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08.05.2013 | 18:11

Asuntos Internos RS 15: la política de la supervivencia

De la internacional menemista a la crisis del Vamos por Todo kirchnerista, una mirada al juego de poder que dominó la última década y media

La noche antes de sentarme a escribir anoto: "Llueve, de noche y relámpagos. El silencio se quiebra dos veces, con los truenos, y con el motor que oxigena la pecera; la luz que decora a los peces azula el resto del salón oscuro y, oh, uno de los pececitos flota de panza, boquea lento, se va a morir antes de que llegue la señora que limpia; mi mujer me mandó dormir al living, uno de esos enojos, mi culpa. Echado en cruz en un fiaca extra grande miro la calle. Nada es seguro para nadie a las dos AM de un martes que llueve, tal cosa evita sentirme especial. La noche suspende el tiempo, suspende las nacionalidades, no se escucha la lengua; la noche íntima no es de Néstor ni de Cristina. Es noche y es noche y es noche. Hay niños naciendo, viejos muriendo, gatos maullando, despolitizadamente. Es un momento de gran libertad y ciudadanía plena y va a durar cuatro o cinco horas más, lástima el pez. Aprovecho el momento singular para ver el agua simplemente correr por Olleros, para ver la escuela frente a casa, para ver el contenedor de basura frente a la escuela y para ver si me duermo".

Me levanto y escribo:
"En quince años, la revista Rolling Stone de Argentina hizo su aporte para divulgar algo de la mejor producción de la industria cultural, como también hizo lo suyo para estandarizar audiencias y normalizar a algunos pavos que salen en la televisión. Una operación cultural también es una operación política, haciendo el bien también se hace el mal. Vivir no es acertar. Pero mientras nuestra publicación hacía su operación de superficie, en los acentos estéticos de la clase media, la Argentina entera, en el track principal, solidificaba un manicomio que será dificilísimo de desarmar, y por lo tanto, tal vez no sea desarmado nunca.

Tal cuadro nos presenta a muchos el dilema de comprar salud mental y retirarnos psicológicamente de la Argentina, lo cual implica anular los canales de noticias e hibernar en Twitter, o, por el contrario, perseverar en la crítica al populismo y el avance autoritario, y alentar las manifestaciones que defienden las instituciones ante la perspectiva de que no hacerlo implique que el día de mañana se nos metan en el living y se queden con la noche.

Rolling Stone comienza su capítulo argentino con Carlos Menem, en las postrimerías de un gobierno que alentó la internacionalización de nuestras costumbres y se abrió al mundo, un gobierno peronista, y cumple sus quince años en la posible postrimería de otro gobierno peronista que alienta el culto al municipio urbano de la costa y que impide la compra de dólares. La risa de los años de Menem le tocó congelarla al radical Fernando de la Rúa en alianza con un sector progresista del peronismo liderado por Chacho Alvarez, y el costo de salir de la convertibilidad fue tan alto que se comió a ambos líderes y a su gobierno. El humo intenso del final facilitó la mudanza del peronismo y de los dirigentes peronistas hacia un perfil más nacionalista y anticorporativo que le permitió presentarse como otra cosa. Eduardo Duhalde fue quien ordenó el caos tras la pérdida de la paridad peso/dólar, pero no llegó a darse legitimidad electoral tras perder algo de legimitidad política con la muerte de los piqueteros Kosteki y Santillán, y escogió, tras la negativa de Carlos Reutemann a ser su candidato, a Néstor Kirchner para vencer a Menem que amenazaba en 2003 con volver al 1 a 1. Allí inicia la parte del león del período.

En su principio, el kirchnerismo era un peronismo que se impuso recrear la autoridad presidencial tras la crisis del 2001/2002 y salvar su baja legitimidad electoral (había sacado el 22 por ciento en la primera vuelta que perdió con Menem) con símbolos duros como la bajada de los cuadros de los ex presidentes militares de la sede del Ejército Argentino o haciendo esperar a la CEO de Hewlett Packard durante horas en la antesala presidencial ¡y que se supiera! que la hacían esperar. No tenía otro programa más que la supervivencia y obtener autonomía de su progenitor Duhalde. Heredó su ministro de Economía, Roberto Lavagna, y con él, más los aportes crecientes de la renta agropecuaria, lograron aumentar las reservas, lo cual mejoró el clima de negocios para que la enorme capacidad instalada que dejó la década del 90 se pusiera de nuevo en marcha. Así la economía volvió a crecer y bajó el desempleo a un dígito.

Cuando Kirchner se sintió sólido, fletó a Lavagna, y con él lo único que lo ligaba a Duhalde, a quien además liquidaron electoralmente en 2005 en la provincia de Buenos Aires en las elecciones de medio término del único mandato de Néstor Kirchner. El poder no es un club de amigos, dejó en claro el matrimonio presidencial que había llevado a Cristina como cabeza de lista de senadores en la provincia. Pero no habíamos visto nada, aún no había nacido el kirchnerismo del que tanto se habla.

En 2006 en el restaurante Petanque de San Telmo, escuché por primera vez y de boca de un ex amigo funcionario la expresión chavezputinización que aludía a un formato de gobierno del que se conversaba en las oficinas cultas del gobierno, las del llamado Carlos "Chino" Zannini, y que podría reemplazar la precariedad estatal para ordenar a los actores económicos y sociales. Ese formato era, es, como deja ver la combinación de palabras, la mezcla de Hugo Chávez con Vladimir Putin (premier ruso), liderazgos simpáticos y autoritarios, para el que había que armar un gran polo de prensa y propaganda y dar golpes de autoridad, vistosos, nacionalistas, de tanto en tanto, enervando a la justicia y a los opositores liberales. Esta tesis, sostenía mi amigo (a quien no nombro por la lealtad que debo a su confianza de entonces), dice que los trámites institucionales, los pasos largos, consensuados, permiten que ganen los que disponen de los recursos económicos y mediáticos para influir de una manera u otra en las decisiones. Con el procedimiento cesarista (llamémoslo así, más fácil), en cambio, el pueblo queda siempre a salvo por disposición presidencial.

Sin embargo, recién durante el conflicto con el sector rural en 2009 y la fractura de la sociedad que el gobierno mantenía con el diario Clarín se liberó este formato como estrategia dominante. Este modelo podía no ser fácilmente aceptado por los sectores más dinámicos, más viajados, más cultos, por las rusticidades institucionales que implicaría (nadie querría ser maltratado desde la Presidencia, cosas así), pero mi amigo, sabio, más conocedor del campo cultural de los artistas e intelectuales, me dijo que ellos estarían bien porque el Estado les aseguraría el subsidio necesario para que se dieran todos los gustos. No iba a ser un Estado contra ellos, sino con ellos en la medida que aceptaran colaborar. Como se ve, aceptaron.

Desde entonces, Chávez y Putin para controlar el poder, y un populismo desencadenado para no perderlo. La fórmula de la Coca-Cola para tiempos de vacas gordas o de soja alta: cesarismo y cash. El cesarismo lo ponen ellos y el cash lo pone el campo. Así las personas mejoramos nuestras vidas privadas, compramos leds y renovamos griferías a cambio, eso sí, de aceptar que el Estado no disponga de los recursos para tocar la infraestructura. El dinero que faltó para entubamientos, soterramientos, frenos en los trenes se fue por la canaleta del subsidio a la clase media y a los bancos para que todos gastemos hasta el último peso porque es imposible ahorrarlo o invertirlo. Electoralmente, el pueblo argentino celebró con una gran mayoría de votos el pacto populista que se le propuso desde el poder.

En tal sentido fue más que modesto el Gobierno al privarse de nombrar a la última inundación de La Plata: "Inundación Néstor Carlos Kirchner". Fans de los bautismos de calles, puentes y torneos de fútbol con el nombre del ex presidente muerto, pasaron por alto esta vez que Kirchner fue el padre del modelo que diez años después de impuesto inmovilizó al Estado nacional y a los provinciales y a los municipales de tal manera que las lluvias del calentamiento global se reciben igual que en los años del génesis, como inevitables pruebas de Dios.

La metáfora bíblica, el componente mágico de la acción de la naturaleza, dio margen para que la Presidenta camuflara su responsabilidad política y se presentara a ayudar, y a amadrinar a sus seguidores de La Cámpora que tomaron el caso para darse espíritu de cuerpo. La gran nube de humo solidaria licuó, además, la conversación pública sobre responsabilidades y deserciones del Estado. Tal el manicomio nacional.

Con la masacre de Once les resultó más difícil. La Presidenta hizo un repliegue táctico tras el accidente y se dio una semana de gracia, en silencio, para luego subirse a la nave de su desenfreno retórico que desembocó en el "vamos por todo" que gritó en un acto en la ciudad de Rosario. El Vamos por Todo, antes que un plan para mejorar el transporte, fue más negación sobre los costos que la inflación trae a la economía y a la paz social y fue el preludio de los parches que comenzaron a aplicarse para no tener que tomar medidas antipáticas electoralmente.

Como erraron en materia energética y la Argentina gasta fortunas importando combustible, se mandaron a expropiar YPF; como no se puede ahorrar en pesos, improvisaron un cepo a la venezolana para que la gente no se vaya al dólar; y como el salario real pierde por goleada con la inflación, congelan los precios. Vamos por Todo fue también la antesala para la voltereta diplomática más cara de la historia argentina -apenas superada por la Guerra de Malvinas-: el reciente pacto con Irán.

Y otros tres problemas que tiene la desmesura del Vamos por Todo, de larga duración, que intoxican el presente pero invaden el futuro, la consolidación del loquero. Que la Presidenta debe pagar la deuda simbólica que toma con sus fanáticos de alguna manera (los disparates para ser tales requieren de teoría y práctica), angostándole el margen para deshacer políticas equivocadas; que confunde y desalienta a la burocracia estatal a encarar los trabajos diarios y aburridos que evitan, en principio, desgracias; y que aleja a los ciudadanos de las responsabilidades reservando el espacio público para quienes dominan una lengua sectaria, sobrepolitizada, como un trabajo para iluminados que tienen la contraseña de la Argentina y que, de pronto, resuelven "ir por todo". Vamos por Todo permite que todas las partes del rompecabezas nacional pierdan su valor relativo ante lo que sería el absoluto; e induce a conformarse, y a perdonar en nombre de que un loco amor a la patria tiene entendibles daños colaterales.

Así es que la incapacidad técnica y la mala praxis es sorteada por el Gobierno trasladando sus costos, cuando no sus culpas, al pueblo argentino ("la gente no debe abarrotar el primer vagón"), al que además estresarán los próximos dos años buscando la perpetuidad en el poder beneficiándose de una escandalosa red de medios adictos que inflamará de necesidad vital, imperiosa, la gesta de la reforma constitucional.

El kirchnerismo es un caso testigo de supervivencia política donde se conjugan el descaro (para negar la inflación), la audacia (para avanzar sobre la justicia) con el finísimo arte de arrugar. Significativa al respecto es la forma en que el Gobierno pasó de quedar atónito ante el nuevo Papa argentino, enemigo del Gobierno hasta el inicio del cónclave, a inclinársele como uno de sus fieles más devotos.

Estos quince años terminaron de confirmar que la Argentina está condenada al peronismo y que habrán de convivir por mucho tiempo dos Argentinas distintas, una enganchada a lo mejor del mundo, a sus mejores propuestas educativas, a sus avances tecnológicos, conformada por una porción minoritaria que no sólo cumple horarios sino que tiene agenda y ambiciones, y una mayoritaria obligada a estar pendiente de quién maneja el Estado porque allí está la papa, la supervivencia bajo la forma del subsidio o del empleo público no sometido a la rendición de cuentas. El peronismo mantiene el país al borde de las llamas pero pone el precio de su eternidad para no prenderlo fuego. Todo encastra cuando uno vota con el bolsillo en lugar de con sus expectativas. Es que el populismo es la renuncia a confrontar a la sociedad con los esfuerzos que demanda el bienestar. No se culpe a nadie."

Por Esteban Schmidt

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