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29.04.2013 | 11:02

Ciro y Los Persas en el Luna: viaje sin tiempo por el espacio interior

El ex cantante de Los Piojos inauguró la seguidilla de cinco shows en el Palacio de los Deportes integrando al presente un pasado que no sabe tan lejano

Fotos de Agustín Dusserre

¿Es posible comprender a Los Persas sin Los Piojos? No se puede ni se debe: soslayar la comparación es hacer trampa para llegar a un resultado inexacto y quedar en falsa escuadra. Solo se trata de viajar en el tiempo, aunque más no sea un ratito y por simple formalidad; ir hasta aquel 1987 fundante y volver a la fecha, tal como hizo Ciro aterrizando (¿alunizando?) en el Luna Park con una réplica del Fokker DR 1 de Von Richthofen, el piloto alemán emblema de la Primera Guerra Mundial al que el músico menciona en "Barón Rojo" junto a otros aviadores que uno podrá luego descubrir bautizando calles de su Palomar natal.

Desde "Llévatelo" (el primer tema del primer disco), hasta "Buenos días, Palomar" (el último tema del último disco), parece haber en los temas de Los Piojos escogidos para esta batería de cinco Luna Parks (que comenzó el viernes pasado) una generosa reivindicación a una etapa que no queda claro si se ha agotado o si en verdad Ciro prefirió reinventarla con otro pulso, otras gentes y otros nombres.

Una dialéctica hegeliana que tenga tal vez su síntesis en "Antes y después", casi un ritual de bienvenida Persa: "'Qué placer verte otra vez, nos decimos sin hablar, hoy todo vuelve a empezar y será lo que ya fue", convida Ciro casi en el comienzo del primer show, mientras camellos y caballos atraviesan el desierto a toda velocidad en la pantalla de LED del fondo. Y luego, el primer gran estallido de la noche con "Te diría", repaso emotivo que también incluyó "Desde lejos no se ve", "Tan solo" (con el fraseo de armónica más coreado del rock argentino), el reclamado "Babilonia" y la clásica versión en extenso de "El farolito". No fueron los únicos: "Voy a invitar a un puto viejo... un puto amigo", antecedió Ciro a la presencia de Micky Rodríguez para "Ruleta" y el mencionado "Buenos días..." (el sábado también hicieron "Muévelo", del fundamental Tercer arco). La lista de invitados fue breve: apenas el ex bajista de Los Piojos y Manuel y Katja, sus dos hijas, en "Me gusta". Y, aunque no cantaron, subieron al escenario varios ex combatientes para celebrar "Héroes de Malvinas", una oda que comenzó como homenaje y que terminó con esa confusa e injustamente generalista arenga de "el que no salta es un inglés", preguntándose uno qué tendrán que ver Shakespeare, Chesterton y Lennon con el arrebato infame de dos desquiciados como Leopoldo Galtieri y Margaret Thatcher.

Y cuando la demagogia parece ganarse las tribunas, vuelve lo mejor de Ciro para demostrar que siempre está dispuesto a llevar todo un paso más allá de lo previsible. Los viejos cracks, como dice Dolina, llegan a tiempo o no se arriesgan, y el cantante siempre encuentra el momento justo para aportar un nuevo firulete que enriquezca la obra a partir de su gran dominio teatral del escenario, un talento tan personal como el de componer bonitas baladas (desde "Muy despacito" hasta "Insisto") o el de convertir su sincope vocal en un poderoso instrumento de precisión a través de sonidos absurdos pero irresistibles como "chac-tu-chac", "uópapa-uópapa" o "betembó" (aunque en SADAIC esté registrado como "vete bobo"). Porque muchos podrán hacer bonitas a sus canciones (para eso están los productores o los jingleros), pero pocos las convierten en queribles.

Un moonwalking en "Murgueros", un patito de hule y una bocina intercaladas al tono del riff de "Chucu-chu", su parada compadrona en "Tango del diablo" rodeado por ex guitarristas de Edmundo Rivero o incluso su habilidad para quitarle la dulzura empalagosa a "Mírenla" contando anécdotas del rodaje con Isabel Macedo demuestran que Ciro está en los detalles de hoy, aportándole a las canciones nuevas texturas (casi que las humanizan), en un Luna Park íntimo y amigable que contrasta con la megadimensión elefantiásica de la última hora piojosa. De fondo (o al frente, con el guitarrista Juan Ábalos y el bajista Broder Bastor cinchando de la yunta de bueyes), Los Persas explotan la musicalidad de una propuesta que busca la fórmula de la canción perfecta entre hits de radio, rocanroles filosos y la pluma rioplatense de un tipo que hace 25 años se propuso librar la batalla cultural del "vos" por sobre el "ti".

Para el final, Ciro canta "que dure la noche de hoy" mientras lee los destinos que les revelan las banderas de un Luna Park en pleno. Una vieja costumbre de la hora piojosa (el tradicional "Finale", recordarán) que retoma un momento fundamental aquellos rituales en donde los trapos y los destinos convergían en una ceremonia social de búsquedas y pertenencias. Un hábito recuperado, si es que acaso alguna vez estuvo perdido en un tiempo que solo circula y vuelve.

Por Juan Ignacio Provéndola

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