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15.08.2013 | 12:58

Favio Posca: viaje al centro del dolor

Con "Painkiller", el actor redobla la apuesta en su intento por convertir en risas las desgracias y los discursos marginados

A Favio Posca no le gusta que lo clasifiquen como humorista, así sea que comience su nuevo espectáculo hablando con el culo. Así, tal cual. Se pone de espaldas, se agacha, se baja los pantalones y. bueno. eso: habla con el culo. "Hola, soy un culo, ¿qué tal?" se presenta, mientras con sus manos mueve las nalgas como si fueran dos grandes labios modulando palabras. "En realidad, no existe el olor a culo. Yo simplemente le pongo un poco de sabor a la transpiración que baja de la espalda", describe. La gente se entrega al juego y acepta el desafío. O sea, estalla de risa.

Pero no, no es un humorista.

Formado en danza, acrobacia y pantomima, Posca tuvo un intenso recorrido por formatos teatrales convencionales mucho antes de zambullirse en eso que él evita considerar humor. Pasó por el Teatro San Martín, el Parakultural y el CC Rojas, participó en la puesta del libro Las crónicas del Angel Gris de Alejandro Dolina e integró el elenco de varias obras infantiles dirigidas por Hugo Midón. Su tránsito por la tele, se sabe, comenzó en De la cabeza (la protohistoria de Cha cha cha) y explotó con sus apariciones en el programa de Nico Repetto. Luego intervino en tiras de Polka y también hizo su experiencia en radio, donde condujo un programa por Rock and Pop durante diez años.

Pero nada de todo eso lo marcó tanto como "El perro que los parió", el primero de una larga lista de unipersonales que lo definen como artista en toda su amplitud e intensidad. Ya en aquel estreno (del que se cumplen nada más y nada menos que 15 años) se advertían rasgos, intenciones y arrestos que constituirían lo que a le gusta denominar "Sello Posca": personajes fallados, marginales, despreciados por los relatos oficiales y las buenas costumbres de una sociedad que reprime sus risas porque encuentra otros mecanismos más crueles para burlarse de todos ellos.

Mucho de aquello aún hoy sobrevive en Painkiller, su flamante octavo espectáculo, que una vez más encuentra en Paseo La Plaza su teatro de barricada. La renovada pretensión de Posca por entramar un complejo discurso hipertextual lo muestra virtuoso en todas las artes que domina, exhibiendo un particular interés sobre su vena compositiva, interpretativa y vocal. Con la dirección musical del ex Juana La Loca y Attaque 77 Martín "Tucán" Bosa, Favio construyó desde cero un total de ocho canciones a la medida de su espectáculo, con influencias que él mismo cifra entre Black Keys, Arctic Monkeys y Draft Punk. Todo, desde luego, al servicio sus principales creaciones: esos personajes característicos que trae del pasado, repite, recicla y eterniza sobre tablas, insuflándoles alma y vida en un juego de espejos del que el espectador quedará atrapado cuando se pregunte cuánto de lo visto es construcción de la ficción y cuánto es reflejo de la realidad.

Y es en ese flirteo de ambigüedades donde Posca pisa fuerte y se hace ancho, calzándose la pilcha del dealer del Perro, el abogado cocainómano de Angelito, la madre renegada que fustiga a su hijo dándole la espalda al público, un baterista disléxico, su medio-hermano nacido en Córdoba o el colorado con los brazos pegados al tórax llamado Astroboy. Él, que se siente mejor comprendido por los jóvenes distendidos que por los críticos especializados, asegura que nada de su libreto está inspirado en la realidad sociopolítica que lo rodea. Pero. ¿acaso no encarna en el esquizofrénico de Pitito una fuerte crítica a las instituciones de salud mental que utilizan a sus pacientes para testear nuevas medicaciones? ¿No resulta Mirsham, el travesti marplatense, un tiro por elevación (aunque sea de manera inconciente) a la ciudad con más oferta sexual ilegal de todo el país? ¿No encontramos un grito de cruda sensatez en el personaje del pibe chorro que le pide piedad a Dios porque roba para su madre? Tal vez sí, tal vez no, quién sabe.

Posca, gran tenista, juega al límite tirándola a los flejes pero nunca cae del lado del golpe bajo. La espesura dramática con la que arropa a sus personajes busca, justamente, darle otra densidad a lo que de otro modo podría terminar en un chiste obvio y barato (tales los riesgos de reírse de un loco, un deforme, un adicto o cualquier otro afectado que nos resulte ajeno a nuestras problemáticas íntimas y cotidianas). Se trata, más bien, de una fina película que barniza la risa, la reconfigura y le da otro sentido. Que sirve, tal como su autor lo resalta cada vez que explica por qué eligió el nombre de este espectáculo, para matar el dolor. Llegado el caso, una ambición que excede la condición del humorista.

Por Juan Ignacio Provéndola


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