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08.04.2013 | 16:51

Lollapalooza Chile 2013: estar cerca es muy bueno

Este fin de semana se llevó a cabo en Santiago la tercera edición chilena del evento creado por Perry Farrell con Pearl Jam, Black Keys, Franz Ferdinand, Keane y muchos más; entrá a la cobertura especial

Fotos de Agustín Dusserre

La primera de las dos noches del Lollapalooza Chile 2013 termina con un crossover impensado. Un cruce histórico sobre el escenario principal. La sucesión de hechos fue la siguiente. Hacia el final del set de Pearl Jam, que no difirió mucho del tocado en nuestro país sólo unos días antes, Eddie Vedder destaca la importancia de algunas de las bandas que los acompañaban en el line-up; nombra, leyendo un ayuda memoria escrito por otro, a Black Keys, por ejemplo, A Perfect Circle, Alabama Shakes, los Hives, QOTSA ("¿Cuotsa? Debe estar en español", dice, antes de caer en que eran las siglas de Queens of the Stone Age: gracioso) y agradece especialmente al demiurgo de este mundo de fantasía musical hecho realidad, el señor Perry Farrell; junto a la agrupación a la que todos fueron a ver -dicen que ahí hay 80 mil personas, pero la imagen es mucho más vertiginosa desde la perspectiva del escenario porque no se puede divisar el verdadero fin, y por eso luego él mismo recurrirá a los binoculares-, encara esa interpretación entregada (con reciprocidad, desde arriba y abajo) de "Alive" y procede, luego del remate de McCready transformado en la intro del recontrapropiado "Rockin´ in the Free World", a entonar el tema de Neil Young mientras fuegos artificiales indican lo que parece ser el verdadero cierre de una jornada larga y exitosa. Perry Farrell y Josh Homme, sin previo anuncio, suman sus voces al cover y marcan el momento inolvidable, uno de esos de los que al otro día se habla en todo el mundo. Verlos a los tres cantando juntos es demasiado para un mismo escenario..

Por parte de Homme, esta era una devolución de gentilezas. Porque durante la presentación de QOTSA durante la misma tarde (que tampoco cambió mucho con respecto al show brindado en Buenos Aires: tocaron por tercera vez "My God is the Sun" también, pero empezaron con la extrema "You Think I Ain't Worth a Dollar, but I Feel Like a Millionaire", con voz poseída de Michael Shuman, y no tuvieron que sufrir las inclemencias climáticas ni sus efectos sobre el sonido), Vedder había sido invitado para darle al cencerro y corear "Little Sister". Cosas que sólo pueden suceder en el marco de un festival de estas características, con una grilla de estas, tremendas, características.

Un festival que, entre otras tantas cosas, genera muchas ganas de gritar. De celebrar, por un lado, pero también de descargar la furia. Porque la impresión que el Lollapalooza Chile deja en cualquier cuerpo argento que haya crecido relamiéndose ante los festivales del primer mundo es contradictoria, principalmente porque el dictamen final -el que origina esa necesidad de romperse la garganta en, llamémoslo, un aullido de victoria y, hay que decirlo, envidia- invalida la hipótesis inicial, esa que determinaba que para experimentar un evento musical similar había que cruzar océanos o volar diez, doce horas. No.

Es el tercer año consecutivo de la versión chilena del festival creado por Perry Farrell (y acá uno se inclina pero también se pregunta: ¿cuántos músicos tienen la capacidad de tener iniciativas semejantes pero no las están concretando?) hace más de veinte años. Es la tercera edición de este evento inabordable, gigantesco y a la vez meticulosamente organizado, una experiencia total que trasciende las meras presentaciones musicales. Aunque, claro, la magnitud de la grilla tranquilamente permita pensar que sólo con los shows estamos hechos: todos los artistas que pasaron la semana pasada por Buenos Aires y todos los que pasarán luego, TODOS (bueno, menos los Killers, cuyo show en el Movistar Arena funcionó como previa), y más definen un line-up increíble, dos jornadas agotadoras que empiezan al mediodía (de verdad, y con público, porque acá las bandas no tocan a puertas cerradas) y terminan bien a la noche tras una ametralladora circular de sonidos repartida en seis escenarios. Acá no hay que elegir. O sí, pero estas decisiones, en todo caso, son reversibles.

Porque uno puede correr del Escenario Playstation, por ejemplo, donde el primer día toca Alabama Shakes hacia el Coca Cola para ver a Of Monsters and Men, probar quince minutos y ahí optar por volver o quedarse hasta el final. Uno puede ver entero el show de Keane y llegar a los últimos temas de Poncho, una de las dos presencias argentinas en la grilla; o uno puede correr riesgos irreparables e ir hacia el LG Optimus Stage a escuchar a Major Lazer (y ver a Diplo navegar las masas encerrado en la burbuja de Wayne Coyne) al quinto tema de QOTSA y ni enterarse de que ese hombre llamado Eddie fue el encargado de ponerle más cowbell al tema de Lullabies to Paralyze. Hay que saber decidir y entregarse al incansable rebote de escenario a escenario, de valla a valla, de pista a pista.

En el medio, entre el pasto y el pavimento de este predio inconmensurable llamado Parque O´Higgins, uno puede realizar algunas actividades extramusicales como comprar remeras de todas las bandas muy prolijamente exhibidas en el stand de merchandising oficial, comer y tomar de todo (no alcohol, he aquí una de las pocas carencias en cuanto a los servicios porque tampoco hay "beer gardens"), cortarse el pelo o pintarse la cara, comprar chucherías o souvenires, someterse a la humillación pública jugando al Rock Band y más. La distancia, entre cada uno de los cuatro escenarios principales es muy grande pero la organización la ameniza. El calor, porque ambas jornadas alcanzaron agobiantes casi-treinta grados con un sol implacable, se puede mitigar gratis (seee, nada de pagar treinta pé por 500 cc) gracias a los puestos de agua de Adidas en los que se recargan botellas y se "manguerea" amablemente. La basura, por su parte, además de ser depositada en diversos recipientes, es recolectada constantemente por un ejército de voluntarios; el acceso y egreso al y del parque, por ejemplo, es reforzado por un servicio extra de las líneas de subte que llegan hasta las cercanías; la transmisión en video de todos los shows son de inmejorable calidad; la puntualidad de -casi, casi- todos los escenarios es intachable; los controles de sonido son meticulosos. Lollapalooza es un mundo feliz.

Y está acá al lado.


DÍA 1

La primera jornada del Lolla Chile comienza con Dread Mar I en el escenario Playstation. Sí, nuestro Mariano Castro arengando de remera y gorro fucsia y predicando a Jah desde las 13:15, minutos antes de que Hot Chip tomara el tablado principal con Alexis Taylor vestido completamente de blanco y entregando su electropop por momentos aún demasiado oscuro ("One Life Stand", "Night and Day", por ejemplo) para un comienzo de tarde tan luminoso, un espíritu mejor canalizado por el folk barroco (entre Edward Sharpe and The Magnetic Zeros y Arcade Fire) de los islandeses de Of Monsters and Men, que repasaron su única producción discográfica entre coros colectivos agridulces, acordeones y vientos, y obvio, se ganaron a todos tocando el "hit", la tierna "Little Talks".

Antes del comienzo de Kaiser Chiefs sobre el mismo escenario, Crystal Castles hacía desbordar -literalmente- el LG Optimus Stage (el estadio llamado Movistar Arena, que está dentro del predio, un micromundo paralelo dedicado exclusivamente a la música electrónica durante la totalidad del festival) con una Alice Glass de pelo blanco tan desquiciada y borracha como de costumbre. Por el escenario principal luego pasarían los Hives, con un set calcado al del Buenos Aires pero con un Howlin Pelle levemente más apagado aunque igual de arengador (en estos días nadie le enseñó que "cantanto" no es "canción" así que continuó perpetuando su simpático error con dicción escandinava). Más tarde, y casi al tiempo en que Vedder se preparaba para ser invitado por Homme, Puscifer, el proyecto paralelo de Maynard James Keenan de A Perfect Circle (y Tool, o su pseudónimo solista) descolocaba a todos los presentes bajo el escenario Playstation con su desarrollo conceptual aéreo (él disfrazado de piloto de avión) con la colaboración de Howerdel y James Iha en el rol de extras, un día antes de tocar todos juntos para muchos más.

La primera jornada, como dijimos, finalizó con el crossover histórico Vedder-Homme-Farrell. Antes, Pearl Jam ajustaba su set a la audiencia chilena (otra bien afiebrada por los de Seattle, como ésta), no tocando "I Believe in Miracles" (porque los ramoneros somos nosotros) pero sí clásicos del vivo como "Porch" o "Why Go" y con la colaboración de Juan Pablo, un fan -tan odiado como ovacionado- que también había subido a tocar la guitarra en el show de 2011, para el cover de Dead Boys, "Sonic Reducer". "El vino aquí es más rico que la chucha", tiró, y si la estaba tribuneando o no, acá tampoco le importó a nadie.


DÍA 2

Después de doce horas de música non-stop y ante la perspectiva de otra jornada bajo condiciones -climáticas y sonoras- similares, la esquizofonia parece el único destino posible. Sin embargo, hay que resistir. Apenas pasado el mediodía, Agents, una de las bandas representantes de la escena chilena emergente (también bien presente en la grilla del festival, claro), arrancó la maratón auditiva en el Lotus Stage, ubicado en el Centro Cultural Teatro La Cúpula, el lugar ideal, de dimensiones reducidas, acústica perfecta y aire acondicionado. La banda oriunda de Santiago se mostró como una nueva promesa del oeste, rock duro de lírica anglo y un Myles Kennedy trasandino (sí, con esa capacidad vocal) al frente y fue directo a la lista de profundizaciones futuras. Chequear "Free", el hit que da nombre a su primer disco, como para empezar.

El último gran representante de la nación vecina, sobre el escenario Coca Cola, fue Manuel García que reunió a miles antes de que Gary Clark Jr, tomara la posta en el tablado de enfrente. Como en el Vorterix, el violero que encarna en su joven cuerpo al mismísimo futuro del blues, justificó ese gigantesco rótulo con pocas palabras y mucho virtuosismo a través de la digitación de las cuerdas de su Epiphone dándole forma de los temas de su debut en una gran discográfica, Blak & Blu. Ahí mismo luego subiría Mike Patton al mando de uno de sus proyectos más mutantes y deformes (podríamos decir: atractivamente deformes), Tomahawk, y teniendo en cuenta que minutos antes Keane era la banda que terminaba de tocar sobre el otro escenario, llevaba al extremo la cuestión de la esquizofrenia sonora a través de todas sus voces y los altibajos experimentales de esta banda que sin dudas no pertenece a la luz ni al calor desértico de las cuatro de la tarde. Ronquidos, gritos, susurros, death growls, falsettos y entonaciones armónicas: la garganta de Patton, ya lo sabemos, es tan flexible como su gesticulación. Del primer disco al reciente Oddfellows, la lista incluyó el cover de Bad Brains "How Low Can a Punk Get", como premonición de lo que pasaría minutos después sobre el Playstation.

Por su parte, la banda inglesa liderada por Tom Chaplin y Tim Rice-Oxley inició el bloque britrock de la jornada, picando sus cuatro álbumes de estudio y recurriendo a la retórica pop de su efectividad en forma de hits radiales y repiqueteos de piano: de "Everybody´s Changing", "Bend and Break" a "Silenced By the Night", pasando por -ofcorsss- "Is It Any Wonder?". No por nada llenarán dos Luna Park esta semana. Los otros brit, los Franz Ferdinand, también reflotaron sus armas de seducción masiva con "No You Girls", "Tell Her Tonight", "Do You Want To", "Take Me Out", uff, "Ulysses", "Michael", "Walk Away": uno detrás de otro.

Y esa ametralladora de hits iba a encontrar su oposición extrema (porque la bipolaridad sonora siguió y siguió) en A Perfect Circle. Uno de los actos más convocantes del segundo día, sin embargo, que empieza igual que en el Malvinas, con dos covers ("Annihilation" e "Imagine"), Howerdel con su pianito de juguete y Keenan en su tarima, bien atrás, con sus colitas y su mística taciturna. En el clásico de Lennon, el sonido murió por unos segundos pero volvió con la mejor potencia a la que una banda como APC puede apuntar en un estadio de estas dimensiones: bien definido como debe sonar el metal fundido de un regreso auto-revisionista y con algo de culto.

Entre una nube de polvo, el pogo más violento del festival se gestó ante el set de Bad Brains, con un HR bien desquiciado (esas caras mezclan sus rasgos Snoop Dogg con la gesticulación y los modos de una nena tímida de doce años, que se balancea de brazos cruzados como si intentara trazar una barrera), vestido con un equipo de Adidas verde. El extremo hardcore punk de la legendaria banda de Washington mutando en reggae (con "Jah Love" y más) y volviendo en un vaivén circular (y también, bipolar), suficiente razón para verlos de nuevo esta noche en Groove. Si llegan, vayan.

Dentro del Movistar Arena, la segunda fecha del Lolla volvió a tener una pista atemporal, aclimatada (porque acá también hay aire acondicionado: lloren, chicos) y ajena al mundo exterior. El mimado de Skrillex, Porter Robinson, Nas y Steve Aoki definieron el line-up electrónico que empezó con los Poncho y la segunda y última presencia nacional en el evento. Afuera, de todas maneras, también se armaría con el imponente set de Deadmau5. Escondido en su cabeza de ratón, y detrás de su cabina de tres puntas, la increíble puesta luminosa, Joel Thomas Zimmerman disparó su multiplicidad de sonidos electrónicos (en su navegación a través de los géneros, del dance a las reversiones rockeras -como su cover de RATM- coqueteando con el dubstep) hacia una multitud dispuesta a saltar y entrar en un trance que poco tendría que ver con el cierre de la noche, con Black Keys.

Y la sucia desprolijidad de la dupla Auerbach-Carney, con pocas -también- diferencias con respecto a su show en Argentina (como, alta carencia en el set local, "Everlasting Light" o la reducción del tiempo del pasaje hacia la electrificación en "Little Black Submarines", fundamental), fue la que concluyó este segundo y último tramo de la carrera de elecciones llamada Lollapalooza. Una aventura extraordinaria y agotadora, estresante pero inspiradora que, al menos por ahora, sólo podemos experimentar cruzando los Andes. Por eso estar cerca es muy bueno.

Por Yamila Trautman


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