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11.06.2013 | 10:33

Ravers y clubbers, de boliche en boliche

Similitudes y diferencias de dos perfiles de público cobijados al calor de la pista de baile

"Brindo para que la música en vivo, tocada por seres humanos, triunfe". La expresión de deseo que Pappo soltó al aire en televisión, copa de champagne en mano, grafica a la perfección el grado de incomprensión y rechazo que el costado más purista del rock sintió y siente ante la música electrónica. El remate de esta escena incluye cuatro simples palabras, dirigidas a DJ Deró, también presente en el piso: "Conseguite un trabajo honesto". El postulado del Carpo estaba dirigido a los artistas, pero ninguna escena se construye como tal si no se tiene también en cuenta a su público, que en definitiva es quien la legitimiza y alimenta.

Ravers y clubbers no son más que los eslabones más actuales de la cadena evolutiva discotequero de ayer, hoy y siempre. El repudio que hoy en día recibe por parte de la cultura rockera más purista es el mismo que recibió la escena disco en los 70, o el acid house mancuniano en la década siguiente. Se trata, en definitiva, de una celebración masiva del éxtasis, en sus dos acepciones: el que es resultado de la euforia colectiva ante un bombo en negras y luces estroboscópicas, y al que se accede a través de pastillas con caritas sonrientes talladas en su superficie.

Indiferenciables a los ojos de quien mira desde afuera, raver y clubber no son sinónimos, y sus prácticas y hábitos son los que marcan la diferencia, aun cuando las circunstancias los depositan en un mismo espacio (basta acercarse a Creamfields, Moonpark o Ultra Music para comprobar el fenómeno). El primero, de apariencia más recargada y futurista a fuerza de neón y flúo, es el espectador que asiste a los festivales desde temprano (y por ende es el último en irse, o al menos hasta que el cuerpo aguante) y disfruta más de la experiencia en su conjunto. Prioriza más que algo esté pasando y sea estimulante a que si el DJ que está sobre el escenario pincha una versión extremadamente rara de lo más nuevo de lo nuevo, disponible sólo en vinilo de doce pulgadas con etiqueta blanca en Inglaterra.

El clubber, en cambio, preferirá definirse por oposición. Se verá a si mismo como alguien más exquisito en sus gustos, y también más conocedor de lo que elige a la hora de poner un pie en la pista. Su código de etiqueta es más sobrio, o al menos no tan aparatoso, y comparte con el raver la ausencia de vello facial y un ideal de adonis macho construido a fuerza de gimnasio y cosmética al borde la metrosexualidad. Su grado de erudición lo lleva a convertirse en una suerte de sibarita electrónico, que elige clubes y boliches por el subgénero que ahí se curta, y ejercerá la militancia en los festivales, a la caza de los nuevos talentos de aquí, allá y todas partes. Lo importante no son los actos principales, sino los DJs que tocan en horarios marginales en algún escenario temático y que quizás en el futuro tendrán su renombre. Si llegan a trascender, el clubber podrá dormir tranquilo sabiendo que los vio antes de que se volvieran la figurita fácil y repetida de nuestra pequeña Ibiza.

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