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19.06.2013 | 11:00

Es hora de cerrar The Office

Tras la partida de Steve Carell, los guionistas se encargaron de arruinar todo lo que habían hecho bien

Lo primero que sorprendió a todo el mundo sobre T he Office es que no era una mierda. (¿Una adaptación estadounidense de la ácida comedia británica de Ricky Gervais? No gracias, paso.) Lo que finalmente sorprendió a todo el mundo sobre The Office es que empezó a ser una mierda. Se suponía que ninguna de las dos cosas debía suceder. Pero de algún modo, este final de juego desastroso es el tributo adecuado para The Office, la sitcom que nunca dejó de sorprendernos. Los empleados de Dunder Mifflin se guardaron un as en la manga para el final: lograron dominar el arte de ser una mierda.

Se pueden esgrimir varios argumentos en defensa de la última temporada, pero serían todos desafortunados y tediosos, porque nunca nadie había necesitado defender a The Office hasta que se fue Steve Carell y todo se derrumbó. Las últimas dos temporadas han mostrado un truquito poco imaginativo atrás del otro: el ascenso de Andy, la incorporación de James Spader y su posterior desaprovechamiento, la subtrama romántica de Pam con uno de los camarógrafos del equipo. ¿Cómo llegaron a esto? Hubo un montón de tiempo para desarrollar la despedida conmovedora de Michael Scott, que reflexionaba: "Se dice que nadie en su lecho de muerte lamenta no haber pasado más tiempo en la oficina. Pero yo lo haré. Es mucho mejor que el lecho de muerte".

Lo lógico sería pensar que The Office había preparado su próxima movida. Aparentemente, el avión ya estaba en el aire cuando se dieron cuenta de que su líder se había ido y que había que empezar a tirar ideas nuevas. Es extraño que la fortaleza principal de la serie se haya convertido en su peor lastre. The Office contaba con un elenco sólido y cohesionado, pero los personajes secundarios resultaron demasiado escuetos como para soportar el incremento de horas en pantalla. Reemplazar al jefe por Andy fue cualquiera: es como si Tina Fey se fuera de 30 Rock y Jenna hiciera el trabajo de Liz Lemon.

Ahora que se baja el telón de The Office, Jim y Pam están teniendo problemas matrimoniales. Por desgracia, es la primera vez que Jim y Pam parecen una pareja genérica de sitcom. Tal vez sus diferencias sean realistas: los clisés de las sitcoms por lo general lo son. Pero no se puede usar el truco del realismo cuando el nuevo interés romántico de Pam es el pibe de los micrófonos, porque lo único que se logra es resaltar en primer lugar lo inverosímil de que un equipo de filmación se pase nueve años dando vueltas dentro de una oficina.

En retrospectiva, juntar a Jim y a Pam fue la movida más valiente, audaz, original e influyente que hizo The Office. Ninguna sitcom lo había hecho bien sin perder comicidad en el camino. Se sabe que es el beso de la muerte. Pero The Office cambió todo en términos de cómo una comedia debe lidiar con las relaciones de pareja. Sin ir más lejos, basta mirar a Leslie y Ben de Parks and Recreation, o a Sheldon y Amy de The Big Bang Theory. Ninguna de estas parejas extremadamente funcionales y graciosas podría haber existido si Jim y Pam no hubieran estado ahí para mostrarles cómo se hacía. ¿Para qué convertir a estos amantes modernos en farsantes de comedia en el último momento? Parece como si The Office hubiera perdido la confianza en la idea más inteligente que ha tenido.

Como dijo Dwight en uno de sus momentos más divertidos: "Sólo la sangre hace girar las ruedas de la historia". El gran chiste de The Office ha sido mostrar cómo giran las ruedas sin que eso lleve a nadie a ninguna parte. Todos estos condenados de Dunder Mifflin están ahí, porque se resignaron al estancamiento, y The Office siempre encontró calidez y humor en ello. Lo que siempre recordaremos y estimaremos del programa es la forma en que iluminaba el sopor de la vida cotidiana al encontrar pequeños momentos de comedia humana dentro del aburrimiento más común. Y es por eso que vamos a extrañar a The Office una vez que ya no esté, a pesar del ruidoso fracaso del final. Seguro que es mejor que el lecho de muerte.

Por Rob Sheffield


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