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31.05.2013 | 14:58

J-pop, cosplayers y floggers: mirame, mirame, mirame

El culto a la sobre exposición basado en el impacto visual, y las consecuencias de la vida en tecnicolor

El culto a la sobre exposición basado en el impacto visual, y las consecuencias de la vida en tecnicolor

¿Qué emparenta a la traducción estética de un género musical de oriente con la necesidad de caracterizar a un personaje salido del animé o del mundo de las historietas? Como si eso fuera poco, ¿qué paralelismos puede trazarse entre ellos y una tribu tan urbana como porteña que se basa en la búsqueda de la popularidad en una ya vetusta red social? El recorrido es ambiguo y amplio, como la escala colorimétrica misma.

El culto a la sobre exposición basado en el impacto visual, y las consecuencias de la vida en tecnicolor

El J-pop no puede entenderse sin abordar no sólo al pop de factura japonesa (al fin y al cabo, de ahí viene su nomenclatura), sino también al cruce de culturas. Es el resultado de la música de occidente leída desde el prisma japonés, que a su vez toma distancia de su propia cultura histórica. Como todo proceso, su comienzo fue tibio, hasta que el neón de los 80 estalló en colores en todos los rincones del planeta. En la tierra que vio nacer a Godzilla, esto se tradujo en el visual kei, un fenómeno que partía de la estética glam metal reflectada por iridiscentes luces de neón.


El pop japonés acusó recibo de esta tendencia, y así fue como su estética absorbió este desborde de colores, y la elevó mucho más allá de cualquier límite. Para que se den una idea: la espectacularidad que se asocia a los shows pop internacionales de alto impacto de hoy en día (el despliegue LED del MDNA Tour de Madonna, el despliegue del Born This Way Ball de Lady Gaga) ya se estilaba en Japón con bastante antelación. Sus seguidores, como era de esperarse, no dudaron en replicar el fenómeno.


Casi en paralelo, en el país del sol naciente comenzó a desarrollarse otro fenómeno, que se expandiría a nivel global. El cosplaying, como su nombre lo indica, nace de la conjunción de dos términos: costume (disfraz) y play (juego), a partir de que los jóvenes japoneses comenzaron a vestirse como sus personajes favoritos de animé y videojuegos en las ferias Comic Market en los setenta. Esta tendencia ha generado competencias internacionales (la Yamato Cosplay Cup de Brasil, o la inexplicable World Cosplay Summit japonesa, que amerita horas de Youtube), y también supo derivar en el crossplaying, en el que el participante personifica a un personaje ficticio del género opuesto.

El culto a la sobre exposición basado en el impacto visual, y las consecuencias de la vida en tecnicolor

Argentina es también tierra fértil para la movida, con festivales y concursos no sólo en Buenos Aires (la Jigoku Style se propone ser el punto de encuentro para el animé, los videojuegos. ¡y el rock!), sino también en varias provincias. ¿Los fundamentos del cosplaying? Por un lado, la admiración hacia el personaje que se representa. Por otro, el placer que genera el proceso creativo en su totalidad (alquilar un disfraz es un agravio que algún fan extremista podría sancionar con pena capital). Y por último, pero no por eso menos importante, el grado de atención que genera en los demás la caracterización elegida. Teléfono, Freud.


Nuestro humilde aporte a esta fauna, fue ese mundo indescifrable llamado floggers, con una vida tan fugaz como popular. Quizás sea abrupto referirse a ellos como tribu urbana dada su breve existencia, pero lo cierto es que este grupo de fanáticos nucleados alrededor de Fotolog (red social también de capa caída) tuvo una fama tan efímera como desbordante. ¿Qué une a los floggers con los ejemplos mencionados arriba? El culto a uno mismo, las ganas de percibir la atención del otro con tantos recursos como el arco iris lo permita. En su mayoría adolescentes, basaban su popularidad en quien tenía más comentarios en cada posteo, y quien conseguía más "amigos" en la web.

El culto a la sobre exposición basado en el impacto visual, y las consecuencias de la vida en tecnicolor

Pero para poder medir la real magnitud de un fenómeno, hay que trasladarlo de la virtualidad al llano. Así fue como los floggers coparon primero las escalinatas del shopping Abasto, a fuerza de chupines de colores, remeras flúo, piercings, y un flequillo lo suficientemente largo como para que les cruzase la frente para tapar uno de sus ojos.

De la identificación estética al repudio generalizado hubo un solo paso, que fueron desde la ironía creativa, hasta acciones en las qu también la violencia pasó de lo intangible a lo concreto. Estas cuestiones, junto con la celeridad de la vida 2.0 sobre la que se construyó, ayudaron a bajarle la cortina a un fenómeno fugaz. Hace poco, Agustina "Cumbio" Vivero, la mesías de esta pequeña patria jpg, lo dejó en claro: "Como toda moda, es reemplazada por otra (...). Crecimos, ya no tenemos 16 años; ahora pasamos los 20, estudiamos y tenemos proyectos de vida". Amén.

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