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16.02.2013 | 18:50

Jamiroquai en Ferro: la democracia del baile

La banda británica se presentó en Buenos Aires por quinta vez y volvió a ofrecer todo su arsenal de hits, ritmo y groove para todos

Fotos de Agustín Dusserre

"¡Deja de retorcerlo para que se vuelva confuso! No puedo resistirme a decir: 'oh, esta letra no es muy profunda'. No busco canciones que expandan la mente, sino el corazón. Si no suena bien sólo con el teclado y la voz, o con una guitarra y la voz, la descarto automáticamente". Sin rodeos, Jay Kay revela el genoma de esa factoría de ritmo y hits en la que se ha convertido Jamiroquai a lo largo de siete discos de estudio y 21 años de carrera. Un grupo que parte de la simpleza compositiva y el magnetismo escénico de una persona para explotar luego con el trabajo colectivo de esa fina maquinaria que ensambla cuerdas, teclas, vientos y coros. Una decena de músicos al servicio de esa poderosa marca registrada que sale por el mundo para evocar sus propios standards, una vez más, y ofrecer otra lección de groove, jam y baile. De trasladarse sin movimiento, como aquel concepto aristotélico del motor inmóvil, solo que releído dos mil años después a través de un ejercicio militante universal.

Sin discos urgentes por presentar ni ningún tipo de compromiso pendiente con la industria de la música, el grupo británico se despojó de formalismos y, en su quinta visita porteña, fue a los bifes. Que, en su caso, significa echar mano a Travelling Without Moving (1996) y A Funk Odyssey (2001), los álbumes que mejormente subrayan el elemento bailable de su repertorio. Las agujas se habían clavado en las 22 horas cuando Jay Kay y su pandilla ganaron el escenario de Microestadio de Ferro (en sustitución del Club Hípico) y salieron al ruedo con "Twenty Zero One".

A continuación, el primer punto alto de la noche fue con "Allright", canción que, alguna vez, tuvo que ser ejecutada dos veces de manera consecutiva por la denodada insistencia del público argentino. "¡Buenas noches, Aryentina, muchas gracias!", dijo Kay, una entre tantas veces, aunque ninguna de ellas con su tradicional corona de plumas, sustituida en esta gira por un sombrero común y corriente tipo Borsalino. Era un fuego la noche en Caballito y el cantante tuvo que abandonar rápidamente el poncho andino que lució estoicamente hasta el borde de la deshidratación. Tal vez porque comprendió que no era el único que padecía el calor, tomó una heladerita y revoleó entre sus vecinos del campo VIP varias botellas de bebida, que curiosamente no eran de la marca que patrocinaba el evento. Pequeñas fisuras del marketing en plena era del rock rentado.

Es común confundir a Jay Kay con Jamiroquai. Su inagotable repertorio de pasos de bailes, desplazamientos antigravitacionales y movimientos chamanísticos, sumado a su carisma y a su vasto dominio del juego escénico lo colocan inevitablemente en el primer plano de los esfuerzos colectivos. Pero él es sólo la cara visible de una megadimensión musical que discurre entre filamentos paralelos y nervaduras complejas, una experiencia hipersensitiva que va más allá de lo que dictan el oído y la vista. Así, por ejemplo, la banda es capaz de sostener la intensidad de grandes éxitos radiales como "Space Cowboy" o "Love Foolosophy" aun estirándolos en versiones que duplican su duración original. Una jam sesión premeditada, mientras Kay se cambia la campera por enésima vez o recobra el oxígeno entre el sopor de una noche que jamás concedió renuncios. "Talullah" y "Runaway" fueron sorpresivas excepciones a un setlist que todo fanático reconoce al dedillo. "Little L", "Canned Heat", "Cosmic Girl" y "Deeper Underground" fueron la muestra de cuánto enriquece la recurrencia si es que lo obvio se vuelve eficaz. Que, en este caso, al igual que el cierre con "White Knuckle Ride", redundó en lo mismo: celebrar las composiciones sencillas e irresistibles del bueno de Kay, esas que expanden el corazón y lo convierten en un músculo único, popular y democrático, al alcance de todos y de todas.

Por Juan Ignacio Provéndola

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