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02.05.2013 | 17:40

Pasajeros de una pesadilla: a un mes de la inundación en La Plata

Muerte, terror, casas destruidas, sobrevivientes y héroes; lo que dejó la marea negra después de arrasar la ciudad

La línea de flotación. Romina Calderón pasó 12 horas sobre esa mesada.

Por Alejandro Seselovsky | Fotos de Subcoop
No fue agua lo que le tomó la casa a Romina Calderón el martes 2 de abril después de las seis de la tarde. Estaba con su hija de 4 años pensando qué prepararía para la cena. Si hubiera sido, Romina la hubiera reconocido y no hubiera alcanzado la cota de terror que llegó a convencerla de que esa noche las dos morirían. Fue, más bien, la extensión cúbica de un espesor negro, empetrolado, denso como un mar de mierda. Y congelado. Que, en un tiempo que no le dio tiempo a nada, le trepó las paredes: un metro setenta y dos centímetros de una monstruosidad imprevista cuyo caudal, finalmente, la inundó. La casa de Romina, en 522 bis entre 8 y 9. Es baja, como el resto de las casas de Tolosa, en el tejido del conurbano de la ciudad de La Plata. Tiene una reja y un jardín que te reciben, y un fondo con arbolitos y medianera. Pero Romina no pudo caminarla, es decir, no pudo salir de allí. Porque para las nueve de la noche la marea lo cubría todo. No había luz, no había celulares ni posibilidad de llamar a nadie que no fuera a viva voz. No había 911 ni había medios de comunicación contando el desastre ni ayuda de ningún organismo de ningún tipo. En una hora caerían cuatrocientos milímetros de agua sobre una ciudad cuya infraestructura pluvial no está preparada para recibir ni la mitad de ese volumen y el resultado sería, por el período de una noche inconcebible, la desaparición de todo, la constitución súbita de una soledad perfecta.

Así que a Romina no le quedó otra que enfrentar la noche como venía. Subió una silla a la mesada de la cocina y ahí se quedó, sentadita, con medio cuerpo sumergido. Encima, sosteniéndola en los brazos, apenas sobre la superficie del agua negra, una hija que le decía: "Tranquila, ma. Ya va a pasar". Y afuera, una lluvia invencible que cuando amainó, ya pasada la medianoche, le dejó escuchar con más claridad los gritos de sus vecinos muriendo.

Fue la mayor catástrofe civil en la historia de la ciudad, con cincuenta y siete muertos oficiales y la extendida sospecha popular de que tanto las autoridades municipales como la gobernación de la provincia se guardan muertos en los bolsillos. Las pérdidas fueron calculadas, preliminarmente, en 2.618 millones de pesos y uno de cada cuatro inmuebles se vio afectado directamente por la lluvia más devastadora de la que un platense tenga memoria. Cada familia necesitará 78 mil pesos para reparar su vivienda, o volver a adquirir los bienes perdidos. Los comercios y oficinas registraron pérdidas por 120 mil pesos promedio cada uno y más de 135 mil personas, el 25 por ciento de la población, se han visto directamente damnificadas, aunque la cifra trepa al 55 por ciento si se suman los damnificados indirectos, es decir, los que perdieron un auto, materiales de trabajo, electrodomésticos y una larga lista de etcéteras posibles.

No hay forma de esperar que termine lo que no se sabe cuánto dura. El tiempo interno de la catástrofe no es el mismo que transcurre antes o después de ella, y las doce horas que Romina estuvo allí sentada sólo pueden ser medidas por la condición subjetiva de quien debió atravesarlas, porque dentro de la experiencia de la desesperación el único tiempo que existe es el tiempo que falta para ser salvada, es decir, una eternidad de miedo y angustia.

Diecisiete kilos pesa el cuerpo de esa hija. Cuando los brazos no le dieron, Romina se dejó ayudar por la flotación, mojándola levemente, no sin cierta culpa. La pequeña se le dormía y Romina la dejaba hasta que tuvo miedo de dormirse ella también y de soltar en un descuido el cuerpo de su hija en la oscuridad del agua. En algún momento, a eso de las tres de la mañana, o las cinco, quién podría saberlo, sintió ruidos allá afuera y pidió auxilio con un grito del que ni ella ni su hija sabían que era capaz. Después comprendió que esos ruidos eran los chasis de los autos arrastrados por la corriente chocándose entre sí. El agua no bajaba y por momentos oleaba como para subir. El espacio de oxígeno que separaba la superficie del techo era suficiente siempre que la marea no continuara subiendo y lo agotara. Romina no tenía ninguna garantía de que eso no fuera a pasar. En algún momento cantaron canciones. Y en otro rezaron un puñado de padrenuestros más las imploraciones a San Expedito. Ya había algo de luz, así que tal vez eran las siete, las ocho de la mañana cuando Romina sintió la presión del agua abriendo las compuertas de su crisis y lloró todo lo que pudo llorar, maldecir, mientras le gritaba al cielorraso:

-¡No baja, no baja!

Un gomón con personas de chaleco, que Romina no recuerda, pero que podrían haber pertenecido a Defensa Civil, entró por el garaje a las nueve de la mañana del miércoles. La niña fue llevada en hombros y Romina salió tomada del cuello de alguien que desde el primer momento buscó calmarla. Había estado sentada en esa silla sobre esa mesada con su hija en brazos y la mitad del cuerpo entumecido bajo el agua negra durante las últimas doce horas.

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