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04.04.2013 | 05:31

Pepsi Music, El Festival: segunda fecha

El regreso de Pearl Jam marcó el final del evento que convocó a más de 60 mil personas en Costanera Sur; además, tocaron los Black Keys, The Hives, Hot Chip y más

Fotos de Agustín Dusserre

Ser una de las piedras angulares de un movimiento, género y estilo de vida, es un arma de doble filo. A la credencial y los laureles de ser socio fundador debe adosársele también una etiqueta a veces inamovible, un rótulo que encasillará el producto hasta el fin de los días. Salvo, claro, que uno encuentre la fórmula para dar con una versión superadora, que marque distancia con respecto al resto, pero también a la obra propia. Eso es Pearl Jam: algo que se mide tanto en su propia camada como consigo mismo. Algo que suena tan clasificable junto al montón como distinto al resto.

A más de veinte años de la conversión del grunge en fenómeno masivo, querer seguir buscando puntos de contacto a partir de códigos de etiqueta y algunas recetas de denominador común es en vano. El paso del tiempo pone la balanza a favor de Vedder, Gossard, Cameron, McCready y Ament. Aun cuando a lo largo de su carrera pueden encontrarse reiteraciones (al fin y al cabo, el "estilo"), y cuando su show en Costanera Sur respeta bastante el esquema de su anterior paso por Argentina hace menos de año y medio en tierras platenses, cada show de Pearl Jam es un evento distinto al anterior.

Pero acá no hay aniversarios, efemérides que celebrar, ni ninguna cuenta pendiente con el calendario. Eddie y los suyos tocan porque, queda a la vista, disfrutan hacerlo. El tiempo ya pasó, y sus shows son de dimensión de estadio, pero eso es una mera cuestión de convocatoria y no de formulismos para facilitar el acceso a las masas. Pearl Jam puede permitirse un comienzo en primera con "Release", porque sólo basta con que Vedder le dé un sorbo generoso a su vino para pegarle una patada en los dientes a la audiencia sin preaviso, con "Even Flow", "Lukin" y "Corduroy" sin solución de continuidad.

En los matices está la diferencia. Eddie puede ser el tipo que enumera armonioso todas las cosas que le hubiera gustado ser en "Wishlist", como también el apocalíptico que chilla entre dientes en "Do The Evolution". Es también el fan que no puede evitar contar una vez más sus anécdotas ramoneras antes de "Elderly Woman Behind The Counter in a Small Town", que luego se da el gusto con "I Believe in Miracles", mientras Jeff Ament le sopla los cambios a Mike McCready. Es el tipo que hace los deberes del visitante rockero correcto y canta "It's OK" de Dead Moon en español con machete en mano, como también el tipo que se preocupa por no cargar con otro Roskilde a cuestas y pedirle al público que retroceda antes de "In Hiding" y "Given to Fly" porque en la valla la gente la está pasando mal.

Este no es el lugar ni el contexto para pantallas HD ni luces coreográficas de alto impacto. Un telón que simula ser la extensión de los amplificadores distribuidos a lo largo del escenario es el único recurso escénico, y nadie reclama nada. Y no hay queja posible, cuando hay una banda sostenida por un baterista tan acrobático como pirotécnico como Matt Cameron; un guitarrista como McCready, que aprovecha cada hendidura posible para demostrar que es bueno en serio en lo suyo, y que lo hace tranquilo porque Stone Gossard no reclama protagonismo, y porque Ament hace parecer fácil esas bases intrincadas de bajo. La entrega se atestigua en la remera de Rocky de Vedder, que queda empapada en sudor desde el tercer tema, como el conjunto deportivo de Balboa al trepar la escalinata del Museo de Arte de Filadelfia.

"Just Breathe" interrumpe su marcha para que Eddie pueda hacer alusión a la inundación en La Plata, en un cuadro frágil que encuentra su prolongación en "Black". "Alive" y su versión de "Rockin' in the Free World" (a esta altura del partido, tan de Neil Young como de Pearl Jam), ofician de contraparte y vuelven a mostrar su faceta rabiosa de zapadas eternas. Al igual que en cada una de sus visitas, "Yellow Ledbetter" es la carta de despedida, esta vez con más de sesenta mil voces doblando el relato casi murmurado de Vedder. Más de dos horas después de su comienzo, Pearl Jam volvió a confirmar que la magnitud de un recital no va en detrimento de su valor. Sólo hace falta una banda que demuestre no estar tocando bajo reglamento, sino porque hace lo que disfruta hacer.

THE BLACK KEYS
¿Importa qué posición numérica ocupan Brothers y El Camino en la discografía de Black Keys si fueron los que les permitieron trascender la barrera de las naciones y acaso llegar hasta nuestra remota tierra por primera vez? No. No importa si todos los presentes o el mayor porcentaje o tan sólo dos descolgados creen que la carrera de este dúo empezó en 2010: lo cierto es que a pesar de la década y el puñado de piezas rockbluseras registradas en un sótano mugriento que separa a su debut de hits como "Lonely Boy", son esas dos producciones las que definirán el setlist de la banda comandada por Dan Auerbach y Patrick Carney. Nadie pierde nada.

De este lado, aunque la gran mayoría esté ahí para presenciar el regreso de Pearl Jam (cosa que sucedería inmediatamente después de que los Black Keys dejaran éste, el escenario principal de la jornada), la certificación de que este tipo de rock seminal y sucio cobra su sentido esencial en la desprolijidad del vivo representó la gran victoria y al mismo tiempo sufrió las consecuencias de las condiciones ofrecidas por las dimensiones de un estadio gigantesco y descampado: el rebote de los beats de Carney, la sensación de la pérdida de la nitidez sonora en el trayecto.

De todas maneras, las versiones embarradas -con el dúo duplicado, con bajista y tecladista/violero- de temas como "Howlin For You", "Gold on the Ceiling" (con el coreo de la intro y el solo, la carencia de coro femenino como virtud, el estribillo aletargado) son las que garpan esta visita. O la reminiscencia sureña de "Thickfreakness" (del disco homónimo, de 2003) que deja lugar a que el dúo sea efectivamente dúo en la funkblusera y fluctuante "Girl Is on My Mind" (otra perdida, de esas registradas antes de la llegada de Danger Mouse a la vida de los pibes de Ohio), con Patrick dándole a la Ludwig enrojecido detrás de sus gafas wanna be hipster y Dan sintiendo cada cuerda, cerrando los ojos, quebrándose en cada rasgueo.

La zeppeliniana "Little Black Submarines" hace bajar abruptamente todo lo que se esperaba que ascienda y explote más allá de la estratósfera (¡!) con los eternos segundos (¿o fueron minutos?) de silencio entre la introducción acústica y la electrificación por parte de Auerbach: los riesgos de esperar que el vivo suene a estudio, ilusos. Hacia el final, "Tighten Up" y, claro, "Lonely Boy", con la imposibilidad de pensar en el inigualable baile del personaje del video, hace replantearse las formas, el contexto, y tantas creencias, por provocar que alguien pregunte desde el medio del campo: "¿Es conocida esta, no?". Por favor, vuelvan.

HOT CHIP
"Agradecemos a los Stooges del otro escenario". El comentario ácido de Alexis Taylor tenía su explicación. Los veinte minutos de demora que se tomó The Hives en el tablado principal hicieron que, indefectiblemente, el final del set de los suecos se sintiera con bastante presencia durante el comienzo de los londinenses, aun a la distancia. El enojo va de la mano con la altura que Hot Chip alcanzó en el último tiempo. Después de dos visitas con gusto a poco (Crobar, en 2007; Hot Festival, en 2010), esta vez la banda sí que suena, expandida en su formación a siete integrantes. Sarah Jones, de New Young Pony Club, aporta el componente sanguíneo a los beats & bits de toda la parafernalia vintage repartida en dos tarimas por las que desfilan el multi instrumentista Al Doyle (de LCD Soundsystem) y Joe Goddard (de The 2 Bears).Esta expansión no es sólo numérica: el componente humano le da a las canciones más mugre post punk, mientras le saca pedazos de la artificialidad del electropop. De escasa estatura y con una inescapable impronta nerd, Taylor fue timoneando el barco a través de las canciones del más reciente In Our Heads, lo que se tradujo en una invitación instantánea al baile y, con poco más que un groove contagioso, Hot Chip genera en segundos lo que a Passion Pit le costó casi todo un show en el mismo lugar. "How Do You Do?" y "Don't Deny Your Heart" anclan el show al presente, mientras que "No Fit State" y "Over and Over" son la única cuota de hits de un set corto, pero en constante ebullición. Aun con garage rock escandinavo filtrándose a través del aire, para los ingleses la tercera fue finalmente la vencida.

THE HIVES
Ellos insisten con dar el mejor show del mundo y no van a parar hasta lograrlo. Los Hives, en su segunda visita a la Argentina, despliegan nuevamente su artillería incolora de golpes de efecto principalmente basados en la arenga incansable por parte de su desquiciado frontman. Howlin Pelle dirige un grupo de escandinavos insanos en esmoquin y galera tratando de hablar casi exclusivamente en castellano -tratando-, colándose entre el público todas las veces que sea posible, saltando, exagerando, y profundizando ese garage punk descontracturado junto a las morisquetas de su compañero de sangre y aventuras, de ojos diáfanos y desorbitados, el violero Nicholaus Arson. Pero no todo es agite escénico. También es sonoro (el comienzo es literal, "Come On!"), porque es cierto que a lo largo de sus quince años de carrera discográfica, los Hives supieron impactar en el inconsciente planetario con fórmulas efectivas de penetración lírica. Y rescatan de todas sus épocas: "Hate to Said I Told You So" más que nada, "Tick Tick Boom" (con la parálisis simultánea, durante largos segundos, de todos en uno de los cortes), hasta la reciente "Go Right Ahead" con Pelle gritando, entre prometiendo y confesando un deseo íntimo "esta noche soy, por ejemplo, el rey del rock and roll". De algún modo lo fue.

ALABAMA SHAKES
Se suele decir que la verdadera virtud, el verdadero sentido de las largas jornadas festivaleras reside en la posibilidad de descubrir qué hay más allá de los grandes nombres que encandilan desde lo más alto de la grilla, de confirmar o condenar la validez de los dictámenes internacionales y mediáticos alrededor de tal o cual novedad. Difícil, y a pesar de que el carácter revelador de Alabama Shakes ya dio vuelta el mundo, hacerlo a las cinco de la tarde de un día hábil. Sin embargo, los integrantes del público del set de la banda que llegó a la mayor parte de los oídos del mundo gracias a su nominación y presentación en los últimos Grammys son muchos más de los que podía intuirse. Así que este debut no fue para cuatro locos, afortunadamente.

Alabama Shakes es Brittany Howard y cuatro más. Sin dudas, la voz más poderosa de todas las que se hayan escuchado durante las dos fechas de este evento, con una textura y amplitud elástica, que le permite moverse sin esfuerzo entre el pacífico soul sureño, el R&B de alaridos desgarradores y el garage más agresivo con tan sólo inclinar su cabeza y abrir su gran boca en una mueca torcida, como canalizando la voluntad espiritual de Janis o de Otis (se exagera, aunque a veces su masculinidad se torne insoslayable), la terrenal de Mavis Staples. Dicen que esta anti diva de modos humildes y Gibson SG turquesa colgada al cuello tiene 24 años pero hay algo en lo eterno de su tono que impide creerlo. Centrándose en los temas del único disco de este revival de sonidos anacrónicos llamado Boys & Girls, con las etéreas "Rise to the Sun" y (el hit) "Hold On" como Pegasos de batalla, el corto set vespertino finalmente cumplió con ese objetivo feliz: pudimos comprobar y dar el propio veredicto.

TWO DOOR CINEMA CLUB
Quienes pudieron llegar temprano (un detalle para nada menor, teniendo en cuenta el carácter laborable de esta fecha), se encontraron con una de las sorpresas más gratas del festival. Relegado a un horario casi marginal, el grupo de Irlanda del Norte repasó los puntos más altos de sus únicos dos discos, Tourist History y Beacon, organizados de menor a mayor, en una jerarquía medida en intensidad rockera. Las cosas empezaron con indie pop bailable en "Sleep Alone" y "Undercover Martyn", y de a poco fueron ganando en electricidad y actitud. A partir de "Something Good Can Work", Alex Trimble y Sam Halliday comenzaron a sacarse chispazos a guitarrazo limpio, y de a poco la prolijidad cedió su protagonismo al dance punk más virulento. El cambio llegó al momento justo, antes de que quebrantase la paciencia con cuentagotas de los fans de Pearl Jam, que no tuvieron el mismo margen de tolerancia pocas horas después, mientras The Black Keys tomaba por asalto el escenario principal.

Por Yamila Trautman y Joaquín Vismara

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