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06.03.2013 | 17:06

James Franco: el ilusionista

Ante el estreno de Oz, el poderoso, el portador de la sonrisa más ganadora de Hollywood explica cómo dejó de ser un chico difícil para convertirse en una máquina de rodar; leé la entrevista exclusiva

Franco con Raimi, en el set.

En el segundo numero veinte de la intro de Freaks and Geeks, un primer plano de un aún adolescente James Franco captura el instante fugaz pero a la vez infinito en el que su comisura se eleva sutilmente para transformarse en una sonrisa pícara, digna del personaje reventado, ese winner fumón al que todo le chupaba un huevo, el papel con el que dio su primer gran salto. Ahí sonaba "Bad Reputation" de Joan Jett y el paisaje conceptual se completaba: el pibe raro y arrogante que encarnó en la serie de culto-semillero producida por el célebre director de comedias Judd Apatow a fines de los 90 le encajaba perfecto. Trece años después, en una habitación lujosa del hotel más concheto de Los Angeles, Franco vuelve a mover los mismos músculos faciales mientras juega con su celular y parece estar pasado de rosca al final de un largo día de entrevistas. Esa contracción es su herramienta de conquista desde hace más de una década. Pero, claro, claro, James Franco logró demostrar que es más que un mero portador de toda la facha del universo. De eso, del crecimiento de su carrera y de sus tantas incursiones artísticas, de la transformación del pibito descontrolado en un actor -llamémoslo- serio, está más consciente que nunca, y evidentemente necesita verbalizarlo. Así, con ese relajo narcótico producto de la quemazón de una jornada agotadora.

A pesar de lo que se rumorea en los pasillos ("¡es una pesadilla!"), James está de buen humor. La razón por la cual está sentado en ese cuarto de hotel es Oz, el poderoso, la precuela de la famosa historia del Mago, basada en los mismos libros de Lyman Frank Baum en los que se basó la película de 1939 protagonizada por Judy Garland. Es su cuarto trabajo junto a Sam Raimi (director de las tres Spiderman y el hombre detrás de Darkman) y su primera megaproducción en 3D a cargo de Disney. Aquí Franco encarna a Oscar Diggs, un ilusionista de feria que de repente se ve involucrado en la crisis sociopolítica de un mundo mágico en ruinas, dominado por tres hermosas brujas interpretadas por Mila Kunis, Michelle Williams y Rachel Weisz (orgía de bombones). "Una de las razones por las que acepté el papel fue porque soy fan de la película del 39 y de los libros, que leí cuando probablemente tenía 10, 11 años. De chico, cuando recién empezaba a leer, me encantaban las historias fantásticas; supongo que me gustaba la idea de ser transportado a un mundo diferente", dice antes de agregar y largar la primera de varias carcajadas: "En ese momento quería ser Dorothy".

La aventura de Diggs, además de convertirlo en líder y ligarlo sentimentalmente con una y otra bruja, termina implicando una transformación interna: como suele suceder en este tipo de films, el viaje también es hacia adentro. Lo que nos conduce hacia otro de los motivos principales que lo llevaron a aceptar el protagónico: Raimi, que lo dirigió en su primer gran papel ya en el terreno de las superproducciones de Hollywood: el inicio de la trilogía Spiderman, en 2002. Esto fue luego de que Franco se hiciera notar con su interpretación de James Dean para la película homónima. La elección, entonces, fue mutua.

Unas horas antes del encuentro con Franco, Sam Raimi, que había barajado los nombres de Johnny Depp y Robert Downey Jr para interpretar a Oscar Diggs, argumenta su elección de casting: "Oz es un charlatán narcisista, pero aprende -gracias al poder del amor- a dejar de serlo. Durante la década en la que hicimos la saga de Spiderman, vi a James dejar de ser ese pendejo inseguro y egoísta que se creía que lo sabía todo. A través de los años, aprendió a escuchar no sólo a los directores sino a sus pares, cambiar sus reacciones en el momento en el que se le daban indicaciones o le sugerían algún cambio: lo vi modificar estas pequeñas cosas, crecer como ser humano, actor y al mismo tiempo como artista; por eso me pareció que él sería capaz de reconocer esa transformación y dramatizarla en este personaje". En un curioso y significativo lapsus, Raimi se refiere después al personaje con el nombre del actor: "En la película, James Franco tiene una segunda oportunidad para convertirse en mejor persona".

Cuando se le pregunta a Franco si Raimi le comentó sus apreciaciones sobre esa comparación psicológica de su vida profesional con el personaje, el actor se ataja, como si renegara de su reputación pasada.

-¿Te lo dijo o no?
-Mmm, creo que sé a lo que se refiere. Viéndolo a la distancia, cuando hice la primera Spiderman no era el actor que más cooperaba: supongo que finalmente aprendí que sólo me lastimaba a mí mismo siendo tan difícil. Ahora soy más colaborador.

-Entonces, ¿cómo impacta en vos esa identificación de la que habló Raimi?
-Me pega más en el sentido de que soy un performer, un entretenedor. Y eso es lo que es Oz. Lo que pasa en la película es que él aprende a apreciar sus dones, a apreciar lo que tiene y comprende cómo usar sus habilidades para hacer el bien. Espero que eso haya sido lo que yo también aprendí durante estos años: tuve una muy buena vida, un montón de oportunidades, y ahora estoy tratando de usar mi posición para otras cosas que no sean meras estrategias para satisfacerme a mí mismo y ganar la mayor cantidad de plata posible o aumentar mi reconocimiento como actor; ahora trato de enseñar, mostrarles a mis alumnos el tipo de personajes desquiciados que pueden conocer en estas rondas de prensa...

Franco está de buen humor, sin duda. Lo que sigue a su chascarrillo son treinta segundos enteros de mofe y búsqueda de complicidad con sus dos alumnos de cine de la University of Southern California que, de hecho, están presentes en la habitación de hotel en cuestión, filmando cada una de las entrevistas. En los últimos diez años (ahora tiene 34), además de volver a estudiar para obtener su doctorado en Letras (en 2012 editó Palo Alto, su primer libro de cuentos), dar clases, ser nominado al Oscar como Mejor Actor por su arriesgado papel en 127 horas (recordarán la escena extrema de la autoamputación de brazo); ganarse a la audiencia fumanchera haciendo del dealer desquiciado Saul en Pineapple Express (en la línea de papeles border que continuó con Spring Breakers, que se estrena este año, en la que se puso en las llantas de un rapero gangsta llamado Alien); cautivar interpretando al activista gay Scott Smith en Milk, encarnar a la leyenda beat Allen Ginsberg en Howl y, sí, armar su propia banda (Daddy, un proyecto conceptual con "base electrónica influenciado por el sonido Motown", describe); además de todo eso, Franco, ambicioso e hiperactivo como pocos, escribió y dirigió más de una decena de guiones. Entre otros, el estreno 2013 Interior: Leather Bar, junto al cineasta Travis Mathews (un filoso estilista del universo queer), y la adaptación de la novela de William Faulkner Mientras agonizo, en etapa de rodaje.

-¿Cómo cambió tu perspectiva de actor el hecho de estar tanto del otro lado de la cámara?
-Ahora que dirigí un par de películas, pude adquirir el conocimiento fáctico de qué es lo que exactamente un director requiere del actor. Hay diferentes niveles de colaboración: Sam es muy colaborativo, especialmente con los actores. Toma miles de ideas de los actores y con eso va cambiando las escenas, los personajes. A él le encanta eso, dice que depende un montón de ese tipo de intercambio. Los mejores directores son colaborativos, maleables, abiertos; quizá Hitchcock tenía todo planeado pero hacía buenas películas, así que si querías hacer un film con él, firmabas el acuerdo de que la cosa iba a ser así, como él decía. Te sometías a eso porque era lo que querías hacer. Lo que me enseñó el hecho dirigir fue que quiero ser el tipo de actor en el cual el director pueda confiar, que me puedan mirar y entender que estoy en el mismo equipo, que los voy a ayudar a pasar los embrollos, que estamos juntos en una aventura. Y que yo pueda sentirme respaldado también por ellos. Todo esto implica que si decido hacer una película, tengo que confiar en la persona que la está dirigiendo y que al menos intentaré llevar a la práctica cualquier sugerencia que me hagan.

-Y les pedís a tus actores que confíen en vos...
-Claro, y si no, que no lo hagan. Lo que más me saca es que un actor no quiera hacer algo que está en el guión: ¿para qué aceptaste, si no? Rajá de acá.

Durante 2012, como si todo lo enumerado fuera poco, dirigió los videos de dos temas de R.E.M., "Blue" y "That Someone Is You", ambos de Collapse Into Now, opus mortem de la banda liderada por Michael Stipe. "Lo conocí a través de unos amigos y antes de estos videos tuvimos un proyecto conjunto: conseguí la materia prima, con outtakes y escenas borradas de la película de Gus Van Sant My Own Private Idaho, y la transformé en un nuevo film centrado en River Phoenix. Como Michael había sido amigo de él, le pedí que hiciera la banda de sonido para mi cut. Con el último disco de R.E.M. tuvo esta idea de que cada video fuera dirigido por un realizador distinto, y que fueran de bajo presupuesto. Cuando me lo propuso, quedaban dos temas y le dije que haría los dos", cuenta.

-¿Y lo disfrutaste?
-Sí, de la misma forma en la que me gusta hacer videos y películas avant-garde o más "artísticas". Así podés contar historias de maneras no convencionales o, si no querés basarte en una narrativa, podés sólo recurrir a imágenes, encontrar el flow en la mera yuxtaposición. Me gusta porque está dentro del mundo del cine pero no tenés la misma presión, estructuras ni expectativas.

Volviendo al cine, al mundo de las superproducciones, Sam Rami resume la moraleja de Oz: "A veces es mejor intentar ser una buena persona que una persona genial". He ahí la lección obligatoria que todos y cada uno de los productos Disney deben entregar sobre el final. Pero a pesar de que explore todas las formas del arte posibles para escapar de la megalomanía de Hollywood y "hacer el bien", a pesar de que en efecto su experiencia lo haya transformado en mejor ser humano, esa parábola no aplica al James Franco que está más allá de Oscar Diggs. Porque cada vez que implementa la sonrisa encantadora y asesina, su lenguaje corporal dice: "Soy genial, a esta altura todos deberían saberlo".

Por Yamila Trautman


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