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01.07.2013 | 13:13

Black Sabbath - 13

A 35 años de su primer disco, la banda redescubre sus raíces progresivas y bluseras

 
A 35 años de su primer disco, la banda redescubre sus raíces progresivas y bluseras

"Decidimos componer musica sobre el horror". Así describe Ozzy Osbourne el nacimiento de Black Sabbath en Louder Than Hell, algo así como la nueva historia oral del heavy metal. Y es exactamente lo que están haciendo, una vez más, en 13 -con tres cuartos de la banda reunida-, que revisita, y hasta cierto punto recupera, el espectáculo abrumador y escalofriantemente maldito de sus primeros discos.

No hace falta decir que esto ya es mucho. Es imposible imaginar el heavy metal sin el antecedente de Black Sabbath. Y hace treinta y cinco años que Ozzy Osbourne no grababa un disco en estudio con la banda que formó y que se convirtió en leyenda. Concretamente, desde que fue expulsado por su adicción al alcohol y las drogas después de Never Say Die!, el disco que editaron en 1978. Es más, esta reunión llega en un momento en que el gen malvado de su sonido resuena profundamente en distintas partes: basta con fijarse en pesos pesados actuales como Mastodon y Baroness; en bandas de metal experimentales como Liturgy y Boris, y cientos de otras bandas en el mundo que están en deuda con los padrinos metálicos de la melancolía. El álbum está bajo la dirección del gran Rick Rubin, superproductor y superfan del grupo, y demuestra que, por todas sus innovaciones, Sabbath fue un producto de su tiempo: en el fondo, son una banda de rock progresivo con raíces bluseras, y puede que 13 sorprenda a alguna gente con su tradicionalismo protometalero.

"End of the Beginning", la canción de ocho minutos que abre el disco, sufre varios cambios en su tempo: empieza con un golpeteo fangoso para después, en el medio, ponerse galopante y terminar con un epílogo liviano y de tonos casi beatle. "Zeitgeist" recuerda a "Planet Caravan", del clásico disco Paranoid, de 1970, por sus guitarras acústicas brillantes y su batería suave medio druida sobre un solo jazzero contenido de Tony Iommi, el hombre que revolucionó la guitarra hard rock con el timbre del trítono afinado bien abajo. Después de algunas espirales psicodélicas grabadas al revés, "Damaged Soul" va del blues fundido a un ensamble boogie candente impulsado por el arpa de Osbourne, que no suena muy lejos de lo que hacían Cream o la Jimi Hendrix Experience.

Filosóficamente, por supuesto, 13 es más monstruoso; por momentos cómicamente monstruoso. "Abajo, entre las visiones de los hombres muertos,/ sueños marchitos y fisión nuclear", gime Osbourne en "Zeitgeist", con una voz tan lacerante y poco agradable como la de los viejos tiempos; en el single "God Is Dead?" rima "gloom" (melancolía) con "doom" (perdición) y "tomb" (tumba): la maldita trinidad del lenguaje metalero. Acá, Osbourne es el principal comodín. A principios de la pasada década, su personaje de barón de las tinieblas atontado por las drogas pasó a convertirse en una caricatura familiar de los reality shows. Sin embargo, acá se aboca a su tarea con absoluta sobriedad estética, como si fuera consciente de la responsabilidad que tiene frente a los adolescentes que deben lidiar con los terrores existenciales por primera vez.

El otro comodín es el baterista Brad Wilk, ex Rage Against the Machine, que viene a reemplazar a Bill Ward, el original, cuyas peleas con los miembros de la banda han llegado al punto en que lo recortaron de las fotos en blacksabbath.com. Wilk no tiene el swing sutil de Ward, es cierto, pero es una fuerza poderosa, y su estilo triturador de cabezas le da a 13 una pátina de modernidad. Sobre todo, este nuevo comienzo muestra que el género que Sabbath dio a luz permanecerá atemporal mientras el Diablo siga trabajando duro en la Tierra y el rock pesado la siga rompiendo.

Por Will Hermes | Ilustración de Edward Kinsella


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