna vez.
-Por eso. No quiero que me vuelva a pasar.
-¿Qué es lo peor de caer?
-Que mis padres me ven así, tirado, caído. Me produce una vergüenza insoportable. El miedo mío es un miedo muy cabrón, porque es un miedo que puede pasar, va de la mano conmigo.
-El fracaso.
-Sí, el fracaso, la vergüenza, son dos nombres para la misma cosa.

Hay algo de literatura de autoayuda en el relato constante de Sergio Martínez, en el que escribe él mismo y también en el que le escriben. Algo de tú puedes si yo pude. Dos libros aparecidos un poco instantáneamente, Corazón de rey, de Planeta, en clave autobiográfica; y El hombre detrás del campeón, de Corregidor, firmado por el periodista Germán Riesco, repiten las lecciones del esfuerzo, la superación, el sueño por alcanzar, el sueño alcanzado, todo con una mamá buena buenísima que sigue viviendo en la casita de Quilmes y un familión blanco que banca a muerte. Pero tiene algo más, este chico Maravilla. Tiene una especie de filo en el ojo, sensatez y panorama, una inteligencia de sobreviviente que se deja ver en el fondo de su charla, siempre en el español neutro que lo termina de hacer sonar como una rareza argentina (como Messi, el otro superhéroe deportivo nacional, debió emigrar para hacerse grande). ¿Cómo habrá sonado la conversación de Sergio Martínez cuando era un chico pobre de los suburbios? Chabón, fierita, dice ahora Martínez, queriendo imitar los sonidos argentinos que ha ido perdiendo. Parece que los usa en los monólogos que escribe para sus stand-ups que apenas se conocen. Porque es humorista, Maravilla. Pídanle que les cuente el chiste del ingeniero y la burrita, lo tiene bien practicado, y le sale redondo.

-¿Cuándo te das cuenta de que sos Maravilla, el ídolo? ¿Y qué hacés cuando lo comprobás?
-Mira, hace un tiempo estaba yo sentado en un restaurante en Las Vegas, con un amigo. Y le digo: "El que está en aquella mesa, de gorrita, es Marvin Hagler, uno de los medianos más grandes de todos los tiempos, quizás el mejor, después de Carlos Monzón. El zurdo más elegante de la historia". Y así, toda la noche hablando de él. De golpe siento un manotazo pesado en la espalda y alguien que me dice. "Eh, Martínez, ¿cómo estás?" Era Hagler que se había levantado y había venido a saludarme. Yo lo miré, pasmado, pero pasmado de verdad, y le pregunté: "Disculpe, pero ¿usted me conoce a mí?". Y Hagler que me dice: "Pero cómo no voy a saber, eres Maravilla". Ahí me doy cuenta. Después, te juro, no sé qué hacer. Yo soy un tipo común que cuando está solo en su casa se lava su ropa y se hace su comida.

Con la gilada argentina cantando que el que no salta es un inglés, el 27 de abril Sergio Martínez va a defender sus cinturones contra el británico Martin Murray en la cancha de Vélez. La última pelea argentina en un estadio de fútbol fue en el viejo estadio de River Plate de la calle Tagle, el 20 de marzo de 1930, cuando Justo Suárez, el Torito de Mataderos, subió al ring para consagrar su leyenda y darle un tema a Los Pericos. Con estas dimensiones, así de mega se viene escribiendo la historia del nuevo figurón deportivo nacional, con Olimpia de Oro y premios que, de otra manera, hubieran ido a parar, una vez más, a las manos de Lionel Messi. De todas formas, antes de Vélez, Martínez pasará otra temporada desaparecido en los fondos de su vida privada, de la que no habla, o casi. Pongamos que le gustan las chicas, pongámoslo otra vez.

El box es un deporte vapuleado por quienes ven en su actividad rentada una proyección moderna del circo romano y su pulsión salvaje, inmoral. Y estamos los que creemos que es el deporte que expresa mejor que ningún otro el romanticismo trágico de la especie, romanticismo en el sentido del romanticismo alemán, trágico en el sentido de que si no derribás al tipo que tenés adelante, no comés, no sos nadie. Cada uno encuentra, en su caja de herramientas, los recursos con los que va a intentar ser alguien. Sergio Martínez, Maravilla, se dio cuenta a tiempo de que esos recursos no los tenía en los puños.

Por Alejandro Seselovsky ~ Fotos de Vera Rosemberg

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