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16.05.2013 | 09:50

Rufus Wainwright en el Gran Rex: mi mundo privado

El cantautor estadounidense tuvo su esperado debut porteño; crónica y fotos

Fotos de Agustín Dusserre

Tener que sostener más de una hora y media en el escenario sin más recursos que un piano de cola y una ocasional guitarra acústica sin caer en el tedio, es un riesgo que pocos artistas se animan a correr, y menos aun son los que logran salir airosos de esa tarea. Rufus Wainwright integra ese selecto grupo de intérpretes, y tiene más que bien ganadas sus credenciales gracias a la creación de un universo tan amplio como propio.

En el mundo privado de Rufus conviven la música erudita con el vodevil, el pop elegante y el music hall. Un día puede estar presentándose en el Carnegie Hall con un repertorio de canciones de Judy Garland, y la noche siguiente quizás lo encuentre en la función de gala de Prima Donna, su ópera compuesta en francés. En el medio de todo eso están las canciones, que grafican la diferencia entre el barroquismo y la pomposidad, en las que se mueve con soltura y un particular sentido del humor.

La composición fue y es para Wainwright la manera de abrirle al mundo las puertas de su universo más íntimo. El recorrido planteado para su debut porteño es casi autobiográfico, desde su enamoramiento con un profesor de arte ("The Art Teacher") y sus amoríos no correspondidos ("Vibrate") a su presente, que lo encuentra en el rol de padre junto a su marido ("Montauk"), junto con varias páginas dedicadas en memoria de su madre, la cantante Kate McCarrigle, y hasta una diatriba en contra de su propio país escrita durante la segunda presidencia de George W. Bush ("Going to a Town").

Pero no todo queda en recuento de días pasados y oscuros. Casi como en un juego de oposiciones, entre tema y tema Rufus se muestra locuaz, histriónico y dueño de una ironía amable. Una pausa sirve para agradecer la bufanda tejida a mano que le regalaron sus fans, otra para contar su fugaz amistad con Jeff Buckley cuando lo conoció en el café Sin-É ("Al principio lo odié. La ciudad no era lo suficientemente grande para los dos así que elegí irme de Nueva York", dirá al recordar su primer paso en falso en la Gran Manzana), o para contar la historia de cómo se encaprichó en Korea con una guitarra decorada con la imagen de Hello Kitty antes de utilizarla para esa pieza de pop de orfebrería llamada "California".

Con economía de recursos, Wainwright estremece. La comodidad que emana al digitar el piano y al ejercitar su registro tenor hace parecer que esa combinación tan compleja es algo muy sencillo de lograr. Ahí radica su encanto, en la habilidad puesta al servicio de la simpleza, que puede dejar a la platea al borde de las lágrimas con su versión de "Hallelujah" de Leonard Cohen para poco después arrancar una sonrisa con la enumeración taxativa de pequeños placeres mundanos de "Cigarettes and Chocolate Milk".

En tiempos en que los ciclos de la industria llevan a ofrecer facsímiles de un mismo producto con distinto nombre, debe celebrarse lo genuino. En tiempos en los que se ha vuelto moneda corriente tapar cualquier bache interpretativo con un despliegue escénico de alto impacto, un tipo logró conmover con tan solo un piano de cola y una voz sedosa y teatral. Eso y el vestuario ¿O acaso nadie vio ESOS zapatos que tenía?

Por Joaquín Vismara

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