Último momento

 

Leer en

 

Noticias

03.04.2013 | 02:54

Pepsi Music, El Festival: primera fecha

Bajo la lluvia y sobre los estragos del temporal, Queens of the Stone Age, Kaiser Chiefs y Catupecu Machu lideraron la jornada inicial del evento en Costanera; mañana cierra Pearl Jam

Fotos de Agustín Dusserre

Afuera, la ciudad intenta controlar el caos. Acá, la primera jornada del Pepsi Music, El Festival, en un principio conocido como el Más Grande de la Historia, termina con Fer Ruíz Díaz arengando "dales" y "hey ho let´s go"´s junto a Macabre desde el escenario principal, después de más de 24 horas de lluvia intermitente, el predio de Costanera Sur convertido un gran pantano, con charcos, barro y más barro, unos pocos miles de remanentes dando por terminado el fin de semana más largo, aguantando tras la partida de la banda más importante de la fecha. La sensación es confusa, y la duda válida porque nos encantaría tener nuestro propio Glastonbury pero no: más allá de la imposibilidad fáctica, quizás tampoco estemos preparados mentalmente para concebir un evento musical megalómano de las características soñadas o cercioradas por los más afortunados en alguna que otra arena del primer o de este mundo (igual se intentó: en el enorme predio también funcionó un cine, ¡una peluquería!, distintos espacios esotéricos, un sitio donde el público podía interiorizarse y participar de las actividades de diversas ONGs, una kermesse y más). Como sea, a nivel melómano no da quejarse; porque mientras cierra Catupecu, A Perfect Circle toca con Tomahawk en otro punto no muy lejano de la misma capital y los Foals se preparan para hacer lo propio en Vorterix, y porque mañana vuelve Pearl Jam y toda la semana habrá opciones desprendidas de las versiones regionales de ese suceso bastante más megalómano llamado Lollapalooza. Hay que elegir, eso sí.

Así que vemos a Josh Homme, por tercera vez en nuestra tierra, subir sus metros cúbicos de espesa sangre nórdica para encarnar uno de los primeros shows de regreso de Queens of the Stone Age a los escenarios después de dieciocho meses de reclusión en el estudio. Y en los dos años y medio que separan su última visita de ésta, no sólo se gestó el aún nonato sucesor de Era Vulgaris (2007) -que ceba porque tendrá a Dave Grohl nuevamente en batería, a Nick Oliveri cantando un tema, a invitados tan disímiles como Elton John, Alex Turner, Trent Reznor y Jake Shears- sino que también la formación fue modificada tras la partida del baterista Joey Castillo. El cambio, con el ex Mars Volta Jon Theodore, está experimentando su segunda presentación en vivo de la historia. Así que vemos a Homme pero se espera más que la sucesión de riffs asesinos y fraseos ya clásicos encausados en su veloz digitación: se espera la entrega de la muestra de ... Like Clockwork, como se llamará el nuevo disco (la oscura, densa "My God is the Sun", presentada en el Lolla Brasil) y la superación, mínimo emparde, de lo que pasó en el mismo lugar en 2010 y bajo condiciones climáticas no tan disímiles. Aquella vez lloviznaba -Rage Against the Machine sufriría luego el diluvio-, esta vez se larga apenas suenan los primeros acordes de "The Lost Art of Keeping a Secret". Y hay que bancársela.

Pero el sonido va y vuelve, enmarañado en ráfagas de viento y agua, y la gracia de escuchar en vivo a esta máquina de psicodelia pesada se pierde considerablemente y se equilibra con una lista de patadas eléctricas, una decena de éxitos en el sentido menos estricto de la palabra. Y acá, una vez más, el carácter cooperativo del público local queda registrado; principalmente en el coreo masivo de riffs, en clave stoner en "No One Knows" y más punk en "Sick, Sick, Sick", y del punteo pro-pogo de "Little Sister", por ejemplo; en el falsetto colectivo de uno de los estribillos más sutilmente -o no- explícitos, el de "Make It Wit Chu" (y esa capacidad de extremar entre la densidad tenebrosa de "Hangin Tree" o distorsiva de "Misfit Love" -méritos de pedal a Troy Van Leeuwen y de teclas a Dean Fertita, mientras Homme le da tres secas a un pucho para tirarlo a la mierda al encarar la herramienta de su virtuosismo- y la calentura susurrante de éste demostrándose).

Con muchas menos gotas y más precisión desde la consola, el final quizás nuevamente prematuro -otra de las no virtudes festivaleras, además de las falencias enumeradas por el siempre temperamental Fer Ruíz Díaz cuando se vio obligado a cortar y empezar de nuevo por culpa de las "pruebas de sonido de 40 minutos"- llegó con "A Song for the Dead" y el poderío de la maquinaria yendo y viniendo en sus diversas intensidades y formas, los machaques (la atención benevolente en la capacidad de Theodore, llenando grandes zapatos sin presión y soltura), los cuelgues desérticos, la velocidad frenética de la marcha de los reyes imposibles de una inimaginable era stoner.

KAISER CHIEFS

"¡El sol está saliendo!". El grito eufórico, de un Ricky Wilson más que desencajado, dejó en claro que la tormenta era un tema que mantenía alerta no sólo al público, sino también a los artistas. Habían pasado "Never Miss A Beat" y "Everything Is Average Nowadays", y el grupo de Leeds dejaba en claro que, al mal tiempo se le pone buena cara, aun cuando eso significaba jugar al límite con las nubes negras que se posaban estoicas sobre Costanera Sur. Sin disco nuevo bajo el brazo, Kaiser Chiefs apeló a la vía efectista: hits para las masas, sin lugar para excentricidades. Dicho de otra forma, su setlist se concentró en su debut Employment (2005), hizo una escala menor en Yours Truly, Angry Mob (2007), y apenas miró de reojo a los más recientes Off with Their Heads (2009) y The Future is Medieval (2011). Su fórmula deja los ingredientes a la vista, pero funciona. El total es un breve compendio británico de los últimos 40 años (salen a escena con "5.15" de The Who de fondo), en donde predomina una intención del Blur modelo 94-95 ("Na Na Na Na Naa", "Everyday I Love You Less and Less"), hay guiños musicales a The Clash ("I Predict A Riot"), y alguna reminiscencia a XTC ("The Modern Way"). Con una banda justa pero firme, Wilson descarga energía por él y también por sus compañeros de banda: salta, agita, revolea su pandereta y golpea el pie de su micrófono hasta desarmarlo en su totalidad, para luego arrojar las piezas al campo. En una situación en la que claramente no era local, Kaiser Chiefs guarda para el final su carta más alta: "Ruby" funciona a la perfección tanto entre fans como en escuchas casuales, y termina por comprar a los más reacios aun cuando la despedida fuera con la oscura "Oh My God". En menos de una hora, Kaiser Chiefs dejó en claro cómo tiene que ser un show de festival: preciso, efectivo y contagioso.

PASSION PIT

El debut porteño de Passion Pit, hace ya dos años y medio, se dio ante un Groove desbordado, en una jornada pegajosa en la que el baile pudo más que el calor de intramuros del boliche palermitano. Ahora, la propuesta es la misma, pero el contexto es otro. A los pibitos de Columbia les toca una difícil: traducir la efervescencia del electropop pensado para la pista a un predio a cielo abierto, en un momento del día en el que, al igual que los galos, todos temían que el cielo se cayera sobre sus cabezas. "Make Light", "Carried Away" y "The Reeling" facilitan el trámite y, aun si el ambiente no es el propicio, Passion Pit logra adaptarse a las condiciones. Pasan los temas y el clima no decae, ni en el escenario, ni por encima de él. Gran parte del mérito recae en el frontman, Michael Angelakos, que de alguna manera logra usar a su favor el trastorno bipolar que lo persigue hace años. Al frente de una banda que cuenta con tres sintetizadores y una batería como únicas armas, él se sacude, se contorsiona y se deja llevar. A medida que pasan, los beats por minuto decaen de a poco, y "To Kingdom Come" (con Angelakos sumando una guitarra al frente) y "Where I Come From" muestran el costado menos bailable y más reflexivo de la banda y, de a poco, "Take A Walk" y "Sleepyhead" ayudan a redondear las propuestas. Passion Pit tiene más para ofrecer que lo que se encuentra en las superficies, y por eso se celebra que puedan hacer emerger todos los matices que fueron capaces de pergeñar en tan sólo dos discos de estudio.

Antes...

¿Ya se dijo que los Massacre son el Droopy de los festivales locales? A esta altura, ni chistes se pueden hacer acerca de la ubicuidad de la banda liderada por Walas en las grillas de los eventos de estas características. El recorrido, como siempre, fue de Palestina a un ring de box, de "Mi mami no lo hará" a "Tanto amor", con el frontman más desinhibido de nuestra escena en shorts y tocando la pandereta (la de los Kaiser Chiefs, que quedó olvidada sobre el escenario) con su panza desnuda ametrallando sus sentencias de siempre. "Recuerden que los adultos somos cadáveres de niños", tiró esta vez. Claro. Claro. Antes, en el escenario "sur" (lodazal mediante), los Humo del Cairo ablandaron -valga la redundancia- el camino hacia la progresión sonora de QOTSA, detonando una bola de cuelgues y psicodelia hipnótica, distorsión valvular, stoner denso, digno representante del Sludge Sudamericano. Son tres, sí, pero suenan como diez.

Por Yamila Trautman y Joaquín Vismara

Notas relacionadas

Pepsi Music, El Festival: todos los horarios | Esperando a Pearl Jam

Quienes leyeron esta nota, también leyeron: